La gente se salva sola.

Foto de Thurston Hopkins en Getty Images

Foto de Thurston Hopkins

En uno de esos días en los no se conformaba con dejar el tabaco y quería cambiar su mundo, le propusiste salir a correr dos veces por semana. Creías que sería bueno que se comprometiese contigo en algo, pensaste que sentirse mejor le haría estar bien. Sabías cómo te miraba, veías en sus ojos esa mirada condescendiente que en él no era más que el velo pudoroso con el que cubría la admiración, así que aceptó por ser tú.

Quedabais a mitad de camino. Cuando te ibas acercando le veías allí, con el cuerpo hacia adelante. Un pie apoyado en la acera y otro en el cajero que hace esquina en El Cantón Grande, escudriñando a un lado y a otro mientras giraba el móvil entre las manos. Al verte se ponía sobre los dos pies, se estiraba imitando tu gesto y señalaba en la muñeca izquierda un reloj que no había llevado nunca.  ¡ Joder, máquina, ni un puto día puntual! Y los dos os reíais porque aún quedaban cinco para en punto.

Os poníais al día mientras ibais calentando piernas y cuando dejaba de asistiros el aliento, cada uno a lo suyo, a pensar en sus cosas, mientras cruzabas los dedos para que él no pensase en nada.

Algunos martes le mirabas de reojo y todavía podías ver asomarse el sábado. Los pájaros negros que nunca migraron, el dolor crónico de quien sabe que a veces es peor que alguien te robe el pasado que el futuro. Esos días bajabas el ritmo o fingías un dolor en la rodilla, procurando no mirarle, hasta poneros a la par. Luego le picabas en el esprint final y él chasqueaba la lengua y te miraba con aquella cara de no tienes ni puta idea, hacía el amago y luego te dejaba solo. “¡ A mí se me da bien salir en falso, máquina!”, gritaba.

Un día os sentasteis en la terraza del Vida Alegre, sudando en un invierno en el que no hizo frío.  “Si el fútbol de verdad se acabó cuando entró el primer secador de pelo a un vestuario, no habría un puto runner sin las cervezas de después”, y se rió. Igual que cuando era un niño, con los mismos ojos, casi cerrados, y aquella mirada de sirena en piscina.

“¿Estás mejor?”-le dijiste. Él te miró a los ojos, dijo sí y cambió de tema. Tú supiste que mentía, pero por una vez no dijiste nada. A pesar de las risas, los pinchos y las tardes corriendo juntos por el paseo, planeando cenas y pachangas. A pesar de todos tus intentos por salvarlo, por hacerle ver que hay callejones que solo sirven para enseñarte el camino de regreso supiste que girar o quedarse es una decisión tan personal como valiente. Que lo realmente imprescindible no son los pasados que no vuelven, ni los futuros que nunca están. Que lo realmente imprescindible es otra cosa. Y que la gente, la gente se salva sola.

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