Nos queda todo

Nos queda todo

Nos queda todo

Él la busca en la cama y le susurra: « Qué sorte tiven o atoparte, morena». A ella se le descuelga esa mirada tierna que últimamente le cubre los ojos, y lo besa en la boca despacio. No le dice, yo también. Quizás a ella se le hace más difícil recordar sin que le duela. Ha sufrido como solo sabe hacerlo ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser quien es. Sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo. Por su capacidad infinita para que lo que tiene que doler, la torture hasta el extremo.

Para él tampoco ha sido fácil llegar aquí, pero su dolor ha sido más discreto. Ha sufrido como sufren algunos hombres, con pudor y en silencio. Casi sin derecho a hacerlo y mucho menos a mostrarlo. Siempre obligados a extender la capa de superhéroe, pero con un miedo terrible a enseñar las costuras. Pudor para llorar, para abrazar, para recibir. Pudor también para dar.

Cuentan los años que llevan juntos, solo si se empeñan en atar los cabos. Xa morrera meu pai, sería 1970. ¿ Morena, contamos dende que nos coñecemos, eso sempre estivo ahí? Y la mira, y sonríen. Se contamos tamén aquelo, fará uns 47 anos. Unha vida.

Una vida en la que tuvieron que esperar más de treinta años para ser felices. Por carácter, porque las prioridades eran otras. No fueron infelices para llegar aquí. La gama de colores tienen un montón de tonos entre el blanco y el negro. Los niños no solo tienen pene, las niñas no solo tienen vagina. Las etiquetas que un día se reparten tienen poco que ver con lo que uno es, con cómo se siente. Uno no siempre es feliz o infeliz. Hay periodos en los que uno no es nada, la vida solo pasa.

Han llegado hasta aquí, por casualidad. Porque vivieron en una época que no era esta, porque siempre tuvieron claras las prioridades, por carácter. Podían no haberlo hecho, no hay fórmulas mágicas. Hay cosas que poco tienen que ver con el amor. Al menos no con el del cine o las canciones. No lo puede todo, ni siquiera es amor todo lo que reluce. Lo siento, Amélie Poulain. No es magia, es casualidad sin más.

Cuenta García Márquez en Gabo, la magia de lo real,  que un día se sentó junto a su mujer y le dijo que para poder escribir necesitaba hacerlo a tiempo completo. Así que decidieron que él dejaría el trabajo, que hasta ese momento era lo único que les daba de comer. Tenían cuarenta años y dos hijos, escribía Cien años de soledad. El casero llamó un día reclamando los seis meses que ya debían de alquiler. Mercedes tapó el auricular y miró a Gabo: «¿ Cuánto tiempo te queda para terminar?»« Unos seis de meses»,  dijo él. Ella, firme, cogió el teléfono : «Podremos pagarle todo junto dentro de seis meses». El tipo  le recordó que si la cuantía ya era importante, en seis meses lo sería más. Ella, solo le dijo: « Lo sé. Pero también sé que en seis meses todo estará solucionado».

Amistad. Felicidad. Problema. Hijos. Miedo. Cáncer. Estabilidad. Amor. Algunas palabras cambian su valor, con el paso del tiempo. En el sótano de cada una sigue su esencia, pero nosotros vamos dándole una forma nueva. «Cuando somos jóvenes lamentamos no tener una mujer, cuando nos hacemos mayores lamentamos no tener a la mujer»,  decía Pavese.

La pluma que Denys regala a Karen para que escriba cuentos desde África. El número exacto de cucharadas de azúcar que le echas al café, tus galletas favoritas. La llamada que atiende Mercedes. Yo creo en ti. La mirada de Bruce y Patti mientras se dicen que la vida no es fácil, pero que uno siempre estará ahí para empujar al otro. El compromiso. Morena, nos queda todo. La admiración. La lengua que te lame, no hiere. Los juegos en una mesa que terminan en una cama. La verdad, siempre, aunque sea como masticar algodón. La alarma que suena para recordarle que tiene que tomar la medicación. La pasión que termina, pero no destruye el deseo. La fe.  Un proyecto individual que es importante porque es suyo. Uno común que es importante porque es de los dos. Lo que se construye detrás del relámpago. Eso es en lo que se ha convertido para mí, el amor. Y  siempre llevo en los bolsillos el vals.

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