El rayo verde

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“Cuando somos jóvenes lamentamos no tener una mujer, cuando nos hacemos mayores lamentamos no tener a la mujer”, Cesare Pavese.

Lo confieso, por si a estas alturas alguien no se había dado cuenta, soy una cursi. Hago fotos a las parejas mayores que pasean agarradas de la mano. Los veo frente a mí, y soy capaz de imaginarme su vida y la mía no vivida. Miro sus caras, la expresión tranquila de quien maneja los silencios con gusto al lado de alguien, el gesto encorvado del tiempo pesando justo ahí, el pelo cano. El paso acompasado de dos que no tienen prisa en quererse, que no temen caminar lento.

Charlan mientras señalan esto o aquello. Caminan despacio con sus bolsas de la compra en una mano y en la otra, la mano del otro. Cuando se paran a mirar el cartel de una agencia de viajes o las ofertas de la droguería del barrio, a veces, uno acaricia la palma del otro con el pulgar. Despacio, sin perder de vista la cristalera. Es el gesto sereno, de dos que se cuidan.

La ternura es ya como el rayo verde, así que a veces me resulta imposible pensarlos sin imaginarlos turistas. Quizás esa nacionalidad temporal que dan los viajes con fecha de vuelta, el relajo de horarios, las terrazas de cañas fresquitas, todo puesto a macerar es lo que genera esa luz,  y ya de vuelta a casa, la rutina les separa las manos y les devuelve mortales, despiadados con el otro, cínicos.

Este verano he pensado mucho en el amor. No más que otros veranos, ni tampoco más que en otoño. Pienso mucho siempre. Leo, pienso y hablo mucho. Escucho, eso también lo hago mucho. Cuando hablamos de amor nos enseñamos utópicos o prácticos, emocionales o racionales, pasionales o fríos, indómitos o conformistas. Hablamos de amor y enseñamos la lealtad, el compromiso, la honestidad o toda la ruindad camuflada en los buenos modos. Conjugamos en plural o singular, nos enseñamos egoístas o generosos, tiernos o duros, sinceros o cínicos. Hablamos del amor que tenemos o del que esperamos, de lo que esperamos que nos den o de lo que estamos dispuestos a dar. Uno habla de amor y enseña su manera de ver el mundo, se agarra de la mano o pasea a la par sin rozarse. La gente habla y nos dice cómo es, pero nos empeñamos en que sea como nos gustaría que fuese. Nos empeñamos en no escuchar.

Se enseña Darin cuando el tipo le pide que le cuente el secreto. Se enseña, como lo hace en esa entrevista que corre por las redes, cuando habla sobre por qué no ha trabajado en Hollywood. Se enseña cuando habla de la paternidad como resultado de su relación, y se enseñan también los que hacen cualquier cosa por sus hijos, hasta casarse con alguien que no admiran.

Uno es como quiere, quiere así como es.

Además de pensar mucho en el amor, este verano me he mudado de piso. Llevaba tiempo buscando, porque no estaba mal y no tenía prisa. Tenía un casero estupendo que me solucionaba los problemas de manera más que ágil. El barrio me gustaba y el alquiler era muy razonable. Aunque conseguí estar cómoda y desear cerrar la puerta por dentro, a esa hora en que los lunes dejan de doler, hacía tiempo que había dejado de ser mi sitio.

Entregué las llaves y abrí la puerta de una casa vacía, colchón al suelo y todo por hacer. Me acordé de Darin, de su manera de mirar, de lo que entiende por amor, y pensé que hay alguna gente que es casa.  Un sitio en el que podrías quedarte a vivir el resto de tu vida, un mundo entero. Gente que quiere al otro ,como Totti quiere a la Roma. Gente que te recibe con todas las estancias abiertas, sin ángulos ciegos, que te aplaude desnudo. Sobre la que podrás caminar descalzo, sin miedo a resfriarte. Gente que pasea agarrada de la mano, sin ser turista.

Me senté en el suelo, rodeada de cajas, y pensé en lo mucho que echo de menos a gente que no conozco y lo mucho que me empeño en encontrarla, en lo difícil que es encontrar un lugar al que llamar casa. Pensé en el rayo verde. En lo complicado que es verlo hasta en días completamente despejados, en el montón de gente ahí fuera dispuesta a convencerte de que es solo una ilusión óptica.

Pero yo lo he visto. Te juro que existe y es precioso. Solo hay que saber mirar, no rendirse. Aunque el cielo se vuelva a nublar. Esperar,  aunque esperar no te guste nada.

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11 comentarios en “El rayo verde

  1. Puede que nos equivoquemos con frecuencia con respecto a ese rayo verde. Que no se trate tanto de buscarlo en el horizonte como de crearlo dentro de nosotros. Es posible que sólo seamos capaces de verlo cuando se refleja de dentro hacia fuera, cuando alcanzamos la serenidad necesaria, cuando hemos aprendido a amarnos a pesar de todos nuestros errores, de los fracasos, la derrota y la pérdida. Entonces quizás podamos descubrir fuera de nosotros lo que ya atesoramos. Cuando ya no esperamos nada, porque no lo precisamos. Ese recuerdo mantengo de la novela de Verne que leí en mi juventud, pero puede que la memoria me traicione y el rayo verde, en realidad, no sea más que una fantasía adolescente.

    Un abrazo 😉

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    • Quizá las ganas de verlo nos hace confundirlo, pero estoy segura de que existe así que voy a esperar a verlo. Un día, mi padre me dijo: «Algún día vas a aprender lo que significa vivir según tus normas, ser fiel a lo que crees y a lo que esperas de la vida. Lo entenderás el día que sepas que puedes ganar o perder y que eso no importa demasiado. Porque vivir así supone aprender que, sea lo que sea lo que pase sabrás usarlo para que juegue a tu favor. Que esa manera de vivir y de sentir, es ya la única manera que tienes de hacerlo. Tu manera, y que eso ya eres más tú que cualquier otra cosa». Pues esta soy yo hoy.

      Gracias por leer! Me hacen mucha ilusión estas notas en la barra. Abrazo!

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  2. Gracias, gracias y mil gracias por volver a reunirte con todos nosotros… sigue creyendo en ti, para que siempre tengamos a alguien que nos recuerde que hacemos lo correcto al creer que esta manera de vivir la vida, aunque perdamos tantas veces, es la que hace que todo valga la pena.
    un beso… y ya van muchos 🙂

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    • Cada uno vive en función de lo que cree, yo creo en esto. Sin más. No quiero decir que sea lo correcto, lo es para mí y es tan yo que no puedo elegir ser otra cosa. Biquiños y gracias por leer, Pablo !

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