No quiero a John Wayne, solo quiero ser brigada.

Podemos ser héroes

Siempre que pienso en el amor como en un sitio tranquilo, acabo imaginándomelo como la planta de hogar del Corte Inglés ahora que Ikea está en nuestras vidas. Por supuesto el amor no es así de aburrido, solitario e inhóspito. Tengo que darme una hostia fuerte para darme cuenta de que estas perrerías que me hace la imaginación, es solo uno de los daños que me han hecho el cine y las canciones. 

Ese amor a lo John Ford, nos ha generado unas expectativas que no tienen nada que ver con la realidad. Valoramos el drama, apreciamos modelos antiguos que no hacen más que frustrarnos y hacernos un poco más infelices, más perdidos.

Me alucina el tiempo que invertimos en analizar el modelo de negocio de nuestras empresas, ver cómo ha evolucionado esto o aquello en los últimos 100 años, pelear por un cambio político y social, pero  seguimos aceptando como válidos modelos de relaciones sin ni siquiera plantearnos que podemos construirlas y deconstruirlas.  Como si, al igual que el hecho de enamorarse, las relaciones fuesen algo que fluye por generación espontánea.

Cuando pensamos en encontrar a alguien, siempre pensamos en lo que necesitamos. “Necesito a alguien que me sepa llevar”, “quiero a alguien que me valore”. Seguimos, desde tiempos inmemorables, buscando medias naranjas en vez de preocuparnos de ser naranjas enteras que van a tener que currárselo día a día para que ese ser tan genial que has encontrado quiera quedarse a tu lado para siempre.  Buscar tu felicidad en lo que necesitas del otro en vez de buscarla en lo que tú estás dispuesto a dar, puede que sea una manera de que tu relación funcione pero no tiene nada que ver con el amor.

Vivimos buscando a alguien que venga a salvarnos. Padres y madres para los hijos que queremos tener, que cubran nuestras carencias afectivas… ¿y luego qué? Se acabó. Ya está. Ahora que funcione. 

Seguimos sin enterarnos que la dependencia, ya sea emocional o cualquier otra, es la Corea del Norte del amor. Preferimos conjugar el verbo necesitar en vez de el verbo amar, porque aunque los dos son de la primera conjugación, el primero suele dar, inexplicablemente, menos miedo y requiere de mucha menos generosidad.

Hay una escena maravillosa en Las consecuencias del amor, de Paolo Sorrentino ( este cine, sí),  en la que Titta comienza a contarle  a la mujer de la que está enamorado platónicamente, uno a uno todos los secretos que le atormentan durante los diez años que lleva en silencio amenazado por la mafia. Ese nivel de generosidad, ese vértigo, es para mí la definición perfecta de lo que es el amor. Ese exponerse hasta parecer ridículo, la entrega.

Pienso en las relaciones que he tenido y en lo a menudo que he sentido ganas de gritar: “Tronco, tranquilo. Esto no es una puta película de John Ford, así que no tienes que ser John Wayne. Yo estoy acostumbrada a ser Maureen O’Hara. Me han educado así, me he hecho así, pero no quiero ser esa mierda.  ¿Nos ayudamos? ¿Nos hacemos brigada?”. Pero nunca lo he hecho.

Nunca he dicho que tengo pavor a enseñarme vulnerable y que el amor es eso, enseñarse con todo lo feo que te espanta y te aterroriza,  y que tengo un miedo brutal a hacerlo. En vez de eso siempre he hecho el capullo, es lo más fácil. Hacerse el más macho o la superwoman ante cualquier discrepancia, querer tener siempre la razón, colocarse siempre un peldaño por encima del otro, echarle la culpa al de enfrente y tener la autocrítica justa para pasar la tarde es lo más fácil siempre. Ser así de cínicos, en vez de humanos bondadosos y sensibles es eso en lo que hemos convertido nuestras relaciones. La bondad, la piedad y la compasión son adjetivos que asociamos solo a la religión y que hemos aparcado igual que la misa de doce.

A veces tengo miedo igual que tú. Creo que aún no estoy preparada para tener una relación, que no soy tan generosa, que me gusta demasiado estar sola, que tendré que cambiar un montón de cosas de mi vida y hasta de mi esencia, y me acojono. Me nublo con esa idea falsa del amor donde el verbo renunciar o ceder, para el que solo hace falta uno, hace tiempo que sustituye al pactar o llegar a acuerdos. Me olvido de lo que creo mientras espero encontrar en el otro la piedad y la compresión que a mí me falta. Me vuelvo chunguísima, cínica e hiriente o saco mi lado más sodomizable y dejo que me meen encima mientras me convenzo de que llueve.

Seguirá pasando lo sé, no soy ninguna superwoman. De eso se pone guapa la vida, no? Aprender y equivocarse, una y otra vez. Lo que sí he aprendido en todo este tiempo es a solucionar mis errores sin echarle la culpa a nadie ni esperar que nadie venga a solucionarlos. A ser más consciente de mis miedos y poco a poco dejar de tener tanto pudor a enseñarme imperfecta, blanda, vulnerable. A no esperar al puto John Wayne pero tampoco ser Maureen O’Hara.

