Ajedrecistas de oficina

Anna

La mujer de la foto es Anna Muzychuk,  la actual campeona mundial de ajedrez. Hace unos días ha renunciado a participar en el campeonato  mundial que se celebra en Arabia Saudí, por una cuestión de principios. Se niega a ser considerada una persona de segunda debido al trato que las mujeres reciben en este país. No participarán ni ella, ni su hermana Marlya. Perderá dinero y es probable que también el título.

A mí la épica y la utopía, me parecen imprescindibles para vivir. Asumo la condena, no se preocupen, conozco los riesgos.  Soy simpatizante del Atlético de Madrid, fan hasta las trancas del Cholo y el Mono Burgos. Siempre creo que voy a ganar en el último minuto.  El gesto de Anna  y su hermana me emociona, lo aplaudo y es necesario para cambiar las cosas. Es necesario que haya más mujeres y hombres que antepongan sus principios a sus intereses económicos, educando juntos a sus hijos así. Hombres y mujeres despiertos, conscientes e implicados en la lucha por la igualdad. Sigue leyendo

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La importancia de los espejos rotos

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En Cabo Polonio, en la costa uruguaya, hay un faro que ayuda a los caminantes a orientarse cuando se hace de noche. Cada doce segundos, la luz te permite intuir el camino y avanzar no más de diez o quince metros. Luego el faro deja de alumbrar y  tienes que elegir avanzar a tientas o quedarte quieto esperando.

La ausencia de luz hace que sea fácil perderse, pero lo mejor de tener que escucharlo todo, es que siempre puedes escuchar el sonido del mar. Aún perdido puedes dejarte guiar por su ruido y llegar a la playa en una de esas noches de mar de ardora. Las noctilucas llenan el agua salada de luz cuando llega la noche, y convierten las playas comunes en lugares distintos.

Todo esto lo sé porque me lo han contado o lo he leído, no he estado nunca en Uruguay. Tengo una guía de viaje que compré hace años y que releo de vez en cuando. Me compro guías de lugares a los que me gustaría ir. A algunos he ido, a otros aún no. También tengo dos ediciones preciosas de Charlie y la fábrica de Chocolate, de Roald Dahl.  No creo que a los niños uno deba decirles qué leer o qué ver, qué es lo bueno, pero sí poner a su alcance eso que para ti ha sido importante y que ellos juzguen si lo es o no para ellos. Educarlos libres, que sepan crearse un criterio propio y sean críticos con lo establecido. También guardo en casa varias copias de El Apartamento.

A Billy Wilder, el guión se le ocurrió viendo Breve encuentro ( David Lean, 1945). Así fue como comenzó a dibujar el personaje de Baxter, ese tipo solo en New York que alquila su apartamento a sus jefes para sus escarceos, mientras hace méritos para el ansiado ascenso. Un pobre diablo, incapaz de tomar decisiones o afrontar situaciones comprometidas, que trabaja en una de esas colmenas de oficinas en la que uno no es nadie, porque uno nunca lo es por lo que hace, ni por lo que tiene. Pero Baxter aún no sabe que lo único que brilla es lo que uno es. El resto, solo es ruido.

El guión es redondo, los actores están increíbles. Es imposible que Baxter, desesperado por ser feliz, no despierte ternura. Imposible no sentirse cerca de la señorita Kubelik, esa mujer enamorada del tipo equivocado que no deja de hacerse putadas a sí misma, tan acostumbrada a que no la quieran que es incapaz de irse. Siempre sonrío con ella en esa fiesta de fin de año, cuando el tipo le descubre que Baxter se ha negado a darle las llaves de su apartamento y se ha despedido. Esa escena preciosa entre villancicos en la que las dos sabemos que ha llegado el final, porque por fin sabe que ella es mucho mejor que cualquier despacho con vistas.

Dos personajes quietos asomándose al abismo, sintiéndose cada vez más solos sin ser capaces de jugar a su favor. Dos personajes rotos, como ese espejo que no les deja olvidar cómo se sienten. Dos que se han quedado quietos esperando a que terminen esos doce segundos de oscuridad.

