Patios de luces

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Durante años, en septiembre, mi madre y yo viajábamos juntas a Madrid.  Nos quedábamos a dormir en casa de la tía Manuela, cerca de la calle Orense. El edificio es una mole gris y sobria de no más de seis alturas, que ocupa toda la manzana. Quizás no sea así, pero así es como lo recuerdo. Es uno de esos edificios antiguos destinados a las familias de militares, con un ascensor de puerta de rejas  y un portero gordecho y sonriente, que subía los tres escalones cargado con nuestras bolsas de viaje. Lo único que recuerdo con detalle de aquella casa, son los ruidos que llegaban del patio de manzana, mientras la tía preparaba la cena. Yo era una mincha,  y aquellos ruidos me maravillaban. Me acercaba a la ventana, retiraba la cortina y me inventaba la vida de aquella gente. Oía freírse el aceite y el ajo, veía los delantales moverse ágiles por las cocinas mientras centelleaban los televisores del salón.

Hoy me he levantado de la cama y lo primero que he hecho es abrir la ventana para dejar que al aire entre en la habitación. Luego, sin querer,  me he caído sobre las sábanas otra vez porque es domingo y los domingos son días que no me importa perder. Mi habitación da a un patio donde se mezclan las ventanas de mi edificio con las del ala noble. Es un patio grande, sin demasiado trajín. El único ruido recurrente es el chirriar de las cuerdas de los tendederos al pasar por las roldanas, y alguna radio detrás de una ventana entreabierta. Como la memoria es ese perro al que le tiras un hueso y te trae cualquier otra cosa, me he acordado de aquel otro patio que no tiene nada que ver con este porque en mi casa, como en aquella, la vida se cuela por la ventana de la cocina.

Cacharros revolviéndose con prisa en alguna encimera, olor a ajo frito y caldo gallego. Olor a gente en pijama, ruido de rutina lenta. Unos críos gritan y el patio se convierte en un altavoz, donde su madre informa al vecindario de que está hasta los cojones. Los vecinos de arriba se han dado cuenta de que el sexo está siendo narrado a la comunidad y cierran la ventana. Y digo narrar porque hablan, además de gemir. Y lo hacen los dos, sin ni siquiera esperar la respuesta del otro porque no siempre se hacen preguntas. A veces uno da indicaciones al otro sobre el mapa que es uno mismo y el otro calla. El otro pregunta y el contrario tarda en contestar. Dejan el tono dulce. Uno afirma algo que termina en resoplido y la cama hace ruido.  El mundo se divide en dos tipos de personas: las que hablan mientras follan y las que no.

Pienso en todas las cosas que hay detrás de esos dos que se dicen cosas dulces y guarras. Me los encuentro en la acera o en la escalera con los niños, los veo mirarse y pienso en la suerte. Pienso más cosas, porque soy yo muy de analizar datos ridículos y sacar conclusiones equivocadas.

Suena una lavadora y una aspiradora. Los vecinos del quinto, escuchan a Rufus Wainwright a todo trapo mientras se narran cosas al oído y se miran a los ojos desde distintas alturas. Yo también quiero tener suerte. Aporreo la encimera mientras pienso que quizás debería volver a tocar el piano. La idea me dura menos que la canción. Pero si lo odiabas, aquel profesor consiguió que lo que tenía que ser un placer se convirtiese en un martirio sin más que golpear su lápiz contra mis nudillos con las piernas colgando de la banqueta.

La ventana de enfrente se abre y un señor que no había visto hasta hoy, me da los buenos días. Dejo de aporrear la encimera y me quedo quieta. Le sonrío raro. Tiene ganas de hablar, yo no. Pero él sí. Quizá viva solo, como la señoriña del primero a la que su hija viene a ver todos los lunes. Que es su hija, me lo invento como casi todo. Me las he encontrado despidiéndose en la puerta. Ella cierra y yo la imagino sola, en esta casa de techos altísimos. Quizás caliente agua en un cazo para hacerse un té, porque las dos odiamos los microondas. Cena un par de tostadas de pan y queso fresco, sentada frente a la tele que la aburre pero le pone ruido en casa. Quizás lea, aunque las mujeres de su generación no tenían permitido hacerlo, quizás lo haga. El señor de barba y ojos color desconocido, sigue hablando y ahora me hace un cuestionario mientras me cuenta cosas de la mujer que antes vivía en esta casa. Solo abrió la ventana una vez.  Sus cartas siguen llegando al buzón y no sé bien qué hacer con ellas. Supongo que un día se cansó de subir tantas escaleras y mentar a todo el santoral cuando en el segundo se acordaba que no había bajado la basura. Quizás se cansó de la bohemia y optó por ser práctica, quizás quería tener niños y buscó un piso más calentito.

La madre y la hija del segundo ensayan otra vez su musical. La banda sonora tiene un tema central muy pegadizo: «Te gusta Manolo y no me lo quieres contar». Se repite el estribillo muchas veces, y cada vez más alto. Sé que viven juntas, solas y son argentinas. He imaginado mil veces cómo han llegado aquí.  Una de las dos abre una puerta y la deja caer haciendo mucho ruido. Ladra un perro. El vecino del tercero solo habla conmigo si va solo. No parece feliz. No tienen pinta de narrarse cosas al oído, tampoco tiene por qué hacerlo para ser feliz ni siquiera para hacer feliz a nadie. Quizás lo miércoles queda para hablar, en una cama que no es la suya. Quién sabe. El señor de barba sigue contándome cosas de la anterior inquilina. También me habla de sus rodillas, la seguridad social y lo poco que le queda para jubilarse. No le pregunto nada, prefiero imaginar. Me despido. Yo sí la volveré a abrir, lo prometo.

Estoy leyendo El balcón en invierno, de Luis Landero. Lo abro por una de las páginas que tengo subrayada casi al completo: «Pero la imaginación, con sus mentiras tan necesarias y sinceras, venía a anudar los hilos sueltos de una realidad fragmentaria y caótica». 

Imaginar. Soñar. Hay mucho de pasión en esos dos verbos. Por vivir, por sentir, por aprender, por entender. Pasiones de dentro hacia afuera. Como los susurros, los gemidos en camas deshechas. Cada uno vive como folla.

Voy a la habitación del fondo, que sigue igual que hace seis meses. Montones de cajas llenas de libros, esperan una idea en forma de estantería. Son un montón de patios de luces, en cajas de cartón.

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4 comentarios en “Patios de luces

  1. Ruesa mía, tus narraciones son como los olores de la niñez, siempre me transportan a otros lugares. Sigue así…ojalá algún día pueda tener un libro tuyo en mi estantería.

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