Salidas de emergencia

Pina

Fotograma del documental Pina, de Wim Wenders

Todos los sábados, antes de salir de casa, se repetía la misma ristra de advertencias: « No vengas muy tarde. No bebas. No vuelvas sola. Cuando entréis a un sitio, busca siempre la salida de emergencia ». Así un sábado y otro más. El lunes de Carnaval, un fin de año o el día que España ganó la final del Mundial.

Salía por la puerta, quedaba con las niñas y me pedía una cerveza. Nos encontrábamos con la pandilla, charlábamos, saludábamos a este y aquel, nos pedíamos una copa. Una noche más, un día cualquiera, las siete de la mañana, y de repente mirabas a tu alrededor y te descubrías buscando, entre la masa de cuerpos, el indicador verde con ese hombrecillo corriendo hacia la luz de una puerta entreabierta.

Ahí estaba la alerta. La semilla, sembrada antes de cruzar la puerta de casa, crecía a las cuatro de la mañana en un pub cualquiera. Sí, era un miedo tímido, delicado, casi imperceptible. Un miedo que no te sacaba del bar, que te permitía seguir bailando y pidiendo otra ronda, mientras se camuflaba entre el gentío. Era evitable, como el miedo que sentía cuando era pequeña, al cruzar el pasillo de casa de la abuela. Aparecía cuando tenía que recorrerlo entero para ir al baño. Aquella luz al principio del largo pasillo, y mis primos siempre dispuestos a apagarla para que tuviese que cruzarlo a oscuras entre ruidos que llegaban de todas partes. Yo seguía caminando, más rápido, consciente de que los sonidos venían de aquellos cabrones poniendo la boca en U. Todo se resolvía corriendo,  encendiendo la luz. Bailando cerca de la salida de emergencia.

Ahora que guardo miedos inevitables en las estanterías, entre las sábanas. Ahora que los descubro nuevos, gastados , un domingo entre los cojines del sofá, en una frase del otro, en un gesto que, en un instante, convierte el peor escenario imaginable en futurible. Ahora que puedo sentir el miedo a volar sin subirme a un avión, que siento nítido el vértigo con los pies en tierra firme, ahora que he aprendido a vivir con el miedo a equivocarme aunque sepa que cada paso en falso, cada error, es parte del baile. A pesar de ser consciente de que quien siempre gana nada sabe de la vida, y de estar siempre dispuesta a aprenderlo todo.

Benjamin Prado

Texto de Benjamín Prado

Ahora que los miedos se presentan valientes, a plena luz. Ahora que tienen nombre, y que a veces soy capaz de desvestirme en la tormenta y dejar que la lluvia me cale los huesos sin poder evitar despreciar el frío, ahora es cuando echo de menos una de aquellas salidas de emergencia. Bailarle a la vida muy cerca, y verla ahí detrás. Sentir que quizás ese sea el fin de un mundo, y que un mundo parece estar cada vez más lejos. Poner la luna en las copas, sí, desnudarme en la tormenta, pero mirar y verla ahí. No perderarla de vista por si la cosa se pone fea. Cruzar la puerta volando, sin jirones en el vestido.

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2 comentarios en “Salidas de emergencia

  1. Escribes tan bonito! Enhorabuena, y continúa viviendo así, contando historias de verdad a pesar de todos los miedos, porque tú también nos das luz en nuestros pasillos. Un bico

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  2. El miedo a vivir supongo que es peor que el miedo a morir.
    Salidas de emergencias… Siempre hay. Pero si no las quisiste utilizar entonces, tampoco lo quieres hacer ahora. Ese puto instinto de supervivencia que nos indica que arriesgarse es una opción tan mala como las salidas de emergencias. Vamos que las salidas de emergencia nunca supusieron el desenlace perfecto, ni la seguridad de estar en casa, del tiempo muerto. Huir duele tanto como esperar o no…
    Y señorita (y también me lo digo a mi) bienvenidas a la vida.
    Como marco tranquilizador, decir que he descubierto que cuando no te comes demasiado la cabeza, cuando lo disfrutas… Inexplicablemente todo se posiciona en su lugar correcto. Espiral positiva.
    NOTA: reflexión de una ignorante, a la que le encantas como escribes.

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