Las manos de mi padre

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Es un día de invierno y voy agarrada de la mano de mi padre. Llueve y lleva unos botines de color marrón con cordones. Tiene los pies enormes y es altísimo porque tengo que levantar la mirada y echar hacia atrás la cabeza un montón para poder verle la cara, mientras me explica algo que no recuerdo. Mi padre mide 1’68. Yo tengo seis años.

No recuerdo adónde vamos. Es de noche pero no demasiado, así que quizás vayamos a recoger a mi madre a la tienda para luego subir la calle los tres juntos. Algo que mi padre y yo, luego también mi hermano, haremos en invierno un montón de veces hasta que mi madre se jubile. A mi padre, las vacaciones siempre se las ha dado el clima así que en invierno las jornadas laborales eran más cortas y hacíamos familia, que dice él. Creo que por eso siempre le ha gustado tanto el invierno. Las vacaciones que él no se permitía, se las traía diciembre. Lo más lejos que viajó mi padre antes de casarse fue a doscientos kilómetros de casa, el año que hizo la mili en A Coruña. Nunca fuimos de vacaciones juntos, hasta que yo empecé a trabajar. Siempre he creído que ese fue el momento en el que él comenzó a respirar más tranquilo. Ya había estudiado a un hijo, ya podía disfrutar un poco.

Las manos de mi padre todavía recuerdan encender un candil y recoger agua en una fuente un par de veces al día cuando los grifos eran uno de esos lujos escasos. Dar vueltas a los mandos de una radio para escuchar historias y pasar páginas del Capitán Trueno para vivir otras vidas. Es el pequeño de dos hermanos, el que se quedó en casa a cuidar de los abuelos mientras mi tío emigraba a Nueva York, a buscar un futuro para él y para todos. Cuidó la casa, a su familia, la tierra y todo eso hizo de él, su manera de estar en el mundo. Acompañó a su madre hasta que murió, poco después de que yo naciese,  y el abuelo se vino a casa hasta que se convirtió en una estrella, poco antes de nacer mi hermano. Mi padre siempre se ha dedicado a labrar la tierra y allanar la nuestra. Mis abuelos eran agricultores, mi padre también lo es. Aunque ya no trabaje el campo como antes o cuando ya no esté. Lo es y lo será.

Hoy se ha puesto Drakkar Noir y me ha peinado los rizos, el look caniche le debe mucho a mis padres. Me ha pasado la mano por la frente para retirarme el pelo y ponerme una horquilla que ya me cuelga. Las manos de mi padre son ásperas y gordechas. Tienen unas líneas oscuras, donde se esconden restos de tierra que él se afana en limpiar con un cepillo de uñas que recuerdo desde niña en la pileta del baño, junto a una pastilla de jabón. Por mucho que se empeñe, esas vetas sólo desaparecerán cuando yo ya no tenga que levantar tanto la cabeza para mirarle. Pero ese día de invierno, aún no lo sabemos. Al menos, yo no.

Todavía cuenta que el hospital más cercano estaba a cien kilómetros, y llegar suponía un periplo de más de un par de horas en coche. Mi padre estuvo allí este año. Llegó en ambulancia desde el hospital que ahora hay a quince minutos de casa, y en menos de una hora estaba en la cama de ese otro hospital, al que un día llegar era casi un capítulo de Al filo de lo imposible.

Mi padre pertenece a una generación que luchó contra sus privaciones y las superó. Hoy mi generación, nosotros, luchamos contra nuestros deseos, frustrándonos más con muchos menos motivos. Una generación que cree que la felicidad está en una vida sin problemas, en vez de ser felices valorando el afrontarlos. Las manos de mi padre, de todos esos hombres que se quedaron aquí trabajando la tierra y de todos los que se fueron para traer futuro, han hecho mucho más por este país, por el rural gallego, que todo lo que pueda decir el político de turno. Me acordé de esto en la investidura del presidente de la Xunta, cuando Rajoy sacaba pecho recordando que en 1981, gracias a Fraga, llegó el progreso, la electricidad, las autopistas a Galicia. Como si quien escucha no supiese que las cosas nunca empiezan donde parecen hacerlo, siempre vienen de otro lugar.

De mi padre he heredado el que me caiga bien la gente que sabe el valor de las cosas, pero que olvida rápido su precio. También la importancia de las palabras grandes: libertad, lealtad, amistad, honestidad, nobleza, humildad. Palabras a las que no llego siempre pero  que busco en los que han ido entrando en mi vida para formar mi red de seguridad, para que sean ellos los me aúpen a rozarlas con las puntas de los dedos, un martes cualquiera. Porque yo tengo los dedos largos y las manos suaves, gracias a las manos de mi padre.

Esta mañana, he leído que Inditex esquivó el pago de 585 millones en impuestos, gracias a la ingeniería fiscal. Todo legal. Amancio Ortega dona con regularidad, máquinas a la sanidad pública  y podría no hacerlo. Lo hace porque le sale más barata y más gratificante la caridad que la solidaridad. La caridad es eso que se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo, que decía Galeano.

Mi padre se hace mayor y tiene las manos blanquísimas. La tierra ya no se ve entre los pliegues, pero sigue ahí. Está en todas las oportunidades que ha creado para mí y para mi hermano, en lo que ha hecho por esta tierra. En las palabras grandes que nos ha enseñado y que intentamos rozar con los dedos un martes cualquiera. Cuando ha estado pachucho nos repetía una y otra vez gracias, gracias. Yo me enfadaba y le decía que gracias por qué. Por estar, me decía. No recuerdo si le dije, que sólo hacíamos lo que él nos había enseñado.

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6 comentarios en “Las manos de mi padre

  1. Precioso homenaje a tu padre…Ahora que el mío empieza a despedirse, me ha llegado muy hondo.
    Seguro que está tan orgulloso de ti como tú lo estás de él.
    Un besiño

    Le gusta a 1 persona

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