Sé lo que piensas mientras lees este post. Pero sin afán de que te moleste, me importa una mierda. Puede que pienses que soy una idealista, que estoy equivocada o que busco algo que no voy a encontrar. No me importa. Me la ronca. El riesgo de cualquier modo, lo asumo yo. He dudado tanto para llegar aquí, la he cagado tanto, he decidido estar sola tanto tiempo para aprender a ser feliz, que este post es mi certeza más cierta.

No te equivoques, no se trata de exigencia. Quiero algo normal, alguien que me acompañe en el camino y que tenga un montón de taras pero que no venga a que se las arregle yo. Un igual con todos los miedos que le hacen valiente y la valentía y la generosidad de enseñármelos sin pudor. El amor no tiene nada de incondicional, requiere esfuerzo. Mucho. Hay que currárselo todos los días. Hay que ser generoso, humilde, feliz y muy bondadoso para que te haga feliz hacer feliz al otro. Ese es el único secreto. Lo que sí me parece idealista y hasta ridículo, es creer que una relación no requiere un esfuerzo sobrenatural al que no todo el mundo está dispuesto, ni siquiera preparado.

Lo que hacía muy bien John Ford y sus colegas al enseñar esos amores pasionales de tíos rudos, machos entrenados para no mostrarse sensibles y tías  más bravas que una lija del ocho o más sumisas y cándidas que Amelie, era ejemplificar el compromiso. Llegan, eligen y se quedan. Parece que no les asusta perderse nada, eligen un camino y saben que no será fácil pero siguen caminando. No sé si el Sr. Ford, siempre se saltaba la parte de las dudas, esa que hoy toda historia de amor que se precie en el cine trae iluminada con neones de colores.

Hoy todo es distinto. Vivimos en un mundo donde todo pasa rápido y el conseguir algo lleva a querer otra cosa inmediatamente después. Cuando pasa el relámpago, ese que dura unas semanas, meses, quizás un año, y se alcanza la calma al lado de alguien siempre llegan las dudas. Llegado  un momento, uno siempre espera encontrar a alguien más guapo, más inteligente, más cariñoso, más simpático, más activo sexualmente….y así hasta que queráis, cada uno que vaya cogiendo su más o añadiendo a la lista el más que le falta. Llega el momento inevitable de comparar con las expectativas, con otras relaciones, con lo que te encuentras cuando sales a la calle, cuando llegas a un bar. La oferta parece tan brutal que por qué no probar otra cosa, por qué no tenerlo todo.  Cada vez parece más difícil tener la certeza de que ese alguien con quien quieres mirarte desnudo al espejo dentro de treinta años es ese que está ahora a tu lado.

Veo a mi alrededor a un montón de parejas a las que no envidio nada. Parejas que sé que al primer asalto pondrán rodilla en la lona y otras, otras que son a lo que me agarro para seguir creyendo.

Pero déjame que te diga que lo único que iguala un amor a otro es la capacidad para arriesgar, para quedarte. Para mirarle y decir : “Coño, esto es lo que quiero. No tengo ni puta idea de cómo lo voy a hacer para que funcione pero aquí me quedo. Esta es mi brigada”.

Los días como hoy, los San Valentines, solo recuerdan que sois pareja. No celebran una mierda el amor, ni siquiera en la cuenta de resultados de El Corte Inglés.

A mí me gustaría que tuviésemos un calendario entero para celebrar que somos brigada.  Dos naranjas enteras siendo felices haciendo feliz al otro. Que cada uno tenga su propia voz,  para que cuando uno se canse de cantar lo haga el otro. Cagarla continuamente pero solucionarlo siempre como un puto equipo de fútbol sin galácticos, como en los campos de tierra de los equipos amateur.

Mirarle y seguir creyendo que ese es el lugar donde quiero quedarme. Mi código postal.

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9 comentarios en “No quiero a John Wayne, solo quiero ser brigada.

  1. Me gustas, tú con tus ideas claras. Y la vida que es tan complicada llena de reglas simples siempre nos dice…”Quien tiene claro dónde va… Raro sea que no llegue”. Te espera un sitio bonito y bien pensado. Me encantará leer sobre ello cuando lo escribas.

    Feliz búsqueda de tu código postal.
    Un beso.

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  2. Cada que te leo me haces sonreír, porque sé que en muchos sentidos no soy la única idealista, a veces soñadora que existe…
    Hoy al igual que tú comparto el deseo de una naranja completa, que no tema ser imperfecta como no lo temo yo! Porque también he elegido estar sola tanto tiempo para ser feliz, creo estar lista, no hay prisas tampoco… Pero en mi corazón como en todo lo demás ya estoy completa.

    P.D. No dejes de inspirarnos con tus letras

    Un beso

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  3. Siempre poniendo los puntos sobre las íes de manera magistral… diciendo eso que todos hemos pensado alguna vez pero que tanto cuesta decir con palabras; eso con lo que hemos tropezado (y quien sabe, igual alguna piedra más queda en nuestro camino) y que nos ha hecho ganar experiencia pero no la certeza de que no sucederá de nuevo.

    Leyéndote todo parece más fácil, y desde luego es inspirador.
    Gracias por tu brillantez y por tu honestidad para con la vida
    un besiño

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    • Ay Pablo! Que difícil es volver a los básicos! A lo que fuimos un día y que hemos ido perdiendo por las cosas que nos han pasado y nos hemos hechos! Gracias por pasarte una vez más! Mil biquiños

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Dime...

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