Volver a estar sola.

Casa en Islandia

Llevaré impreso el trayecto que va desde la salida 541 de la autopista hasta allí. Lo alternaré entre el salpicadero y el asiento del copiloto, junto a una libreta de tapa dura que arrastro de viaje en viaje, de libro en libro y donde apunto listas de películas, canciones o ideas sin ningún orden, hasta convertirla en un batiburrillo que va de un tema a otro. Igual que yo.

No habrá cobertura, tampoco 3G, así que antes de dejar la autopista habré hecho las últimas llamadas. Apagar el teléfono y volver a lo que cada uno es, sin adornos ni posturas. Sentirse solo como antes, como ahora pero sin todo ese ruido que parece acompañarte a todas partes. No necesitar compartir lo que se piensa o lo que se ve en ningún muro. No mirar más que la luna donde otros solo ven el dedo. Volver a cuando tu opinión parecía no importarle a nadie, tampoco a ti. Ir allí donde nos juzgábamos con menos vehemencia pero más eficacia. Volver a cuando éramos menos cínicos. Volver a ser lo que éramos, con esto que somos ahora.

En el maletero llevo una bolsa de viaje con ropa de abrigo y ropa de cama. Un par de mantas que heredé de casa de la abuela y que es de esas cosas que ya no se fabrican, un bolso enorme con más libros de los que me dará tiempo a leer, un diccionario, un montón de artículos que he imprimido desde mi lista de lectura del móvil, un pendrive con las películas pendientes y algunos DVDs a revisar.

El coche sonará a Neutral Milk Hotel, un grupo que descubrí por casualidad escuchando a Fanfarlo. Pienso que si tuviese que poner una banda sonora a este momento sería esto, East Harlem de Beirut y algo en directo de  Mumford & Sons.

Le echo la culpa al cielo cada vez más gris y pienso que si fuese un día de primavera todo sonaría a Jack Johnson o al Kinda Fantastic de Pájaro Sunrise. Pero en el coche, soy yo la que avanza una a una las canciones necesarias hasta encontrar a lo que suena este lugar cuando empiezo a ver el mar:

Me bajo del coche frente a la puerta principal. Él sujetará la puerta y levantará el brazo para saludarme. Ella bajará la escalera envuelta en un enorme jersey de mohair azul marino. El pelo rubio recogido en una coleta baja, los labios pintados de un color imposible. Pienso en lo elegante que me parece, en lo bien que le sientan los vaqueros. Me abraza y me agarra por el hombro para guiarme al interior con la familiaridad que ya solo queda en los lugares como este, donde todo el mundo es inocente mientras no demuestre lo contrario.

Todo funcionará con electricidad, así que las instrucciones serán para casi todos los públicos: la llave del agua aquí, la caja de plomos allí y este es nuestro número de teléfono por si necesitas cualquier cosa. Se despiden, ella igual de cariñosa y él con el mismo gesto cercano pero tímido, y se van.

La casa es un cuadrado desde el que todo aparece casi a primera vista. Desde la puerta, a mano izquierda, puedo ver la cocina separada del salón solo por una barra que parece hacer de mesa improvisada por lo que anuncian los taburetes a ambos lados. A la izquierda, un ventanal enorme mira al mar y perpendicular a él un sofá de tres plazas divide la estancia en dos. La televisión le mira de frente. Algunas estanterías con algunos libros y marcos de fotos vacíos, se apoyan en ambas paredes. Una mesa y más sillas de las que voy a necesitar, ocupan el resto del espacio.

Estoy sola. No tengo miedo. Miro alrededor. La luz entra a través de la ventana que hay al final del pequeño pasillo. Parece que queda poco para que se haga de noche. Saldré a correr antes. Me siento bien, hace tiempo que he hecho las paces conmigo. No tengo miedo.

Guardo la ropa en el armario. A pesar de que la temperatura es agradable, voy a utilizar las dos mantas. La habitación tiene una cama, una silla y un armario. Una puerta por la que salgo a un pequeño jardín, es lo mejor que tiene la estancia. El baño será espacioso con azulejos blancos satinados. Tendrá un ventanal desde el que puedo ver el mar tumbada en la bañera. Todo resulta familiar pero distinto a como lo había dibujado en mi mente al ver las fotos.

Enciendo el televisor, no es su silencio el que he venido a buscar aquí. Subo el volumen a la radio que hay entre la nevera y el microondas. La casa se llena de gente y solo estoy yo. No tengo miedo. Empiezo a pensar qué voy a comer. Caigo en la cuenta de que en esta casa no hay relojes y que mi teléfono está apagado. No importa. Tengo hambre, así que comienzo a preparar algo para picar.

Saco de las cajas con cuidado los huevos y las verduras. Guardo en la nevera el pescado fresco y los yogures que he comprado antes de entrar en la autopista. No tengo miedo. No lo tengo, de verdad, pero lo pienso demasiado como para que el pensarlo no signifique nada.

Sueño un sueño de verdad.

Ya me gusta escucharme.

Tengo un montón de cosas que hacer aquí. Un montón de paseos que darle al mar. No tengo miedo a estar sola aquí. Sé que puedo irme cuando quiera.

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10 comentarios en “Volver a estar sola.

  1. Yo ya no se que decir ni que hacer para explicarte que en mi librería necesito un libro tuyo para que ya fueser perfecta para mi. Cada día te superas más fillinha.

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  2. Un viaje, al interior de uno mismo… Últimamente hago muchos de esos también, con libreta incluida.
    Cuando un@ necesita tanto esos viajes para pensar, suele coincidir con la necesidad de abrazos fuertes que te recuerden que por mucha introspección que busques y encuentres, no estás sol@. Y que quizá… Solo quizá… Te volverá a pasar (solo si tu teoría es la acertada y la mía no).
    😉
    Un abrazo realmente fuerte linda.

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  3. Ahora mismo me vendría bien una desconexión total de esas, a ver si yo también hago las paces conmigo misma, no dejo de sabotear mis tratados de paz.

    Me flipa como escribes. A ver si aprendo algo…

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