Maneras de escuchar

The Seasons in Quincy 0

El padre de John Berger cortaba una manzana en cuatro partes. No lo hacía de cualquier modo. Primero hacía dos mitades, y de cada una otras dos. Luego quitaba los corazones de semillas que correspondían a cada parte, la piel de cada trozo y la ponía delante de su plato para que comiera. Él,  que solo tenía tres o cuatro años, reconoce en ese gesto de su padre los cuatro años de infantería que pasó en las trincheras del oeste de Francia. Nunca hablaba de aquello, no era un hombre de muchas palabras. Guardaba en una estantería los mapas de aquellos años en el ejército, escribía en ellos de vez en cuando y si John le sorprendía, él se sobresaltaba. Los guardaba rápidamente y mascullaba: ” Solo estaba buscando algo”.

Mientras lo escuchaba, me acordé de una idea preciosa de Peter Handke que creo que aparece en el El peso del mundo:  ” Imaginar que le prohíben a uno todos los gestos de apuro y desamparo-jugar con el cierre del reloj, abrocharse y desabrocharse los botones de la camisa, pasarse la mano por el pelo-, de modo que al final uno no tenga donde aferrarse”.

Tengo un amigo con el que puedo hablar de esto y de aquello. Le pregunto algo. Le pido un por qué a algo que no entiendo, porque quizás su manera de ver las cosas pueda aclararme. Él se queda en silencio. Segundos, a veces minutos. Yo sigo hablando. ¡Cómo si él necesitase de mis argumentos para encontrar los suyos! Él calla, y solo cuando yo hago una pausa deja de mirar la pared del fondo, hace un gesto con la boca que no sé describir, y dice: “Estoy pensando, no te quiero mentir “.

Esos silencios siempre me han parecido el gesto perfecto de la honestidad, la prudencia hecha minutos. Un lugar en el que él se ampara, donde se esconde, como en los párrafos que uno subraya en los libros o las estrofas que más grita en las canciones. Le miro callado, le miro mientras yo hablo y él hace ese gesto con la boca que tampoco en este párrafo sé describir. Un gesto, otro, que es solo suyo. En su silencio la honestidad, la honradez, el miedo a mentir, a hablar y a equivocarse. Da un trago a lo que tenga a mano y cuando yo creo que no hay nada más, cuando los minutos han hecho que casi olvide la pregunta, es entonces cuando contesta. Le escucho en el silencio y en la respuesta, nunca le he visto pelar manzanas.

Tilda Swinton y John Berger, se sientan a charlar en The Seasons in Quincy. Ella le cuenta  que su padre perdió una pierna en la guerra y jamás ha hablado de ello. La única referencia que su padre les concedió a ella y sus hermanos, fue una tarde viendo una película de vaqueros. Él leía el periódico en una esquina y su hermano, al ver cómo el protagonista moría después de recibir dos disparos dijo: “seguro que no te mueres tan rápido”. Su padre levantó la cabeza y arrugó el periódico entre las manos. Solo dijo: “Por supuesto que no”. Y volvió a hacer un gurruño el periódico, con un poco más de fuerza.

Quizás no hagan falta palabras para describir el dolor de los padres de Tilda y de John, tampoco para describir la honestidad. Bastan sus silencios. Sí son necesarias para hacer del dolor algo natural. No regocijarse en él, pero tampoco ocultarlo.

Hace unos días, se hizo viral esta fotografía de Santi Palacios. Sí creo que hace falta decir que: “formaban parte de un grupo grande, de 184 personas. Provenían, sobre todo, de Sudán, Nigeria y Ghana, y habían partido el día anterior del puerto libio de Sabrata, con la esperanza de alcanzar de un modo u otro las costas de Italia o Malta. Las olas tenían un metro de altura, que para una patera en alta mar suponen un riesgo crítico”. Creo que hace falta que alguien nos diga que: En total murieron 16. Tres de ellas fallecieron antes, y los demás habían tirado sus cuerpos por la borda. A bordo de estas embarcaciones se mezcla el agua de mar con la gasolina, y eso se convierte en ácido, que provoca quemaduras. El líquido va escarbando la piel, y o te limpias, o mueres asfixiado”.

El silencio de Europa hace mucho ruido. El silencio tiene mucho poder. Dice un montón de cosas, igual que la forma de pelar manzanas, los gurruños de un papel de periódico o la prudencia hecha minutos. Pero el silencio, no sirve para nada si no se convierte en una manera de escuchar.

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