Lo importante

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Foto de Ian Harper

 

Un joven marroquí cree que tiene que disculparse, repite una y otra vez que no todos son iguales. Dos obreros árabes, siempre sonrientes mirando tu piel blanca, hoy agachan la cabeza con los ojos inundados de pena y los labios apretados. Una mujer con velo llora desconsolada.

En los kioskos, las fotos de cuatro hombres con cara de niño. Diecisiete, veintidós. No puedo dejar de pensar qué es lo que han vivido, en tan poco tiempo, para hacer tanto daño. Quién les ha enseñado que quien pasea las plazas es el enemigo.

Uno aprende tarde que es más feliz, cuando menos sabe que lo es, cuánto menos se lo pregunta. Siempre espera que pase esto y lo otro, y a veces, la mayoría de las veces, la felicidad es que no pase nada. Pero eso, uno lo aprende siempre tarde.

La calle vuelve a llenarse de gente bebiéndose los bares. Las mesas de terraza con sus sombrillas, pueblan las aceras anchas como si fueran setas. Alguna gente camina despacio mirando al cielo. En realidad no lo miran a él, saben que este que este pisan es el único cielo e infierno que van a encontrar. Miran las copas de los árboles, los edificios tapados de luz por contras de madera, los colores. Miran hacia adelante. Ni atrás, ni a los lados. Confían. Van de acá para allá mientras la brisa les alborota el pelo y el sol calienta su espalda.

Caminar a veces con, otras sin rumbo. Preferir cualquier playa, a esta playa de ciudad. Un concierto de Manel en el Palau y otro de un grupo que no recordarán en Razzmatazz. Los besos de aquella pareja en una esquina de Gràcia, las caricias de dos que se apetecen en el Raval. Tu idioma, que es tuyo pero que a mí me gusta sentirlo un poco mío.

Mejillones y vino blanco. Gaudí y aquel poema de Gil de Biedma que nos recuerda lo rápido que pasa todo. Los libros de Marsé o Ana María Matute. Las crónicas de Enric González. La ciudad, tu ciudad de emociones metabolizadas. Ciudad sentimental.

Y el Empordà y todas las masías. Colchones en el balcón para que nos pille el amanecer como si fuese por sorpresa. Cap de Creus y Cadaqués, y todos los atardeceres sentados a la mesa con la piel tirante de salitre y sol. También algo dulce y respirar despacio, o no, con y sin miedo, pero con la fe en el otro intacta.

Estar en desacuerdo, hablar horas y horas. Defender el diálogo, la diferencia, la generosidad, la ternura y la solidaridad antes que la caridad.

La libertad, la vida. Ocupar la calle, pasearla porque es tuya y mía. Vivir siendo libres, también de odio.

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