Cumplir las normas

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Uno de los recuerdos que guardo intactos de cuando era pequeña, es la muerte de mi abuelo. Se murió diez días antes de que naciese mi hermano. Yo tenía siete años.

Recuerdo llegar a casa después de que pasase todo, después de que lo hubiesen enterrado. Es la única vez que he visto llorar a mi padre. Recuerdo las sillas dispuestas contra la pared, haciendo un círculo en el salón. Recuerdo ser una niña y no encender la tele, no porque alguien dijese que no podía hacerlo sino porque sentía que el silencio era demasiado serio como para romperlo. Recuerdo que esa tarde la abuela me explicó cómo se formaban las estrellas. En la cocina de su casa, mientras me hacía un bocadillo de Nocilla como si fuese un día de fiesta, me explicó lo importante que era para los barcos que el cielo no se apagase.  Me dijo que ahora el abuelo era una estrella, que había tenido que irse rápido para que un barco pudiese llegar a puerto, y que  si lo echaba de menos no tenía más que decírselo y las dos esperaríamos a que se hiciese de noche para ver la primera que iluminase el cielo. No me dijo que ella también sería un día estrella y que yo suspendería Astronomía en la facultad.

La abuela no se vistió de luto, porque la abuela siempre vestía de negro desde que se había muerto su marido hacía más de veinte años. Aquello era ley para ella, aunque ya nada la obligaba a hacerlo. Hubo un momento en que sí fue así, pero ya era 1985 y la abuela seguía cumpliendo las normas. Durante años, no guardar luto era exponerse a juicios y marginación en su entorno. Ninguna mujer se planteaba no hacerlo, el luto no fue una decisión que la abuela pudiese tomar libremente. No lo fue en los sesenta, cuando murió el abuelo, en aquel pueblo de aquel país que ya no es este, para una mujer como ella. No lo fue tampoco en los noventa, cuando se casó mi primo Quique y hubo que convencerla de que una blusa jaspeada en grises no le hacía daño al abuelo, ni a ella. Que nadie la miraría distinto, ni pondría en juicio el dolor, ni el respeto. El mundo había cambiado, pero ella seguía cumpliendo las normas.

En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta de que hemos tapiado con ladrillo, puertas y ventanas. Podéis empezar a hacernos el ajuar”, dice Bernarda Alba. Cuando una de sus hijas le replica que ella no se va a casar y que prefiere cargar sacos al molino antes de estar encerrada, Bernarda le contesta: “Eso es lo que tiene ser mujer”.

La casa de Bernarda Alba es una reflejo  de la mujer española de hace un siglo, cuando la preocupación social y cultural se centraba en el cuerpo de ellas. Donde lo normal era ocultar sus deseos naturales y el cuerpo, del apetito de los hombres y de las habladurías de los demás. Y el luto como excusa, porque siempre hay una excusa para hacer de la mujer lo que otros quieren. Hoy parece una historia de un mundo que nada tiene que ver con este, ciencia ficción, pero es la España de principios del siglo XX.  La de los padres de tus abuelos. Una parte de una sociedad cerrada, inculta y beata que es la antesala del hoy.

Esa era aquella España, y la norma se fue diluyendo hasta ser lo que fue para una mujer como mi abuela que siendo libre, no lo era. Decidir no llevar luto le hubiese supuesto ser juzgada y marginada por una sociedad que vivía en blanco y negro. No era así para todas las mujeres, tampoco lo es ahora para todas las mujeres musulmanas. Aunque no estoy segura cuántas de las que visten así podrían elegir no hacerlo sin ser juzgadas, marginadas o perseguidas.

Hace unas semanas las autoridades de varias ciudades francesas prohibieron a las mujeres musulmanas bañarse en burkini. No lo hicieron en las piscinas donde las normas detallan claramente cuál es la indumentaria con la que accedes a la zona de baño, lo hicieron en un lugar donde no hay ninguna norma escrita que regule la indumentaria salvo la que regula el nudismo. Lo hicieron porque son musulmanas y porque el ISIS ha amenazado al país, porque ha matado un montón de gente mentando a su dios. No lo digo yo, lo dice el tribunal de Niza diciendo que: “la prohibición era necesaria, proporcional y apropiada para impedir desórdenes públicos después de los atentados yihadistas ocurridos en Francia. El burkini puede ofender las convicciones religiosas o no religiosas de otros usuarios de la playa y  ser interpretada como un desafío o provocación que puede exacerbar las tensiones en la comunidad”. No es una decisión sólo sexista. Es una decisión racista, que así reconoce en mi opinión, el tribunal.

Y yo pienso en la abuela cuando veo a esa mujer en una playa quitándose la túnica ante cuatro policías, mientras la gente la increpa gritándole: ” Vete a tu casa”. Pienso en ella porque los medios se han empeñado en ser abanderados de la libertad de las mujeres musulmanas, en vez de poner la pluma en el racismo de una medida, tomada con la única base del miedo, para estigmatizar a la población musulmana por si no lo estuviese ya bastante.

Así que pienso en mi abuela y su luto no libre. Y pienso en qué hubiese pasado si alguien la hubiese obligado a vestir de colores quitándole la bata negra con la que me llevaba a clases de natación. Pienso en la abuela, que sabía que llegaba tarde a la vida pero que quería que yo llegase a tiempo. Pienso que yo no me pinto los labios de rojo cuando voy a un tanatorio, que lo hago libremente porque para mí no significa nada y no sé si ese que vive el duelo, puede sentirse ofendido. Porque para mí no significa nada pintarme los labios de rojo, pero no guardaría luto porque sé lo que significaba para la abuela.

Veo a esas mujeres en burkini en la playa y me acuerdo de aquello que decía Bernarda Alba en aquella España de principios del siglo XX : ” Las mujeres en la Iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante. Volver la cabeza no es más que buscar el calor de la pana”. Y pienso que, uno no es tolerante con lo que le gusta sino con lo que le repele.

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