Pellizcos

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Es justo ahí, donde se necesita para que te apriete la garganta y notes el nudo. No pide permiso, pasa y ya. En la oficina, en el coche o en la cocina de tu casa.

Suele ser cosa de la voz cantada o no, de una imagen trágica o tierna. La vista y el oído son los sentidos con los que uno aprende a emocionarse, luego llega el resto para erizar la piel.

Así que una lo siente ahí cuando escucha a Nuria Espert recitar a Lorca en la entrega del Princesa de Asturias, cuando escucha a Darin hablar del amor.

La piel, que no es más que de quien la eriza, lo siente al final de El Pensamiento Circular cuando Iván Ferreiro se arranca el corazón y lo guarda en una caja. Cuando lees que el número de teléfono de tus padres escrito en los pantalones, puede ser la única forma de que tu familia sepa que has llegado a Europa. Lo sientes una y otra vez cuando abres la prensa un día cualquiera, y se encuentra a Aylan o a los niños sin nombre que sobreviven o no en un lugar del mundo.

Lo sientes un lunes caminando con bolsas llenas de cosas innecesarias, rápido entre la gente, mirando el reloj porque vas fuera de horario  y aun tienes que ducharte y elegir qué cenas hoy, y todo caliente. El agua y la cena.

A tu lado suena un teléfono una y otra vez. Nadie lo coge. Miras alrededor, dos mujeres charlan dos pasos delante de ti de la última película que han visto en el cine, una chica camina contestando mensajes con los cascos puestos.  A tu lado, un hombre un poco mayor que tú o quizás no, quizás sólo sea todo lo que la vida le ha hecho más que a ti, descuelga el teléfono y solloza mientras le explica a su pareja que la asistenta social les ha denegado la ayuda porque no están empadronados. Repite una y otra vez que caliente agua  en el microondas y le cambie el pañal al bebé, que no sabe cómo va a hacer pero que a ver si consigue el dinero para comprar una bombona de butano. Que en su ciudad todo sería más fácil, pero que no sabe cómo hacerlo aquí. Que la quiere. ” Te quiero muchísimo, Laura”. Y se salta el semáforo en rojo, y tú también. Y te desvías del camino a casa, la casa caliente con la cena caliente.  Le miras a tu lado, te paras en un escaparate y le ves caminar delante de ti, con la respiración pesada y murmurando una pena que no puedes descifrar. Entonces se sienta en un portal, y tú pasas de largo y piensas que mejor irte, que el pellizco desaparecerá cuando gires la esquina, en la siguiente tienda de cosas innecesarias.

Y todo está bien, que diría Leila Guerriero. Tu familia está bien, el trabajo, los niños, la casa, el agua caliente. El amor y el dolor están bien, y el perro está bien, y todo está bien, pero descubres que tienes el corazón como un pedazo de carne atravesado por un anzuelo, la garganta llena de piedras, la vida pegajosa como lana húmeda.

Y vuelves. Te colocas frente a él, y se asusta. Intentas tranquilizarle y le explicas que  le has escuchado hablar por teléfono, qué necesita. Él te mira asustado y sólo acierta a decir: ¿Pero por qué? ¿Por qué? . Y tú no puedes hablar. Solo aciertas a tocarte el esternón y decirle, que lo has sentido ahí.

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Un comentario en “Pellizcos

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