Momentos

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Todo llega cuando tiene que llegar.

Hace unas semanas, vaciando las últimas cajas de la mudanza, encontré entre las páginas de un libro, un billete de autobús con fecha tres de julio de dos mil nueve.

Sin que el trayecto ni el destino tuviesen nada de especial, recuerdo perfectamente ese viaje. Era un fin de semana más, iba a  casa de mis padres y viajaba sola. Recuerdo que la batería de mi teléfono iba a tope, me llamó una amiga y la batería se agotó mucho antes de llegar al destino. El billete ha aparecido entre las páginas de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, de Alice Munro. Recuerdo hasta el motivo por el que compré ese libro. Había visto todas las películas de Isabel Coixet (las películas de esta mujer, igual que los museos, no son para el verano) y me fascinaba Sarah Polley.  En 2007 se estrenó como directora, en Lejos de ella. Sabía que el guión estaba basado en un cuento de Alice Munro, pero en ninguna parte encontré cuál era. Un día, mucho tiempo después, descubrí un libro de Munro con una pegatina en la portada: Incluye la historia que Sarah Polley ha adaptado a la gran pantalla. Aquello debió ser 2009, y yo me subí a aquel autobús con la intención de comenzar a leerlo, pero no lo hice. No lo hice ese día, ni al día siguiente. No lo hice tampoco en 2010. No lo he hecho, hasta hace un par de semanas.

No recuerdo por qué no lo leí. Volví a Coruña aquel domingo, después del bautizo de mi ahijado, ¿por qué no lo leí en el viaje de vuelta? De ese viaje solo recuerdo una llamada mientras subía al autobús, y nada más. Quizás la resaca ganó ese día.

Son curiosos los momentos que ciertas cosas eligen para entrar en tu vida. Por qué antes no y ahora sí, por qué ahora también no. Supongo que tienes que ser tú para dejarlos entrar y durante todo ese tiempo te vas construyendo o no lo haces nunca, y ya.

Hace un tiempo, sentada en la moqueta de una de mis librerías favoritas un chico se acercó. Alto, altísimo como es, lo más correcto sería decir que bajó a tierra. Se presentó. Nos encontramos todas las mañanas, me dijo. Pedimos café para llevar en el mismo sitio, lo mínimo es saber nuestros nombres. Soy Pilar, y le tendí la mano. Se sentó conmigo en la moqueta, charlamos un rato y cuando la conversación empezó a derivar en el tiempo, me despedí y me fui. No tengo claro si el momento no era el suyo o el mío, tampoco importa demasiado. Hace unos días, le vi en el pasillo del supermercado. Yo escogía fruta y por el rabillo del ojo me pareció verle pasar. Me giré  y resultó que él también se había girado. Nos reímos y charlamos un rato, fue gracioso. Me gusta que le gusten los treinta centímetros que nos separan.

Esta mañana he terminado Bilbao-New York- Bilbao, de Kirmen Uribe. Hace mucho que lo esperaba. He evitado leerlo un montón de veces, sabía que no era el momento. No quería que lo fuese, no aún. Sabía que tenía que leer otras cosas hasta llegar a él. Es mi libro favorito de 2017. Sé, lo sé, es pronto para decir esto, pero lo siento así. Esta mañana lo he terminado, me he abrazado un rato a él y me he quedado mirando al techo. Lo he leído mientras googleaba cuadros, palabras en euskera, y buscaba Rockall o Stornoway en un mapa. He descubierto que los peces nunca dejan de crecer y tienen anillos en las escamas y que en el Harvard Museum of Natural History, hay una exposición de flores de vidrio realizadas a lo largo de cincuenta años por los artesanos alemanes, Blaschka.

En un momento del libro, Kirmen cuenta que en 2005 escibió una columna en un periódico, titulada «San Jerónimo». En ella, contaba cómo de adolescente fue con sus padres a la romería del barrio del mismo nombre, entre Ondarroa y Mutriku. En la entrada a la romería, una mujer repartía cartas. Tenía dos barajas, a los chicos les repartía de una y a las chicas de la otra. Cada uno debía bailar con quien tuviera la misma carta. Sin poder soportar la vergüenza, tiró la carta y no bailó con nadie.

«Siempre me preguntaba quién sería aquella chica a la que dejé plantada con mi misma carta. Si habría encontrado el verdadero amor o, si desde entonces, aún estaba esperando a que apareciera su pareja de baile.

Eso era lo que contaba en la columna.

El artículo se publicó en otoño del 2005. Una noche de aquel invierno Nerea se acercó y me dijo, “yo era la chica que en San Jerónimo tenía tu misma carta”.

Desde entonces no nos hemos separado»

La mayoría de las cosas ni siquiera se imaginan. Solo se conocen cuando ya están aquí, por mucho que uno se empeñe en tratar de mirar hacia adelante como con un telescopio, intentando ver el final sin pasar por todas las páginas. Todo llega cuando tiene que llegar. Nerea y Alice Munro, siempre habían estado ahí. Ahora lo sé.

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3 comentarios en “Momentos

  1. Me gusta. Tantas veces ansiosos porque llegue todo con celeridad… ya nadie tiene paciencia para nada. Pensaré en lo que nos acabas de contar la próxima vez que la prisa se me meta dentro y no quiera esperar lo que como tú dices, debe esperar para que sea su momento.
    Gracias. Un besiño

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  2. Qué fan soy de pensar que cada cosa tiene su momento!!
    Me iba a poner a escribir ahora, y en cierta forma, los tiros iban a ir por ahí (pero ahora ya no sé si cambiar, para no repetir).
    Nos leemos, galleguiña!!

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