A las simples cosas las devora el tiempo.

Diego y Amparo

Amparo y Diego.

Cuando perdió a su padre aún no había dado las vueltas necesarias alrededor del sol para merecerlo. La muerte siempre es injusta, pero lo es más cuando el que se va deja a alguien aquí que depende de él.

No tuvo opción de ser niño. Tuvo que aprender que la vida a veces cambia en un instante, un instante normal y que esa misma normalidad es la que hace que aceptarlo sea mucho más difícil. El puto lado más cruel de la vida no habla contigo, no te avisa, no te dice “Despídete ahora, aprovecha!”.

En su casa se hizo de noche. Una sombra de pena y de tristeza envolvió a su familia y tuvo que dar todas las vueltas que le quedaban alrededor del sol para hacerse un hombre a los catorce. Se convirtió en el padre que no tuvo para todos, menos para él. Calló como lo hace ahora, se mordió la lengua y siguió.

De camino al trabajo desde los quince años pensaba “Si cruzo el semáforo en rojo sin que me pite ningún coche a mamá no le pasará nada”,” Si pongo los platos iguales, los mismo vasos para todos…quizás él aparezca” ” Si meto este gol por la escuadra todo volverá a ser como antes”.

Desde aquel día toda su vida es ayer. Se detiene en el pasado mucho más de lo que le gustaría y sin más remedio que jugar a ser adulto, ha cumplido treinta y tantos. Acepta a regañadientes que un día no sé qué algo, quizás un Dios, pone a la mesa sillas vacías,  colonias que no impregnarán más esa escalera, días que solo llueven ausencias. Sigue callando igual que antes, lo recuerda en gritos callados, lo piensa pero no lo nombra.

No  sabe donde habrán ido todas las cosas que les quedaban por hacer juntos. Los partidos de fútbol que no han podido ver cada uno en un sofá, todas las broncas que le han hecho falta, todos los silencios de alguien que vive en él, todas las miradas. Ahora le hubiese gustado enseñarle a enviar whatsapps, comprar dos entradas para ver al Madrid, presentarle a la mujer con la que hace planes para tener los nietos que no conocerá. Preguntarle si está orgulloso de él, si lo ha hecho bien. Escuchar como le dice SÍ. Un abrazo entre ya dos hombres que no han podido decirse te quiero.

Tengo un miedo terrible a la muerte. A la mía, a de los míos. Este verano leí El año del pensamiento mágico, lo empecé en  julio pero no conseguí leerlo del tirón. Lo intercalaba con otros libros que me aliviaban la angustia. El libro es un ensayo sobre el duelo, sobre el suyo. El duelo de Joan Didion después de la muerte repentina de su marido. Para alguien como yo, es difícil leerlo sin ponerse en su lugar así que terminarlo supuso un esfuerzo que aún tiene sus coletazos emocionales pero que me ha hecho pensar en algo que pienso muy a menudo. ¿Qué tipo de persona quiero ser?.

Hace unos días Amparo Fernández, la mujer del Cigala, murió horas antes de que él se subiese  al escenario del Hollywood Road. Dicen que llegó al camerino enfundado en un pijama de corte chino de raso azul oscuro, con la mirada escondida en una gafas de sol y arrastrando las babuchas, apoyado en unos de sus músicos, arrastrando el alma que le quedaba y lloviendo ausencia. Julio César Fernández, road manager e hijo de Amparo, planchó el luto: chaqueta con solapa de terciopelo, camisa blanca y raya en el pantalón mientras él solo acertaba a decir “No puedo, no puedo”. Pero salió al escenario y empezó el concierto cantando esto :

 

No anunció al público lo que llevaba por dentro, como tampoco lo anunció aquel chico de entonces que con quince años perdió a su padre, como tampoco lo hace ahora, como tampoco lo hizo Joan Didion. Salió al escenario a dar lo que se esperaba de él, salieron a plantarle cara a la puta vida.

Yo quiero ser eso. Quiero para mí todo ese puto coraje, quiero ser como ellos.

                                                              

                                                                                 Escrito después de leer a Leila Guerriero en El País.

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4 comentarios en “A las simples cosas las devora el tiempo.

  1. Una mañana como otra cualquiera, hace ya 9 años, una llamada de teléfono hizo q el suelo desapareciese bajo mis pies. Él, el único, el mio…se había dejado la vida en el asfalto.
    La bofetada de realidad, de: “sí, esto me ha tocado a mí, pero sobretodo a Él, es tan brutal, q no hay consuelo. Solo vacío, y silencio, y ausencia. Y un para siempre q no es el esperado en la historia común.
    No sé si es coraje lo q te hace sobrevivir a la locura, es puro instinto, pura rabia de querer gritarle a la vida: ” sigo aquí y estoy viva”
    Y aquí sigo y estoy viva, con el recuerdo intacto, y con el orgullo de ser un poco Él.

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