El olor de la felicidad.

El olor de la felicidad

“Si para todo hay término y hay tasa, y última vez y nunca más y olvido. ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido?”- Borges.

Hay lugares a los que nunca más volveré.

Las casa de la abuela en los 80, el salón de la tía Tina en 2013. El coche del tío José camino de Montefurado las tardes de verano. Las mañanas de primavera con Superprimo, en las que llegábamos tarde a clase porque me bebía la leche a sorbos tan pequeños que se enfriaba y la abuela tenía que volver a calentarla.

Las tardes que traían libros contra la gripe. Las fiestas en las que el tío Quique arrastraba la última silaba de los villancicos. El mejor pollo de casa cocinado en una olla enorme en casa de la tía. El mejor caldo gallego cocinado lento desde primera hora la mañana vigilado por la abuela. Lo grandes que parecían los pies del tío cuando nos subíamos a ellos para que nos columpiase.

Los sábados que hacían de dos camas una. Las tardes que el tío Manolo nos llevaba a los seis al circo conduciendo con la rodilla. Las representaciones de Eurovisión delante de un público repleto de berzas. Los cumpleaños jugando al escondite en la Lastra. Los domingos por la mañana viendo a Antúnez en La 2.

Las mañanas de verano solos mi padre y yo recogiendo una cosecha que se había llevado una helada. Las Navidades subida a un taburete para llegar al mostrador. Los domingos de picnic en La Reza en los que la máxima preocupación era que entre la comida y el siguiente baño pasase el tiempo suficiente para evitar morir por corte de digestión( a partir de los 15 decides echarle un pulso a la muerte).

El día que se murió la abuela volvimos a casa para cenar todos juntos, la vida continuaba. Nos sentamos en la cocina vieja, encendimos el fuego, cortamos embutido y empezamos a recordar. Volvimos a un montón de sitios en los que hacía años que no estábamos. Lloramos y nos reímos. No hubo abrazos. Ni besos. Cada uno respetaba el dolor del de enfrente, su espacio sentado en aquella silla como algo natural. Una parte del proceso de aprender que todo había cambiado ese día. El 31 de diciembre del 2001.

Si se pudiesen convocar los olores, si se pudiese hacer que viniesen cuando necesito sentirme bien. Si tuviese un lugar al que ir, un cajón que abrir con una mamadera que me llevase a algún lugar , volvería siempre a la casa de la abuela.

Sería una mamadera con el olor de los Fernández. Mi familia. Mi casa.

 

Anuncios

7 comentarios en “El olor de la felicidad.

  1. …y la pena es que los olores son (junto con los sabores) recuerdos imposibles. Solo podemos recordar un olor mediante su repetición. Mientras, debemos conformarnos con recordar la sensación de bienestar que nos daba ese olor….

    Digo esto porque me frustra no conseguir repetir algunos olores que me marcaron en el pasado….porque quiero poder recordarlos…

    Le gusta a 1 persona

Dime...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s