Guardo varias copias en casa para cuando mis ahijados sean mayores, por si la vida se me cruza. Todo junto a la guía de Uruguay. Me gustaría que nos tirásemos a los pies de las alfombras y decirles que se fijen bien, que aunque parezca que a Baxter lo salva la señorita Kubelik no es del todo cierto. Tampoco a ella la salva él. Cada uno toma las riendas de su vida, lo hace solo, se salva solo, pero lo hace porque ambos saben que juntos son mejores. Así, tirados en la alfombra, hablaremos de la cantidad de cosas horribles que nos hacemos por no sentirnos solos, de los abismos a los que nos asomamos, de las camas en las que abrazamos las cucharas para ver si alguna encaja. Tirados en la alfombra con patatas fritas y las aceitunas que Mario odia, les diré que miren a Baxter y a la señorita Kubelik, cada uno cegado por el brillo de las luces de colores, el confeti, el papel satinado, los renos y los señores de rojo que jamás se deslizarán por el hueco de la chimenea. Les hablaré de la importancia de reconocerse en la imagen que devuelven los espejos, sobre todo los rotos.

Les contaré que en el Cabo Polonio hay un faro que cada doce segundos da luz, que yo he estado allí. Que cada uno tiene que salvarse solo y que a veces, solo a veces, uno encuentra a alguien que le hace ser mejor. Alguien que viene a hacer de una playa común, un lugar distinto repleto de noctilucas. Alguien también roto, al que empujar y que te empuja. Todo lo demás, es solo cine.

Hombres disidentes

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La sala es pequeña, así que he llegado pronto. Me he sentado en la quinta fila. Es un antigua costumbre de los años de facultad: ni demasiado cerca para sentirme observada, ni demasiado lejos para arriesgarme a que la miopía me impida perder detalle. Pasar desapercibida, algo que llevo toda la vida haciendo y aún no tengo claro, si hago porque soy así o porque así es como me han enseñado a ser. Sigue leyendo

Haz lo que crees

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“Si no entiendo, si vuelvo sin entender

habré sabido qué cosa es no entender”

Alejandra Pizarnik

Si alguien me preguntase cuál ha sido el peor error que he cometido en mi vida,  creo que diría: haberme quedado demasiado tiempo. Esperar. Esperar en sí mismo, no tiene nada de malo. Las cosas no suelen ser buenas o malas hasta que no tienen consecuencias. El resultado, fue lo que hizo de mi espera un error. Sigue leyendo

Frida y yo

Verano 1993

Fotograma de Verano 1993

Hay un momento en el duelo de un adulto, en el que uno tiene que permitirse dejar de sufrir. Parece lógico tratar de desprenderse del dolor, sea el que sea,  pero no siempre la mente escoge ser práctica. En ese momento, dejar de sufrir es sinónimo de olvidar, permitir que se desdibujen los recuerdos y asumir la pérdida como definitiva. El dolor es lo único que parece recordar el amor que hubo, el que aún hay,  y desenredar ese nudo es hacer de la nueva vida casi una traición. Sigue leyendo

Formar parte de alguien

El principio de un mundo

 

Llegaron hace un par de semanas. Yo arrastraba las bolsas de la compra hasta el cuarto y la encontré sentada en el descansillo. Lo peor son las escaleras, me presenté. La puerta se había cerrado, con las llaves dentro, y esperaba al cerrajero. La invité a pasar y saqué dos cervezas de la nevera. Hablamos de los no muebles de nuestras casas, del colchón hinchable de los primeros días, de su primera vez en la ciudad y del calor que había llegado, un mes que ya nadie esperaba. Sigue leyendo

Lo que queda

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Ilustración de Paula Bonet

 

 

Mi tío camina con piernas ágiles y gesto serio. Erguido, con ese porte de Don Quijote que conserva, igual de frágil que ahora pero con más pudor. Corta maleza y hace montoncitos y nosotros los aplastamos saltando con fuerza. No se escuchan lobos, tampoco corzos, pero todos sabemos que están ahí. Igual que los miedos. Sigue leyendo

Un domingo raro

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Escribo esto profundamente triste, saltándome una promesa que me hice: “No volveré a escribir sin antes metabolizar lo que siento”. Así que hoy me fallo a mí misma, otra vez para escribir de algo me duele. No siento rabia, solo pena.

Quizá estés en casa, con la radio y la tele encendidas, sin creerte que este país tenga algo que ver contigo. Quizá te sientas tan solo como me siento yo hoy. Me he despertado esta mañana temprano, nerviosa porque la radio anunciaba las primeras cargas policiales en Cataluña. He encendido la tele y me he echado a llorar. Un amigo me ha enviado un mensaje: “Pilar, hazte un favor y no pongas la tele”. Da un miedo bonito cuánto llega a conocerte alguna gente. Sigue leyendo

