Escoge solo tres

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Me paso el día estableciendo prioridades. Listas de tareas que dejo para el día siguiente en la oficina, quedadas, visitas familiares, viajes. Luego se me van colando cosas que me desbaratan, folios y folios de empeño por poner orden entre lo que tengo y lo que quiero hacer.

Eso es un poco en lo que pasamos los días, planear y que venga la vida a decirte: ” Yo soy más lista que tú. Mucho más rápida que tú”. Y deshacer los planes y envolverlos nuevos. Replanear, ponerse metas nuevas o volver a fijarlas hechas jirones. Cambiar esto o aquello de la casa, del cuerpo o del coco porque es mejor vivir si hay carrera, que si simplemente corres.

Están esas cosas que escribes en una lista, y luego están esas otras que resulta raro ver escritas y que se persiguen con la esperanza de alcanzarlas un día y que sigan brillando. Esas que sirven para avanzar, que decía Galeano.

Esta semana leí esta maravilla de entrevista a David Trueba, en ABC. Ha publicado Tierra de campos, y aunque me gusta leerle lo que más me gusta es escucharle. Escucharle hablar de la vida, de todo lo intangible que llena la mía. Eso que no se escribe en ninguna lista pero sin lo que no sabría levantarme  un miércoles cuando suena el despertador.

Eso es, exactamente. Nosotros no tenemos tierra a la que nos vayan a llevar. Ya sea porque hemos crecido en la ciudad o porque nos la han quitado de debajo. Lo único que hay son las cosas que has hecho, lo que has dejado en el territorio de tu oficio, de tu familia, de tus seres queridos, de tus ideales. Esa es la tierra a la que perteneces. Los ideales tienen la tendencia a ser destruidos por las personas, porque no sabemos encarnarlos. Pero no importa. Los ideales están rotos, son inalcanzables, pero son el motor.

Este verano, me cansé de escribir aquí. Dejé unos meses de publicar, lo conté y alguien al que no conozco me dejó un comentario: « le he hablado a todo el mundo de tu búsqueda del ideal». Me sorprendió que alguien me leyese y viese esa parte de mí. No era consciente de enseñarme tanto, ni siquiera así. Hay partes de lo establecido con las que tengo que convivir, no me gustan, y convivir con ellas no me hace conformarme ni siquiera sentirme insatisfecha o infeliz. Todo lo contrario. No aceptar lo establecido por defecto es la única manera que conozco de vivir,  de ser feliz y estar despierta.

Supuse que principalmente lo decía por cómo hablo del amor. Por mi manera de entender las relaciones y de escribirlo aquí. En Tan poca vida, de Hanya Yanagihara subrayé esto hace un tiempo:

«Las relaciones nunca te dan lo que quieres. Piensa en todas las cosas que buscas en una persona –química sexual, buena conversación, seguridad económica, compatibilidad intelectual, gentileza o lealtad– y escoge tres. Tres, eso es todo. Tal vez cuatro, si tienes suerte. El resto tendrás que buscarlo en otra parte. Solo en las películas uno encuentra a alguien que te da todo lo que necesita. Pero esto no es el cine».

Elegí rápido dos, y empecé a dudar al escoger la siguiente. Quizás A implicaba B, así que podía tenerlo todo con esas tres. Tronca, esto es la vida real y tienes que elegir. Eso es lo que hace el día a día, te convence de cosas. Te incita a conformarte para que no hagas ruido en la oficina, para que tengas miedo a estar solo, para que renuncies a lo que quieres, para que no pelees y aceptes lo que hay sin ser molesto, rebelde. Me quedé pensando un rato largo mientras leía una y otra vez ese párrafo. Quién nos ha convencido de que en esto también hay que elegir. Hacer una lista mental de cosas que quieres, ponerles orden mientras te boicoteas a ti mismo y renuncias a parte de lo importante. Maravilloso pasatiempos.

Y entonces elegí. Elegí la buena conversación, porque tiene que ser un aburrimiento mayúsculo pasarte la vida con alguien al que no te gusta escuchar. Elegí la lealtad, la ternura y la generosidad. Elegí la inteligencia porque no hay nada que me ponga más. Elegí la amistad, la fe. Elegí la química sexual de dos que se dicen cosas dulces y guarras al oído. La admiración, la compasión, el plural. Lo elegí todo, como si uno pudiese elegir. Lo escogí todo sin sentirme idealista y a riesgo de no encontrarlo. La vida no es una película, es cierto, pero en el cine las luces se encienden sin enseñarte lo que pasa después. Nadie te enseña que aún encontrando todo lo que buscas, nada garantiza un final feliz. La vida sigue cuando se encienden las luces, el cine no. Los lunes llegan para hacerte mortal así que mejor que te pille con los bolsillos llenos de todo lo que buscabas, alguien en el que crees, siendo dos que se hacen mejores el uno al otro, muy iguales en lo importante. Dos enteros que han encontrado todo lo que necesitan y que pelean contra los lunes sabiéndose mortales, pero sintiéndose hierro y níquel.

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2 comentarios en “Escoge solo tres

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