Sal y disfruta.

Sal y disfruta

Fue en Wembley, el 20 de mayo de 1992. El Barça jugaba la final de la Copa de Europa, él miró al vestuario y les vio nerviosos, sobrepasados por la cita. No era un partido cualquiera, era una final. La que luego sería su primera Copa de Europa, pero eso nadie lo sabe ni tampoco debería saberlo antes del final de cualquier partido.

Supongo que si Luis Aragonés hubiese estado en aquel vestuario ese día, hubiese dado una de esas charlas motivacionales míticas con toda la vehemencia y la pasión que le caracterizaban. Cruyff, en cambio, los miró. Algunos hacían ese tintineo nervioso con las piernas. Adivinó la ausencia de fe, vio la responsabilidad y el miedo al fracaso y decidió que aquel partido no sería diferente al de un campo de tierra cualquiera, así que se ahorró el discurso y solo les dijo: “Salid y disfrutad”.

Así, sin más. Tres palabras para mostrar toda la confianza en el de enfrente, tres palabras para cargarse el protocolo de los grandes estadios, los grandes encuentros  y el gran fútbol profesional. Tres, solo tres palabras para restar importancia a eso que paraliza y salir a vivir.

No es que a Cruyff no le importarse el resultado, no era un necio al que le gustase perder, pero su prioridad no era ganar. No lo era a costa de cualquier cosa, tampoco en una final histórica como aquella. Cruyff vivía bajo sus normas, fiel a lo que creía sin importarle si esto o aquello le llevaría a conseguir esto o lo otro porque creía que esa era la única forma de hacer las cosas. Hacerlas bien. Esa mezcla de seguridad, fe y sensata inconsciencia le hacía mantenerse fiel a sus certezas fuese cual fuese el resultado.

Echo de menos que la vida se parezca más a ese fútbol, al espíritu de los campos de tierra donde uno juega todos los partidos como una final, mirando los pliegues del contrario con esa pizca de insensatez y la ausencia de miedo al ridículo. Salir a disfrutar, porque esa es la única manera de hacer disfrutar a la afición.  Echo de menos esas tarjetas rojas que expulsan un par de partidos pero te vuelven a meter en el campo, las amarillas que te avisan de que estás a un paso de cagarla pero que puedes arreglarlo sino entras al juego sucio, si piensas bien hacia donde quieres ir. Echo de menos los goles por la escuadra que hacen olvidar el penalti con el que hiciste perder a tu equipo. En la vida, cuando Cruyff entra al vestuario y te dice: “Sal y disfruta”, es probable que el resultado no sea tan glorioso como el de aquella final.

Aquel 20 de mayo, el Barça salió al campo y aquel partido no duró 90 minutos si no 120, con prórroga incluida. Koeman marcó en el minuto 111, cuando ya todo el mundo esperaba los penaltis, y ganaron.

La vida tiene poca de esa épica de final de copa. Está llena de gente maja, de belleza y cosas maravillosas pero todo tiene el mismo color apagado, incendios de los que no quedan ni las brasas, muchos truenos pero pocos relámpagos. Solo la iluminan unos cuantos Bielsa, Guardiola o Cruyff, gente dispuesta a hacerte creer que el fútbol,igual que la vida, es otra cosa.

Que la vida también tiene prórrogas y minutos de descuento. Momentos en los que te ofrece un tiempo extra para poder marcar el gol de tu vida o creer que puedes remontar un 3-0 en apenas tres minutos. Momentos en los que solo se vive de ilusión y hay que salir al campo con las piernas temblorosas, sí, pero sin pensar en el resultado. Con la certeza de que solo hay una manera de vivir y que esa quieres que sea la tuya. Jugarle a la vida como lo haría Messi, como un perro. Sin entender las reglas, sin fingir zancadilla cuando ves venir un Citroën.

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