Lista de cosas fútiles

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ME GUSTA

Los trenes. Las playas desiertas. El calor en verano. Los vestidos que dejan la espalda al aire.  El frío del invierno. La lana. Caminar. Salir a correr en una ciudad que no es la mía. La insurrección ciudadana. Los cojines. Las casas de techos altos. Los colchones a no más de cuarenta centímetros del suelo. Los balcones de madera. Las terrazas con toldo. Los pueblos pequeños. Las plantas de interior. Las flores frescas. Cocinar. El chocolate blanco. Las tormentas. Los vestidos negros. Los abrazos por la espalda. Los besos en la nuca. Las camas deshechas. Las siestas después de desayunar. Los hombres con barba en coches sucios y destartalados. Doña Emilia Pardo Bazán y su santísimo par de cojones. Natalia Ginzburg. Delphine de Vigan. Raymond Carver. Los periodistas: Juan Tallón, Manuel Jabois, Rafa Cabeleira y Manuel de Lorenzo. Enric González. Las columnas de Leila Guerriero y las de Milena Busquets. Enamorarme solo de hombres a los que me gusta escuchar. Las sábanas blancas. Mi padre cuando descuelga el teléfono y me dice: «¡Ay! Hoooola amoooor!». La casa de mi abuela.  Mi madre diciendo: «Es muy friki». Los Fernández. Las sobremesas. La cerveza muy fría en cristal. Los mejillones al vapor. El laurel. El olor a berenjenas y pimientos asados con un chorrito de aceite y sal.  El monte en otoño. Los ataques de risa con mis amigas. La verdad de quien me quiere. Mi ahijado Mario, que adora las historias de Roma y Egipto. Mi ahijada Carme, que todavía está en edad de buscar qué le gusta y después odiarlo, como lo estamos todos. La palabra “fútil”. Los chicos de Huntza. Los domingos en mi casa mientras suena Carrusel Deportivo y fuera se hace de noche. Mirarme  las uñas recién pintadas. La ropa interior negra. Edimburgo. Roma. Vejer de la Frontera. Viajar a sitios en los que ya he estado.  El himno del Inter de Milán y agitar servilletas subidos a las sillas. La identidad. Las persianas. La gente que mira a los ojos y dice: «te doy mi palabra». Las personas fuertes que saben cuando tienen que serlo y cuando no.

NO ME GUSTA

Los aviones. Los calcetines. La insurrección desde las instituciones. El chándal. Las banderas de España en la ropa o en cualquier accesorio. El Pérez Reverte que se enseña en las redes. Los dioses. Los tibios. Las lánguidas. Las frases motivacionales.  Empezar a comer cuando todavía no ha llegado todo el mundo. Lavar lechuga. Imagine, de John Lennon. Conducir sin música. Follar en silencio. Depilarme las cejas. Cuando alguien dice: “No me interesa la política”. Las palabras “delicioso” y “estúpido”. La falta de compromiso. Las princesas, por muy intrépidas que sean. Los príncipes, por muy modernos que parezcan. Cortázar. Los hombres que tienen coches caros. El ruido de los platos al caerse unos contra otros en el fregadero. Los textos que no están perfectamente alineados y justificados. Poner el despertador en fin de semana o vacaciones. Las puertas entreabiertas. Las mujeres que atacan a otras mujeres solo por su sexo. Las mujeres que lo defienden todo de otras mujeres solo por su sexo. Los hombres que no son feministas. Las mujeres que no son feministas. El color marrón. Pablo Alborán. La gente que se declara sin vicios. Xabi Alonso. Amelie. Tocar el piano. Planchar. Los tangas. Hablar de algo importante de pie.

 

Echar agua al champú

Carver y Tess

Tess Gallagher y Raymond Carver

Llega apurado. Sé que es él porque ella ha agitado el brazo, y camina hacia su mesa. La besa y se queja del tráfico. El camarero trae una cerveza. Él le cuenta algo de una reunión que ha tenido hoy, ella no aparta la mirada del teléfono. Teclea mientras él le pregunta si ha ido a recoger algo que no consigo escuchar. Ella contesta no, me he olvidado. Él se queja y le recuerda que lo necesita, así que si se va a olvidar también mañana que lo avise e irá él.  Entonces ella deja el teléfono en la mesa y le cuenta que una amiga se muda a otra ciudad. Hablan de la vida de otros. No se oyen truenos. Sigue leyendo

Maneras de escuchar

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El padre de John Berger cortaba una manzana en cuatro partes. No lo hacía de cualquier modo. Primero hacía dos mitades, y de cada una otras dos. Luego quitaba los corazones de semillas que correspondían a cada parte, la piel de cada trozo y la ponía delante de su plato para que comiera. Él,  que solo tenía tres o cuatro años, reconoce en ese gesto de su padre los cuatro años de infantería que pasó en las trincheras del oeste de Francia. Nunca hablaba de aquello, no era un hombre de muchas palabras. Guardaba en una estantería los mapas de aquellos años en el ejército, escribía en ellos de vez en cuando y si John le sorprendía, él se sobresaltaba. Los guardaba rápidamente y mascullaba: ” Solo estaba buscando algo”. Sigue leyendo

