Los alfileres de la felicidad

alfileres

«¿Así? Qué te parece. Te quito este trozo y te dejo tres centímetros de bajo por si las moscas». Pone un alfiler aquí, otro allí y me gira para que me mire en un espejo grande. El taller está en el salón de su casa y desde la cocina llega el olor a aceite friendo ajo. Quizás esté friendo conejo para luego guisarlo con patatas, zanahoria y champiñones. Todo así muy menudito para que la zanahoria casi no se aprecie. Casiodio la zanahoria.

Pone dos alfileres en una de las mangas.  Se lastima y se calza un dedal con una destreza envidiable. Espera un momento que voy a darle una vuelta a la carne. Sale rápida agarrándose el delantal y vuelve al rato para ponerme de cara al espejo mientras ojea desde aquí, estirando la tela.  Hoy viene su hijo y su nuera a comer. Hay masa de hojaldre que aún no se puede oler porque está reposando para que la tarta de manzana y menta esté fresquiña  para cando cheguen. Le doy mi receta de paté de mejillón y erizos. “El sábado me levanto temprano, y antes de ir a la peluquería  voy a la plaza. Tengo una pescadera de confianza  que te es un amoriño y te tiene  un género de primera. ¡Ay, a mi nuera le va a encantar! Con lo que le gustan a ella los purés franceses esos. Qué sorpresa le voy a dar“.

Sale de la habitación deprisa. Desde la cocina me grita que me vaya quitando el vestido, con cuidado de non mancarme con los alfileres. Vuelve con las manos mojadas de grifo, pero con el olor a ajo y aceite en los dedos. Olor a familia y a domingo. Generosidad, ternura y cariño.

“Ay mimadriña, qué tarde é. Aún no te hice ni las camas. Tengo una lavadora por tender y quiero bajar a por el pan y un mencia rico. Eu non sei en qué se me vai a min o tempo, neniña“. Me mandará whatsapp porque tiene que entregar un traje chaqueta y sólo lo tiene cortado. Se ahoga en un vaso de agua, así que no la creo. Pasamos por delante de la cocina. Es pollo.

Al salir a la calle siento el frío. ¡Sigo sin medias! Es una de las cosas a las que me resisto con firmeza y que son invierno. El año pasado conseguí llevar el asunto hasta noviembre. A ver este año.

Me gusta el invierno. El invierno, es mi padre mirando por la ventana de la cocina, mientras se frota las manos. “Xa está chovendo en Queixa”. Me gusta el invierno, aunque se me ocurren pocas cosas buenas que pueda traer el frío. El calor guarda las medias y pone escotes en la espalda.  Los hombres pasan menos por la peluquería y la barba crece sin miedo mientras las camisetas campan a sus anchas. El frío trae lampiños en manadas caminando en traje a la oficina. El calor es camiseta de algodón blanco de cuello estirado, pelo alborotado, barba y piel suave al sol. El sexo es calor. Calor vs Calor. Calor entonces.

Me cubro la espalda con un chal de lana escocesa. Qué frío hacía en Edimburgo, calcetín y medias en octubre. Voy a hacer la compra, pero antes me paso por Berbiriana a comprar un  libro. Cuál. No sé. A ver qué me recomienda Cris.

Las gafas de bucear, que no se te olvide comprarlas, que luego llegas a clase y tienes que pedírselas al monitor.

Miro el móvil. Quedada de vermú y callos, un cine por la noche y las entradas para el concierto de final de mes. Renuncio a los callos.  Hoy voy a hacer falafel por primera vez y tengo los garbanzos pidiendo ser salvados desde ayer.

Levadura en polvo, 1906 y algo de pescado para hacer al horno. Laurel.

Cris no está hoy. Está Alejandra. Hablamos de lo que está leyendo, de lo que he leído yo y de lo que tengo entre manos. Me cuenta a trazos un poco de su historia, que es la de la librería. Me da mucha envidia.  Ella apunta libros. Yo también. Me llevo a Sylvia Plath y dejo pendientes para el mes que viene, un par.

En mi barrio la floristería ya está cerrada. La kentia tendrá que sobrevivir sola un fin de semana más. Miro el móvil. Casi las tres. Carmen ya estará ultimando la tarta de manzana y menta.

Por la tarde me pongo a escribir y termino Patria  antes de quedar. No, mejor mañana por la mañana. En la cama y después de desayunar.

Llego a casa. Piernas heladas pero espalda calentita. Enciendo el horno mientras pongo los garbanzos en la picadora. Un par de toques. Miro. Un toque más. Me vengo arriba. Voy a hacer salsa zatziki.

¡Mierda, no he comprado las gafas! El lunes. El lunes sin falta.

Carmen tendrá ya el pollo listo y la tarta fresquiña, mientras ya piensa en el paté de erizos y mejillones. Alfiler aquí, alfiler allá.  Empieza a oler a casa mientras leo esto y aquello. Hay debate para escoger película. Pongo música y abro una 1906. Sonrío entre mis alfileres. ¡Qué importantes son las cosas pequeñas! Tus cosas. Esas que hacen que la felicidad no se te caiga.

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3 comentarios en “Los alfileres de la felicidad

  1. Esas pequeñas cosas resultan tan cotidianas que solemos olvidar lo excepcionales que resultan. En mi caso, ese paté, sin probarlo, me parece tan extraordinario que fantaseo con él desde que supe de su existencia.

    Continúa reivindicando las pequeñas cosas, porque sin ellas las grandes cosas resultarían imposibles.

    Un abrazo,

    Gabriel

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  2. Y cuantos alfileres de felicidad se ponen junto a los nuestros.
    Yo hoy reivindico un alfiler por esa gente que siempre nos hace sentir bien, y que sólo cuando faltan sentimos el inmenso vacío que nos dejan.
    Un beso galleguiña, tu también nos pones alfileres!

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