Abrazos

el-mundo

Los largos, para despedirse. Los que te acarician la espalda después del llanto o te abrigan durante. Esos que te rodean el cuerpo con una mano, y ponen la otra sobre tu cabeza. Los apretaditos que no dejan hueco para esconder las ganas.

Están los abrazos de los que aún están y los de los que, aún estando, ya no están. Los de esos que han pasado a ser las amistades desaparecidas, que escribe Javier Marías, y que quizás el tiempo se encargue de poner en otro lugar.

Están los que das por última vez, aunque tú no lo sepas, y que ya no recuerdas porque uno no da valor a los brazos que aun tiene. La morriña viene después, cuando sólo puedes imaginarlos. 

Los padres diestros,  levantan el brazo derecho por encima de tu hombro izquierdo y con el otro te rodean la espalda. Al mío, que además de ser muy de abrazar es muy abrazable, le gusta hacerlo por sorpresa, pero también dejarse ver. Camina hacia mi encogiéndose raro y hace ruidos extraños con la boca para que me vaya acercando a la llamada, mientras extiende el brazo derecho sobre mi hombro en un gesto rápido para besar mejilla y decirme algo al oído que no siempre llego a entender, pero que siempre lleva las palabras: querer, familia y cuatro. Un día comenzó a abrazarme a la altura de la cintura, a echar sobre mi hombro sólo el brazo izquierdo, con menos fuerza, y tuve miedo de que de repente perdiese las ganas de abrazarme porque  solo hay una cosa peor que abrazar a alguien con ganas y que te abrace flojo o esquivo: el café con leche frío. No ese que pides frío o con hielo, sino el que has pedido muy caliente y al rato descubres helado. Así que tuve que estar atenta para reconocer las mismas ganas en el mismo protocolo, e intuir una de esas bengalas en mitad de la noche para avisar a la costa de que algo no va bien en mar abierto.

Los novios que no son cariñosos sólo contigo, abrazan por la espalda en el sofá un miércoles cualquiera. Las novias que no son cariñosas sólo con ellos, hacen de cojín un jueves mientras echan sus piernas pequeñas alrededor de su cintura y le abrazan con las manos heladas, frías sólo por fuera.

La gente que abraza y la que no. Los abrazos que se dan y los que no se dan, como esos entre dos hombres sin que medie euforia o tragedia. Porque  cuando un hombre busca ternura, no busca el abrazo de otro hombre. Alguien les ha convencido para no permitírselo. No sé qué día, uno deja de abrazar al hermano o al padre al encontrárselo por el pasillo, al amigo después de la pachanga, recién duchado, dejan de hacer lo que con naturalidad hacían cuando niños. No sé cómo les convencen de que no lo necesitan, no sé quién les esconde las ganas en un bolsillo de un abrigo viejo que guardan lejos.

Se hace un poco más infierno el mundo con aquel que por fobia a la piel, al desastre o a la intimidad  aparece frente a otro como imán que apunta al polo del mismo signo, con ese que puede hacerte sentir el calambre si rompes el perímetro de seguridad. Ese que no se pone delante de un cuerpo para protegerlo con el suyo, quien no da calor a quien lo pide a gritos.

Se convierte en un infierno el mundo si dejamos los abrazos a la poesía, al papel, y escatimamos el contacto como si  abrazar fuese ese gol que metes con la mano en el momento decisivo.

El Titanic se hunde y nosotros cazamos Pokemon  en cubierta, mientras racionamos abrazos hasta que media la euforia o la tragedia. Brazos que te devuelven a un lugar al que creíste que no ibas a poder volver, que te sacan de un lugar oscuro con la mirada perdida, entre el polvo de la que fue tu casa o los brazos de una hermana que fue y será.

Abrazos que salvan vidas como el de Miguel, un miembro de Salvamento Marítimo de Tarifa, que rescató del mar a un bebé de cuatro meses y a su madre hace una semana. Ella, sin fuerzas después de una travesía en uno de esos barcos de juguete que destrozan vidas mientras dejan a la deriva cuerpos, mi vergüenza y la tuya, no podía sostener a la pequeña. Miguel cogió al bebé con signos de hipotermia, más lejos de lo que a nadie le gustaría verlo tan de cerca, y lo abrazó contra su pecho durante horas para darle calor.  Era humano hacerlo, saber que ese abrazo podía salvar un mundo. No había euforia, pero sobraba tragedia.

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10 comentarios en “Abrazos

  1. Precioso, eres pura sensibilidad…
    Los besos son especiales, pero los abrazos transmiten amor por todos los poros del cuerpo.
    Me gustan los abrazos y me gusta lo que has escrito
    hoy besiño con abrazo 🙂

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    • Ay Pabliño! Los besos son maravillosos pero los abrazos son calor cuando sientes mucho frío y yo soy fan de tener el cuerpo caliente siempre! 😉 mil Besiños y un abrazo de esos fuertes fuertes!

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  2. Me acuerdo de cada uno de ellos. Los con ganas, los sin ganas, los amigables, los pasionales, los de despedida y los de reencuentro. Y pienso en los que daré pero sobre todo, en los que voy a dar hoy.

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  3. Haciendome pensar como siempre despues de leerte. Yo aprendi a abrazar para engañar. Si, se que esta feo. Luego he querido abrazar de verdad y no me dejaron. Yo me me vuelvo a lo mio, los demas por favor no.

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  4. Que bueno lo de los abrazos que se dan sin saber que son los últimos y que luego se echan tanto de menos… esos duelen con efecto retroactivo. Como me gusta todo lo que escribes!!!! Gracias por compartirlo!

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