Pequeña Miss Sunshine

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“No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca

no te salves”

Mario Benedetti

El abuelo entra contigo en el colo. Aquí, a los niños no los llevamos en brazos, aquí los cogemos en el colo o les damos un colo. Camina unos pasos y te baja al suelo. Tú aún eres muy cativa y los brazos del abuelo son largos, pero no lo suficiente como para no tener que descolgarse sobre su lado derecho para agarrarte de la mano. Sigue leyendo

Miedo y fe

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Soy cobarde. Lo digo sin pudor, también sin ningún alarde. Lo digo tranquila y convencida de que ser cobarde, igual que ser valiente o gilipollas, es posible solo a ratos.

No sé en qué momento uno empieza a tener miedo. No sé si esto importa demasiado, la verdad. El miedo es como los escalofríos, como pestañear, no conozco a nadie que no haya tenido al menos uno. Ese que no te define, el que no tienes reservas en verbalizar y el otro, el que sí parece decir algo de ti, y que se convierte en algo íntimo. Algo que se queda entre el miedo y tú. Sigue leyendo

Hacerse la rubia

Chimamanda Ngozi

“Enseñamos a los niños a tener miedo al miedo, a la debilidad y a la vulnerabilidad. Les enseñamos a ocultar quienes son realmente, porque tienen que ser, como se dice en Nigeria, hombres duros”-Chimamanda Ngozi Adiche.

Hace unos días, una mujer me contaba que le gusta que un tipo le abra la puerta. Se quedó un poco sorprendida cuando le pregunté por qué:

-Me gusta esa carrerita. Los dos pasos rápidos para ponerse delante de mí y dejarme pasar primero. ¿A ti, no?

-A mí no me molesta, pero no es algo que valore.

-Es un tema de educación.

-¿ Educación con las mujeres, los niños y los ancianos?

Nos reímos. No íbamos a ponernos de acuerdo, pero ese no es el motivo por el que dos entablan una conversación, así que seguimos. Hablábamos de la educación, de la igualdad. Le conté que en mi primer trabajo, un cliente llamó por teléfono enfadadísimo. Intenté calmarlo y pensar una solución rápida, pero no esperó. Páseme con su jefe. Le contesté que mi jefa estaba de baja maternal. Que me pase con su jefe hombre. Le dije que no tenía. ¡Cómo no va a tener usted un jefe hombre! Le mentí, claro. Siempre hay un hombre, y nos hemos acostumbrado tanto a que sea así, que todos damos por supuesto que no hay nada raro en ello. Sigue leyendo

La felicidad de lo inútil

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Paterson, de Jim Jarmusch

Estamos en la playa. Llevo unos vaqueros viejos, una sudadera y varias camisetas de manga larga, una sobre otra. Negro, blanco, gris. El pelo recogido, es un decir, este pelo nunca está recogido, en un moño alto. No sé que año es, solo sé que es junio y la playa se llena de olor a leña y sardinas. Bebemos estrellas mientras se hacen las brasas. Alguien cuenta una anécdota del colegio, cuando empezamos a ser adolescentes pero aún no lo sabíamos. Porque la mayoría de las cosas que un día somos, las somos sin ser conscientes. De repente, alguien pregunta para qué sirve mi idioma. Para qué tanto empeño en que los niños aprendan gallego, si cruzada Piedrafita no sirve para nada. Sigue leyendo

Escoge solo tres

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Me paso el día estableciendo prioridades. Listas de tareas que dejo para el día siguiente en la oficina, quedadas, visitas familiares, viajes. Luego se me van colando cosas que me desbaratan, folios y folios de empeño por poner orden entre lo que tengo y lo que quiero hacer. Sigue leyendo

Momentos

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Todo llega cuando tiene que llegar.

Hace unas semanas, vaciando las últimas cajas de la mudanza, encontré entre las páginas de un libro, un billete de autobús con fecha tres de julio de dos mil nueve.

