Las llamadas perdidas.

Alfonso Casas_whatsapp

Ilustración de Alfonso Casas

Echo de menos en los teléfonos, algo inteligente de verdad. Un apartado donde se reflejen todas las llamadas que no te hacen y las que te has acostumbrado a no hacer.

Mejor. En vez de un apartado, deberían los gurús de lo telefónico enviar una alerta con cada mensaje de whatsapp recibido. Algo así como: «Tu amigo ha pensado en llamarte por teléfono para pedirte los quinientos euros que le debes desde hace meses pero ha preferido enviarte este mensaje».«Tu ex ha pensado en llamarte para recoger las cosas que todavía tiene en tu casa pero le faltan cojones, cosa que a estas alturas no es ninguna novedad». «Este aviso es irrelevante, porque ya sabes que los mensajes a partir de las tres de la mañana significan todo eso que no dicen».

Sí, un detector de cobardes. De actos cobardes.

Al principio del boom telefónico el sonido era una de esas cosas que elegías con cuidadosa atención: una gota de agua, el timbre de una bici o la Para Elisa en versión clásica o technoEn el siglo XXI la mayoría de la población no sabe cómo suena su teléfono.

Hubo un momento en que servía para charlar, para ver qué tal le iba al otro. Cientos de caracteres y  diez tamaños de pantalla después, la comunicación es eso que escribimos en el muro de Facebook pero que no nos atrevemos a decir a nadie. El desahogo encriptado en 140 caracteres mientras sonríes a tu interlocutor.

He recibido mensajes de whatsapp para anunciar embarazos, bodas, para un creo que tenemos que hablar. Tengo amigas separadas que cierran los gastos mensuales de sus hijos, comunican que el niño está enfermo, sus exmaridos preguntan por la última visita al pediatra, las notas del cuatrimestre o el último cargo en la cuenta de gastos. Todo sirve para evitar la réplica de una voz seria, enfadada. Todo vale para esquivar el tono de una conversación incómoda.

Te instalas una nueva locura en el móvil y nadie te explica cómo van a variar tus hábitos, ya lo harán las conclusiones de alguna universidad del Oeste de EEUU. Nos cuelan utilidades sin manual de instrucciones, sin siquiera un quemar después de leer, y pasamos a convertirlas en trincheras del miedo.

Nos hemos acostumbrado a leer donde antes escuchábamos, cada vez parece más fácil decir lo que se piensa y  ni siquiera eso nos ha ayudado a pensar lo poco que ya se dice. El boca a boca se ha desvirtuado al ritmo frenético de la lista de actualizaciones del teléfono.

Hasta no hace mucho, las compañías se peleaban por quién ofrecía el mayor número de minutos gratis en sus tarifas. Ahora nadie llama. El relámpago al ver el nombre en la pantalla, ha pasado de excitación a miedo. Lo extraordinario del acto lo ha convertido en un suplicio. Yo ya no espero a escuchar la voz de mi hermano para espetarle un: « ¿Por qué me llamas? ¿Qué ha pasado?».

En la era de los likes como medidor de lo que gusta algo o lo que le gustas a ese tipo que no ves, con el que no te has tomado ni una caña, pero que te conoce mejor que nadie y hace me gusta a todas tus publicaciones, el llamar por teléfono se ha convertido en un privilegio reservado a un cada vez más pequeño grupúsculo en tu agenda.

La tecnología ha conseguido que ante la imagen de una pareja sin hablarse en un restaurante, eso que en el siglo XX hubiese sido símbolo inequívoco de tangana antes de salir de casa, ahora no sean más que, dos sentados a una mesa cada uno mirando a su pantalla. Sin más. Ni menos.

En la era del buen rollo, parecer enfadado, mantener un intercambio de opiniones discrepantes a viva voz, se ha convertido en un complemento de alta costura. La tecnología nos permite intercambiar frases a través de una App y cerrar conversación cuando el asunto nos resulta molesto, cuando rasca como esas etiquetas de tu camiseta de algodón. Esto me recuerda a una frase genial de Fernando Fernán Gómez en La silla de Fernando:« Si le dijesen que los imbéciles no sufren ¿A usted no le gustaría ser imbécil?».

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8 comentarios en “Las llamadas perdidas.

  1. Nunca me gustó hablar por teléfono y ahora odio los “guatsapitos” pero aún así utilizo esa odiosa App… y casi prefiero una llamada, la valoro mucho más. Supongo que es como recibir una postal, totalmente en desuso, pues las llamadas igual…
    Tienes razón que tenemos más medios para comunicarnos y lo hacemos menos…

    Besitos!!!
    Yolanda R.

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    • A mí me gusta el teléfono! Me gusta la tecnología, pero no me gusta el uso que hacemos de ella. Y nosotros tenemos algo con lo que comparar, lo que pasaba antes pero y las nuevas generaciones? Creerán que la comunicación es esto?

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  2. ¡Totalmente de acuerdo con todas las palabras! Cada vez odio más las compañías de mensajería instantánea. Sí, han supuesto un avance y, en muchas ocasiones, nos quitan del apuro, pero ese control obsesivo al que lleva a muchas personas… a hablar por hablar.

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  3. Pues yo voy a dar el contrapunto…

    Necesito que parte importante de mi vida sea por escrito… Para evitar que las conversaciones manipuladoras me sigan perforando el alma, sin que alguna amiga (seguro que ya cansada de darme el punto de vista del no sometido) me haga un segundo análisis de los contenidos.
    Y es que es muy fácil relacionarse solo con las personas que te aportan, y alejarte de las que te restan… Pero cuando tardaste el tiempo suficiente en darte cuenta de cómo iba la vida en tu vida, valga la redundancia. Pues eso, que cuando tardaste algún hijo en darte cuenta… Ya no hay escapatoria.
    Bendita comunicación instantánea por escrito… Que me permite releer… Y ver la manipulación. Que me permite poner límites conscientes. Que me permite que las grandes salidas de tono por parte del otro no sucedan, )lo que está escrito puede ser una prueba)…

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Dime...

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