Las sillas musicales

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Fotografía de Tony Luciani

“Entonces, aprendimos a enfadarnos tanto con ese juego de las sillas musicales que prometía falsas expectativas como con nosotros mismos, que deberíamos haber visto que todas las verbenas se acaban, que todos los juegos tienen un fin y también una finalidad”–Rayos, Miqui Otero

Pedro era arquitecto hace siete años. Lo dice así, en pasado. Igual que cuando uno dice cuando era joven, para referirse a eso a lo que ya no puedes volver. Cuando todo estalló, él y su pareja vendieron la casa en la que vivían y se trasladaron a un piso de dos habitaciones, lejos del centro, donde los niños duermen en literas y ellos han hecho del salón, habitación y despacho para que Pedro diseñe webs mientras se ocupa de la casa. Su mujer, que también ha tenido que cambiar de trabajo, duerme en casa dos noches entre semana para que los niños sigan yendo al mismo colegio bilingüe que el hijo de ese otro arquitecto que todavía lo es. Agradecen su suerte muchas veces, sin saber muy bien a quién dirigir las gracias.

Elena ha tenido que volver a casa de sus padres. Tenía una inmobiliaria y la crisis le bajó la verja. Fue la crisis, dice como queriendo dejar claro que la culpa no fue suya. Al principio intentó aguantar la plantilla, pero llegó un momento en que tuvo que prescindir del novio de su mejor amiga y eso le costó que la relación con ella se enfriase. Luego la secretaria, más tarde la contable. Ya sola, ahogada por los gastos fijos y sin sueldo, cerró el local e intentó trabajar desde casa sin éxito. En esta ciudad todavía hay quien necesita sentarse al otro lado de una mesa para,  y ella ya no tenía mesa. Vació su piso. Vendió todo lo que pudo para hacer dinero y lo alquiló con lo justo para poder pagar la hipoteca. Volvió a casa de sus padres con más de treinta y toda la frustración que no se tiene a los veinte. No es eso lo que más le duele recordar. Llevaba años ahorrando para un tratamiento de inseminación. Ya no va a poder ser, se dice después de acumular trabajos temporales en los últimos cuatro años. Pero no se siente con derecho a quejarse. No se atreve a pensar que tener una casa en propiedad no es un derecho, pero ser madre sí debería serlo. Un derecho íntimo, el suyo.

“Despierta, despierta. Despierta prudente, que esto duele te arrasa, te mata, te irrita”

Olga cuida a dos niños. Estaba preparando oposiciones, su marido tenía un despacho de abogados y ella estudiaba para ser profesora. Cuando la música dejó de sonar, a Pepe empezaron a fallarle los clientes en el despacho. La administración suspendió el empleo público hasta nuevo aviso. Los hijos de unos amigos de sus padres, necesitaban a alguien que trabajase en casa unas horas, recogiese a los niños e hiciese los deberes con ellos. Aparcó sus libros y cogió los de Antía y Breixo, cinco días por semana por cuatrocientos euros al mes.

Elena mira la barriga de Olga, y los ojos negros se le acharolan. Estoy de seis meses. Es el primero, y le sonríe avergonzada por ser feliz. Chin chin. Elena levanta la copa por Olga y su bebé, ladea la cabeza porque no puede hablar.

“Dónde está la suerte, la mía poquita”

Paco trabajaba para los malos. Lo sigue haciendo. Es el único que conserva aquella situación que desde aquí parece privilegiada. Qué coño hago todavía aquí. Todo en lo que cree, su manera de vivir no tiene nada que ver con ese lugar en el que pasa diez horas al día y que le permite pagar las facturas. Cuando empezó a trabajar se juró que si algún día aquel sitio lo mutaba en lo importante, se iría. Y en eso está, lidiando con sus propias contradicciones mientras bajo un seudónimo ayuda a consumidores a reclamar lo que a empresas como la suya les sale barato hacer mal. La entidad financiera para la que trabaja desahució a María y a Luis, sus vecinos. Habían avalado la empresa de reformas de su hijo, poco después de que la música parase y desaparecieran también las sillas. Paco no pudo hacer nada. Las cosas funcionan así, le dijeron. Ahora, María y Luis viven con su hija y dan las gracias, aunque tampoco saben a quien.

“Es indecente y es indecente. Gente sin casa y casa sin gente”.

El padre de Paco también da las gracias. Reza para que su mujer mantenga su trabajo. Con sesenta años, lleva cinco en paro y los setecientos euros que cobra ella son lo único que entra en casa. Demasiado mayor para, demasiado joven para no.

Mientras alguna gente se lanzaba del balcón de una casa que ya no era suya, pero tenía que pagar, la empresa de Paco echó a treinta de sus compañeros sin dar un sólo resultado negativo. No lo harían tampoco después. Competividad, proyecciones, resultados, socio. Al año siguiente, en la empresa de Paco salieron  cien.  Paco no se olvida de la primera vez, tampoco del día que cansado de los intereses de este u otro viejo sindicalista decidió defenderlos, defenderse, él.

En esa mesa de sábado noche, Paco mira el bodegón de vidas y piensa en lo que ha perdido él. Mantiene su piso de alquiler, su coche y un viaje al año. No tiene hijos, ni cargas. Eso debe ser la libertad ahora, se dice. Sabe lo que ha perdido pero no está seguro de poder achacárselo solo a las sillas musicales. Sí, sí lo está. Aunque haya habido otras manos, sí lo está. También está de seguro de que el futuro no tiene pinta de ser un lugar mejor.

Todos rondan los cuarenta. Todos tienen vidas que no imaginaron. A todos les convencieron de que la música no iba a dejar de sonar, o al menos no lo haría para ellos. Seres privilegiados a los que no habían entrenado para las sorpresas poco favorables. Y de repente, no solo se apagó la música también se llevaron las sillas. Y sí, nos enfadamos, nos enfadamos mucho. Nos prometimos no engañarnos más, no dejar que nadie cogiese el mando por nosotros. Y  ahora que parece que alguien viene a colocar alguna silla, aunque no haya sitio para todos, aunque el material no sea siquiera parecido a aquel en el que antes se sentaban.  Ahora todo lo que perdimos está ahí, bajo el ruido, y ya parece menos importante. Es un valor tu capacidad para adaptarte al cambio.

“Despierta Mercedes, Pablo y Patricia, Tomás, Martín, Juan, Luna, Pablo y Cristina”.

Sentados a la mesa , un sábado cualquiera, hemos mutado como camaleones para adaptarnos como nadie a  la precariedad, la inseguridad y la incertidumbre. Ahora que hemos dejado de soñar porque tenemos sorpresas poco favorables de las que ocuparnos, ahora que el futuro no parece un lugar mejor al que esperar. Ahora es cuando más necesitamos escuchar todo lo que alguien va escondiendo bajo el ruido. Todo lo que pasaba sigue ahí, todo lo que hemos perdido. Ahora es igual de importante que siempre, levantar la voz.

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4 comentarios en “Las sillas musicales

  1. Dios mío…es cierto!
    Y entonces?…ahora que?… ya está?… el champagne perdió su fuerza y el corcho ya no va a saltar más por los aires?… hemos vuelto a hacer que el engranaje “funcione”?
    (Pre)siento que si.

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