Sin que el trayecto ni el destino tuviesen nada de especial, recuerdo perfectamente ese viaje. Era un fin de semana más, iba a  casa de mis padres y viajaba sola. Recuerdo que la batería de mi teléfono iba a tope, me llamó una amiga y la batería se agotó mucho antes de llegar al destino. El billete ha aparecido entre las páginas de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, de Alice Munro. Recuerdo hasta el motivo por el que compré ese libro. Había visto todas las películas de Isabel Coixet (las películas de esta mujer, igual que los museos, no son para el verano) y me fascinaba Sarah Polley.  En 2007 se estrenó como directora, en Lejos de ella. Sabía que el guión estaba basado en un cuento de Alice Munro, pero en ninguna parte encontré cuál era. Un día, mucho tiempo después, descubrí un libro de Munro con una pegatina en la portada: Incluye la historia que Sarah Polley ha adaptado a la gran pantalla. Aquello debió ser 2009, y yo me subí a aquel autobús con la intención de comenzar a leerlo, pero no lo hice. No lo hice ese día, ni al día siguiente. No lo hice tampoco en 2010. No lo he hecho, hasta hace un par de semanas. Sigue leyendo

Patios de luces

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Durante años, en septiembre, mi madre y yo viajábamos juntas a Madrid.  Nos quedábamos a dormir en casa de la tía Manuela, cerca de la calle Orense. El edificio es una mole gris y sobria de no más de seis alturas, que ocupa toda la manzana. Quizás no sea así, pero así es como lo recuerdo. Es uno de esos edificios antiguos destinados a las familias de militares, con un ascensor de puerta de rejas  y un portero gordecho y sonriente, que subía los tres escalones cargado con nuestras bolsas de viaje. Lo único que recuerdo con detalle de aquella casa, son los ruidos que llegaban del patio de manzana, mientras la tía preparaba la cena. Yo era una mincha,  y aquellos ruidos me maravillaban. Me acercaba a la ventana, retiraba la cortina y me inventaba la vida de aquella gente. Oía freírse el aceite y el ajo, veía los delantales moverse ágiles por las cocinas mientras centelleaban los televisores del salón. Sigue leyendo

Las sillas musicales

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Fotografía de Tony Luciani

“Entonces, aprendimos a enfadarnos tanto con ese juego de las sillas musicales que prometía falsas expectativas como con nosotros mismos, que deberíamos haber visto que todas las verbenas se acaban, que todos los juegos tienen un fin y también una finalidad”–Rayos, Miqui Otero

Pedro era arquitecto hace siete años. Lo dice así, en pasado. Igual que cuando uno dice cuando era joven, para referirse a eso a lo que ya no puedes volver. Cuando todo estalló, él y su pareja vendieron la casa en la que vivían y se trasladaron a un piso de dos habitaciones, lejos del centro, donde los niños duermen en literas y ellos han hecho del salón, habitación y despacho para que Pedro diseñe webs mientras se ocupa de la casa. Su mujer, que también ha tenido que cambiar de trabajo, duerme en casa dos noches entre semana para que los niños sigan yendo al mismo colegio bilingüe que el hijo de ese otro arquitecto que todavía lo es. Agradecen su suerte muchas veces, sin saber muy bien a quién dirigir las gracias. Sigue leyendo

El amor valiente

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Los puentes de Madison

Hace unos meses en la final de la Copa del Mundo de triatlón, uno de los aspirantes al título colapsó a 300 metros de meta. Iba en primer lugar y tenía todas las papeletas para proclamarse campeón si pasaba no sé qué carambola por detrás, pero empezó a tambalearse. La piel de la cara nívea,  desorientado y agarrado a la valla con la mirada lejos. Fue su hermano quien lo hizo llegar a meta, donde lo empujó para que cruzase antes que él. Sigue leyendo

La libertad no se mide en metros de tela

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No te vas a creer lo que he soñado para terminar el año. Pues resulta que una cadena de televisión privada, no en Rusia, ni en Estados Unidos, ni en un país remoto del que no conoces su capital, aquí en España. Un canal daba bombo y platillo a la vestimenta de una presentadora en prime time. La cubría con una capa, y mientras millones de españoles esperaban, atendiendo a la expectación generada en los últimos meses en las redes, su compañero le quitaba la capa para dejar al descubierto la escasa tela y su maravilloso cuerpo cubierto de estrellas minúsculas y transparencias mientras daban la bienvenida no a 1967, ni siquiera a 1987, sino a 2017. Sigue leyendo

Lobos y mujeres de lobo.

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A Pepe su novia le ha dejado. No significa nada, antes él dejó a otras que fueron sus novias y tampoco significó nada. Pepe tiene cuarenta y uno. Juana, su ya ex, tiene casicuarenta. Un día se levantó y le dijo que se había acabado. Habían follado la noche anterior y, sentados los dos a la hora del desayuno, Juana le dijo que ya no podían seguir así. Se acabó. Pepe se lo cuenta a  Paco y compañía. Qué puta loca. O sea, que follasteis la noche anterior y se levanta y te deja.  No cabrona, no perraca. No no. Loca, dramática, histérica o exagerada. Depende del jardín y del barro. Sigue leyendo

Pellizcos

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Es justo ahí, donde se necesita para que te apriete la garganta y notes el nudo. No pide permiso, pasa y ya. En la oficina, en el coche o en la cocina de tu casa.

