Campos de tierra

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Esta semana leí en EL MUNDO un artículo sobre cómo Unicef ensaya, en Sudán del Sur, un programa de fútbol que, además de tratar de trasladar los odios y rivalidades del país solo a los terrenos de juego, les permite hacer un censo de niños escolarizados, de manera que se mitigue así el tráfico de menores, común en el país desde que surgió el conflicto armado.

El día de la final del torneo, todo lo poco que tenían los chicos se lo gastaron en peluqueros. Hasta seis saltaron al campo del Centro de Protección de Civiles descalzos, con las sandalias de plástico en la mano para no perderlas  y con las equipaciones hechas trizas, pero peinados como Balotelli.

¡Ya ves!, tienes los pies curtidos de correr descalzo en campos de tierra, ni siquiera las camisetas de uno y otro equipo se diferencian por el color. Podrías gastarte lo poco que tienes en cualquiera de las mil cosas que necesitas, pero lo que realmente te hace feliz  es parecerte un poquito más a Balotelli ese día.

«Los sentimientos vienen a ser emociones metabolizadas, fenómenos ajenos a la razón», leí un día a Enric González en una entrevista. Y qué miedo dan unos y las otras. Nadie nos entrena a mirarlas de frente, sin miedo.

Es una lástima que no haya una organización que planifique torneos de verano donde alguien te enseñe, que las emociones que más duelen son tan necesarias como las que te hacen sentir bien, pero son más difíciles de metabolizar. Así que, nos pasamos la mitad de la vida intentando en vano que no duelan, en vez de preocuparnos de que no hagan con nosotros lo mismo que el otoño hace a los cerezos.

Antes de cada final, el presidente te convencería de que los sentimientos son reales, sencillos, que esto no es el cine. En la vida real no existe la magia, por mucho que te guste Amelie, y las mariposas hace tiempo que salieron del estómago para que al soplarte en la nuca, te agarres fuerte a su cintura antes de que las rodillas dejen de sostenerte.

En  el salón de actos, los martes a las siete frente a una pizarra, la organización te explicaría que en el amor la única táctica es decirse la verdad. Que si no es fácil, si no le confiarías tus secretos o las decisiones importantes, si no dejarías que jugase por ti una final, entonces no es. Será otra cosa, alguien que quizás te acompañe el resto de tus días, otro amor que no es Amor.

Dice  J. R. Moehringer en El bar de las grandes esperanzas que: «aunque nos sentimos atraídos por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge».

Te define lo que te acoge. 

Te define lo que te acoge. 

Estuve dándole vueltas durante días, como un mantra. Lo que decide acogerte y lo que libremente, tú decides que te acoja.

Te define lo que te acoge. 

Tu equipo de fútbol, tu familia, el bar donde sumas cervezas. Tu grupo de amigos, los brazos que te abrazan sin pedir, la voz que eliges para despertarte por las mañanas. La casa en la que vives y  en la que quieres vivir, ese lugar al que siempre vuelves. Los días llenos de tus dudas y certezas. Eso eres tú. Tu actitud, tu manera de sentir, tus emociones y sentimientos dispuestos en todo eso que te acoge y lo que libremente has decidido que lo haga.

Hace unos años me senté con mi padre. Había tomado una decisión, aquello era importante para mí, pero solo para mí. Sabía que él no lo entendería. Me equivoqué. Lloraba y hablaba a la vez, muy nerviosa. Me abrazó preocupado ,mientras yo no conseguía dejar de temblar. No entendía nada de lo que me pasaba, no entendía el miedo, ni la angustia. Necesitaba irme, iba a hacerlo pero necesitaba irme sabiendo que él me apoyaba. Acababa de empezar la crisis, yo tenía un trabajo estable en el que me había esforzado mucho los últimos cinco años e iba a jugármelo todo a una carta. Me sentía saltando al vacío, por primera vez en mi vida. Se sentó frente a mí, muy cerca.  Después de hacerme algunas preguntas ,supongo que para tratar de entender,  me dijo: «Algún día vas a aprender lo que significa vivir según tus normas, ser fiel a lo que crees y a lo que esperas de la vida. Lo entenderás el día que sepas que puedes ganar o perder y que eso no importa demasiado. Porque vivir así supone aprender que, sea lo que sea lo que pase sabrás usarlo para que juegue a tu favor.  Que esa manera de vivir y de sentir, es ya la única manera que tienes de hacerlo. Tu manera,  y que eso ya eres más tú que cualquier otra cosa».

Mirarte los pies descalzos en los campos de tierra, la camiseta sucia hecha jirones  y que no te importe nada más que salir al campo con la cresta de Balotelli.

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4 comentarios en “Campos de tierra

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