Bendito asesino de la primavera

Formentera

Formentera

 

Eres el niño grande al que espero impaciente. Siempre vestido de corto, con la camiseta blanca rota y la barba cuidada descuidada. Traes los pies descalzos y pisas sin miedo el calor que guardan las baldosas de la terraza al caer la tarde. Llevas la piel de un oscuro alegre  y me regalas una para mí.

Me traes el caos de Nápoles, la sensualidad de Estambul, el desordenado orden de la Costa Este. Las noches tintinean contigo como Lisboa y tiñes atardeceres con la sensación que cuelga de los cines de verano en Roma.  Me regalas la arena de mañanas en calma con la luz brotando en las cortinas y la cal de noches en un rincón de San Rafalet desnudos sobre una playa sin frío.

Te enseñas discreto, así que primero me desnudo la nuca y descubro que nadie ha sabido erizarla como tú.  Así que me doy otra oportunidad, te espero un poco más. Me espabilas las ganas y te vas señalándome el camino de regreso.

Me paso la vida echándote de menos, haciendo de aquel allí este aquí. Así que ahora que te imagino llegando con los andares tímidos,  las calles se llenan de guirnaldas. Sé que vas a venir y me pinto de domingo. Me descubro los hombros y empiezo a desnudarme para que cuando abras la puerta seas tú quien me quite las medias.

Alguna gente sufre de inviernos y conoce las heladas que pasan por debajo de las puertas de las alcobas. Tu retiras mis  sábanas de felpa y yo guardo mis pijamas en el último cajón del sinfonier porque, hasta nuevo aviso, el calor lo pones tú.

Me susurras que te folle lento mientras te miro a los ojos y nos prometemos no parpadear para no perdemos nada. Alguien pide un bis y quién somos nosotros para decirle que no.

Mentiroso como un espejismo, necesario para anclarme a la vida, me convences de que has contado para mí el número de granos de arena de esta playa. Reconozco en ti a otros que vinieron y no buscaban nada, confío en descubrirte antes de que los días comiencen a perder luz.

A veces me pregunto qué es lo que habré visto en ti. A veces me imagino y no es contigo.

Echo de menos a ese otro que me cubre los hombros y pone telas a mi espalda. Ese que me tapa los pies en el sofá un domingo de diciembre. Busco en el último cajón los pijamas que escondiste al llegar y una dosis del lado frío de la almohada como único placer.

Pero siempre que cierro los ojos sueño contigo. Dicen que uno es de ese lugar del que se acuerda cuando tiene miedo, de esos brazos, de esa piel. Yo soy tuya sin remedio.

Soy tu calor en mi espalda, soy las noches que se hacen días entre risas y copas. Soy tus mañanas sin prisa y las eternas sobremesas bajo el parral de casa de la abuela para presentarte en sociedad.

No importa quién caliente el lado frío de la almohada, siempre te busco a ti. No importa que acabes de irte o que estés en otro hemisferio. A veces te echo de menos y aún estás aquí.

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6 comentarios en “Bendito asesino de la primavera

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