Suele ser cosa de la voz cantada o no, de una imagen trágica o tierna. La vista y el oído son los sentidos con los que uno aprende a emocionarse, luego llega el resto para erizar la piel.

Así que una lo siente ahí cuando escucha a Nuria Espert recitar a Lorca en la entrega del Princesa de Asturias, cuando escucha a Darin hablar del amor.
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La vida sensible

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Algunas de las personas a las que más respeto, no puedo tocarlas. A otras, ni siquiera las conozco. No puedo hacerles preguntas, ni mirarlas a los ojos.

En estos días de titulares, gente reunida vendiendo humo, en los días del desgobierno yo reivindico el valor de lo sensible. El valor de gente que sin vicepresidencias, sin cargos imputados en sus listas, sin miradas al tiro de cámara, hace del cambio social una realidad más que latente. Valientes que miran a los lados para decidir en función de lo que creen les reportará más bienestar emocional, y será testamento vital para la siguiente generación. Sigue leyendo

Los alfileres de la felicidad

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«¿Así? Qué te parece. Te quito este trozo y te dejo tres centímetros de bajo por si las moscas». Pone un alfiler aquí, otro allí y me gira para que me mire en un espejo grande. El taller está en el salón de su casa y desde la cocina llega el olor a aceite friendo ajo. Quizás esté friendo conejo para luego guisarlo con patatas, zanahoria y champiñones. Todo así muy menudito para que la zanahoria casi no se aprecie. Casiodio la zanahoria. Sigue leyendo

Cumplir las normas

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Uno de los recuerdos que guardo intactos, es la muerte de mi abuelo. Se murió diez días antes de que naciese mi hermano. Yo tenía siete años.

Recuerdo llegar a casa después de que pasase todo, después de que lo hubiesen enterrado. Es la única vez que he visto llorar a mi padre. Recuerdo las sillas dispuestas contra la pared, haciendo un círculo en el salón. Recuerdo ser una niña y no encender la tele, no porque alguien dijese que no podía hacerlo sino porque sentía que el silencio era demasiado serio como para romperlo. Recuerdo que esa tarde la abuela me explicó cómo se formaban las estrellas. En la cocina de su casa, mientras me hacía un bocadillo de Nocilla como si fuese un día de fiesta, me explicó lo importante que era para los barcos que el cielo no se apagase.  Me dijo que ahora el abuelo era una estrella, que había tenido que irse rápido para que un barco pudiese llegar a puerto, y que  si lo echaba de menos no tenía más que decírselo y las dos esperaríamos a que se hiciese de noche para ver la primera que iluminase el cielo. No me dijo que ella también sería un día estrella y que yo suspendería Astronomía en la facultad. Sigue leyendo

El rayo verde

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“Cuando somos jóvenes lamentamos no tener una mujer, cuando nos hacemos mayores lamentamos no tener a la mujer”, Cesare Pavese.

 

Hago fotos a las parejas mayores que pasean agarradas de la mano. Los veo frente a mí y soy capaz de imaginarme su vida, y la mía no vivida. Miro sus caras,  la expresión tranquila de quien maneja los silencios con gusto al lado de alguien, el gesto encorvado del tiempo pesando justo ahí, el pelo cano. El paso acompasado de dos que no tienen prisa en quererse, que no temen caminar lento. Sigue leyendo

Lo normal

Equilibrios sobre el miedo

Fotografía de Margarita Gutiérrez Romero.

Superprimo y yo, nos turnábamos para dormir en casa de la abuela. Ella no quería dejar su casa, y a mi madre y mi tía les preocupaba que durmiese sola, así que Superprimo ocupaba el otoño-invierno y al llegar la primavera, cogía yo el relevo.

Cuando cumplí dieciséis años, la abuela empezó a tener más miedo conmigo que sola. “Se entran na casa e lle fan algo a nena, non mo perdono na vida”. Eso fue lo que hizo que accediese a venir a dormir a casa. Compartimos mi habitación durante unos años, los años en que yo empezaba a salir de noche, y siempre me la encontraba haciéndose la dormida en la cama de al lado. Sigue leyendo

Lo que ha dejado mayo

Foto de Michael Rougier

Foto de Michael Rougier

¡Aquí está de nuevo la sección intermitente!

