Cambiar el yo por nosotros.

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Milagros no la reconoció inmediatamente, lo hizo  mientras la observaba  entretenerse entre las estanterías de su tienda. Iba acompañada de una amiga. Había seleccionado un par objetos que puso sobre el mostrador y sacó de la cartera un billete. Milagros la miró y le dijo: «Ese dinero aquí no sirve». Ella metió la mano de nuevo en la cartera, sacó otro billete igual y puso los dos encima de la mesa. « ¿No me has oído? Aquí tu dinero no sirve»- le repitió visiblemente más nerviosa. Agarró  los billetes y los tiró todo lo lejos que pudo.  La chica se agachó a recogerlos y la miró desafiante mientras salía por la puerta. Milagros tiene una tienda en Vilagarcía de Arousa, la clienta era la hijastra de Laureano Oubiña uno de los narcos más conocidos del litoral gallego.

Carmen Avendaño tenía un negocio en  Lavadores, un barrio de Vigo, cuando el primero de sus hijos se enganchó a la heroína. El crío no había cumplido los dieciséis. Ella y su marido, trabajador de banca, tuvieron que dejar caer la certeza de que aquello les pasaba a familias marginales sin formación. Eran los 80, en Galicia la droga entraba sin pedir permiso, sin preguntar al estrato social al que pertenecías, sin avisar de las consecuencias del consumo y dejando a su paso lo que más tarde sería la verdadera generación perdida. Carmen comenzó a salir a la calle con Fina, Sara y otras madres. Fina tenía tres hijos, los tres enganchados. Murió de un infarto poco tiempo después de enterrar al mayor.

Entre todas comenzaron a listar los negocios que traficaban en la ciudad y empezaron a hacer escraches antes de que nadie pusiese nombre al término. Pidieron ser recibidas por jueces, por políticos, hicieron ruedas de prensa, se asociaron y montaron la asociación Érguete para pasear su discurso por las rías. Iban despertando conciencias mientras los narcos boicoteaban las asambleas. Nunca se rindieron.

A las puertas del Pazo de Baión, símbolo del poder del narcotráfico en Galicia, quedaban para gritar: “No somos locas, ni terroristas, que somos madres muy realistas”. Agitaban el portalón mientras al otro lado, los todoterrenos con los guardias de seguridad  del capo se paraban a unos metros y tipos con metralletas las miraban a los ojos. No tenían miedo, muchas habían perdido a sus hijos mientras veían crecer el patrimonio de los narcos. Pocas cosas peores podía haber.

Esas mujeres, acompañadas de muchos otros nombres, de otros hombres  y de otras mujeres, hicieron que los narcos empezasen a esconderse, dejasen de patrocinar equipos de fútbol y pasearse en Testarrossa por las ciudades saludando sin pudor. No solo dejaron de estar aceptados por la sociedad si no que pasaron a ser los delincuentes que en los ochenta no habían sido. Las reuniones entre aquellos empresarios narcotraficantes en las Cámaras de Comercio de muchas ciudades, con políticos y mandos de los cuerpos de seguridad del Estado, pasaron a lugares más discretos.

Ellas siempre supieron que el narcotráfico no iba a dejar de existir, no eran tan naifs, pero no les importó. No pensaron en lo que hacían otros para actuar. Actuaron con sus conciencias para cambiar su ahora. Creían que la utopía les serviría para avanzar y se unieron para retar a los que las miraban con condescendencia.

Esta semana he  escuchado como Julio Iglesias, respondiendo a Jordi Évole sobre episodios polémicos de su vida como actuaciones ante dictadores como Obiang,  aseguró no estar arrepentido. Dijo algo así como: “Te critican pero luego les ves haciéndose la foto con él en Naciones Unidas. ¿Por qué voy a limitarme yo? Yo canto para los pueblos”.

Pienso en lo raro que resulta mencionar en el mismo post a Milagros, Carmen y Julio. Lo pienso mientras lo escribo y supongo que por eso mismo a veces me resulta incómodo pertenecer a este mundo. Un mundo donde hay muchos más julios que milagros. Donde ya pocos cambian el yo por el nosotros.

                                                     Todo lo que quieras saber sobre el narcotráfico en Galicia está aquí.

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