Tengo que hacer algo con esta sección. Lo sé. Debería marcarme un día al mes y publicar esas cosas que veo o leo y que quiero obligaros a que veáis, ¡YA! Porque si no las veis quizás os pase algo malo, os sintáis seres incompletos y tremendamente infelices o no podáis respirar. Este blog está hecho también eso, para dar la tabarra sobre las cosas que veo y me apasionan. Sigue leyendo

Al menos, que la risa sea nuestra

Que la risa sea nuestra

Nos reímos. Lo hacemos juntos porque, a diferencia del llanto, la risa parece necesitar de al menos dos. Nos reímos porque es necesario sobrevivir a las portadas de los periódicos, porque hay que aflojar una realidad que, de no hacerlo, ahoga.

Nos reímos y la risa libera endorfinas en el cerebro, con un efecto parecido al de la morfina. Quizás la risa sea ese medicamento natural que el cuerpo segrega cuando lo que duele no es algo físico. Quizás por eso, cada vez que nos hacemos mayores, nos reímos menos pero lo necesitamos más. Sigue leyendo

Campos de tierra

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Esta semana leí en EL MUNDO un artículo sobre cómo Unicef ensaya, en Sudán del Sur, un programa de fútbol que, además de tratar de trasladar los odios y rivalidades del país solo a los terrenos de juego, les permite hacer un censo de niños escolarizados, de manera que se mitigue así el tráfico de menores, común en el país desde que surgió el conflicto armado.

El día de la final del torneo, todo lo poco que tenían los chicos se lo gastaron en peluqueros. Hasta seis saltaron al campo del Centro de Protección de Civiles descalzos, con las sandalias de plástico en la mano para no perderlas  y con las equipaciones hechas trizas, pero peinados como Balotelli. Sigue leyendo

Mi vida sin ti

image1(1)Te he visto acariciar a todo el mundo y saber lo que callar para que todos estuviesen bien.

Te he visto descontenta con tu vida, pero jamás te he visto rendirte.

Te he visto agarrada de la mano de papá mientras las dos callábamos los miedos, por miedo al miedo de la otra. Te he visto mirarle cuando te decía: «Morena, eres el amor de mi vida», y hemos llorado juntas mientras lo recordabas.

También te he visto querer odiarle y no poder. Sigue leyendo

La gente se salva sola.

Foto de Thurston Hopkins en Getty Images

Foto de Thurston Hopkins

En uno de esos días en los no se conformaba con dejar el tabaco y quería cambiar su mundo, le propusiste salir a correr dos veces por semana. Creías que sería bueno que se comprometiese contigo en algo, pensaste que sentirse mejor le haría estar bien. Sabías cómo te miraba, veías en sus ojos esa mirada condescendiente que en él no era más que el velo pudoroso con el que cubría la admiración, así que aceptó por ser tú. Sigue leyendo

Las llamadas perdidas.

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Ilustración de Alfonso Casas

Echo de menos en los teléfonos, algo inteligente de verdad. Un apartado donde se reflejen todas las llamadas que no te hacen y las que te has acostumbrado a no hacer.

Mejor. En vez de un apartado, deberían los gurús de lo telefónico enviar una alerta con cada mensaje de whatsapp recibido. Algo así como: «Tu amigo ha pensado en llamarte por teléfono para pedirte los quinientos euros que le debes desde hace meses pero ha preferido enviarte este mensaje».«Tu ex ha pensado en llamarte para recoger las cosas que todavía tiene en tu casa pero le faltan cojones, cosa que a estas alturas no es ninguna novedad». «Este aviso es irrelevante, porque ya sabes que los mensajes a partir de las tres de la mañana significan todo eso que no dicen». Sigue leyendo

Lo que os importa una teta.

Miroslav Tichy

Fotografía de Miroslav Tichy

Me gusta la ropa. Vestirme es para mí una manera de reflejar mi estado de ánimo. Me divierte, es como un baile de disfraces de mí misma al que lo único que le falta son más armarios, un zapatero más grande o más ocasiones para ponerme eso que me he comprado no sé cuando para un por si acaso.

Me visto en función de cómo me siento. A veces más fuerte, más segura y otras como una niña. Unos días más poderosa con diez centímetros en los tacones, otros en cambio me gustaría ser  invisible y poder hacerlo todo, sin interactuar con ningún otro mortal. Soy todas esas cosas e incluso puedo serlas todas en el mismo día. Sigue leyendo

Los asesinos de mujeres

Karmelo Iribarren

Poema de Karmelo Iribarren

Cruzan pasos de peatones igual que tú, con el muñequito en verde. Trabajan en el bar de la esquina, en la gestoría que lleva los papeles a tu empresa o son miembros del consejo de administración de una multinacional. Celebran los cumpleaños de sus hijos y llenan de sonrisas los álbumes de fotos para azucarar los futuros traumas adolescentes. Compran flores, el periódico y suben pan fresco y cruasanes. Sigue leyendo

Instrucciones para olvidar a un ex.

Lavadora

Ilustración de el libro de Rebecca Beltrán “Pasa página: Cuaderno de actividades para olvidar a tu ex”.

Deje que él cierre por fuera. Ahora, vaya hacia la puerta, como en esas películas míticas de los años cincuenta y déjese caer a sus pies como si fuese la mismísima Natalie Wood en Esplendor en la hierba. Hipe, haga aspavientos como si estuviese al borde del colapso. Levántese despacio, empapada en drama, y sin dejar de llorar golpee algún objeto al que no le tenga demasiado aprecio. Si el objeto es de él, mejor. ¡Hágalo! ¡Fuerte! Sigue leyendo

Lo poco que sé de la vida.

Joel Meyerowitz_Provincetown

Provincetown_ Joel Meyerowitz

No sé nada o casi de la vida. No sé donde van a parar las cosas que no dices, ni los planes que no se convierten en nada más. Nunca sé qué decir ante un regalo y no sé por qué tengo miedo a las alturas. No sé ser protagonista en ningún sitio más que aquí. Sigue leyendo

Te volverá a pasar.

Te va a pasar

“Desde entonces procuro defender/ las noches en mi casa,/ los barcos sin bandera,/ los inviernos con sol/ y las dudas que acaban resolviéndose/ en la última página”,  Luis García Montero.

Te volverá a pasar, lo perderás todo. No tendrás fuerza para nada más que para cambiar la cama donde antes querías cambiar el mundo. La vida llamará a la puerta y tú saltarás por la ventana.

Dolerá, y lo hará mucho. No servirán las frases de Paulo Coelho, ni los textos de Jorge Bucay. Aprenderás que el dolor, ese que aparece para no dejarte respirar un martes a las cuatro de la tarde, solo lo cura el tiempo y la terapia. Aceptarás que no todo es tan fácil, que a veces los huesos no aguantan el peso y te dejarás caer. Sigue leyendo

Bendito asesino de la primavera

Formentera

Formentera

 

Eres el niño grande al que espero impaciente. Siempre vestido de corto, con la camiseta blanca rota y la barba cuidada descuidada. Traes los pies descalzos y pisas sin miedo el calor que guardan las baldosas de la terraza al caer la tarde. Llevas la piel de un oscuro alegre  y me regalas una para mí. Sigue leyendo

A qué hemos venido.

Je suis Charlie Hebdo

Je suis Charlie Hebdo

“No hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido.”- Milonga del moro judío, Jorge Drexler.

A veces veo cosas que me asustan y cuando me asusto creo que sería mejor callar, no molestar. Ser dócil. ¿Por qué decir eso que te molesta si sé que te molesta?. Solo cuando dejo de tener miedo pienso si la vida será eso. Vivir con miedo a que lo que yo haga, a ti te duela. Sigue leyendo

A veces.

Dos paseo bajo la lluvia

A veces, antes de coger un avión, pienso en que quizás nos encontremos de paso en un aeropuerto.Tú con ese abrigo larguísimo,que tapa en invierno las corbatas de lana más bonitas que he visto nunca, y yo con los labios rojos nuevos que todavía no te he enseñado.

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Mis padres.

Papa y Mamá

Soy tu reflejo  en el  espejo de la habitación del fondo, en casa de la abuela. Tengo tu nariz y su boca. Soy sus piernas y tus huecos en las caderas.

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Cosas de blancos

 

” La gente creía que mi madre estaba loca. Las pistas de hielo, los autocines y las zonas residenciales eran izinzo zabelunguz, cosas de blancos. Casi toda la gente negra había interiorizado la lógica del apartheid y la había hecho suya.  ¿Por qué enseñarle cosas de blancos a un niño negro?

Los vecinos y los parientes, no dejaban nunca en paz a mi madre.

-¿Por qué haces todo esto? ¿Por qué le enseñas el mundo si nunca va a salir del gueto?

-Pues porque aunque nunca salga del gueto -decía ella-, al menos sabrá que el gueto no es el mundo. Si solamente consigo eso, ya habré hecho suficiente.”

 

              ‘Prohibido nacer’, de Trevor Noah

 

La canción que suena en casa.

Pensamiento crítico

 

«Creemos al que tiene el poder. Él es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudian historia, siempre deben preguntarse: “¿Cuál es la versión que no me han contado? ¿Qué voz se ha silenciado para que ésta se oyese? »

 

‘Volver a casa’, de Yaa Gyasi

La canción que suena en casa.