Lo que queda

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Ilustración de Paula Bonet

 

 

Mi tío camina con piernas ágiles y gesto serio. Erguido, con ese porte de Don Quijote que conserva, igual de frágil que ahora pero con más pudor. Corta maleza y hace montoncitos y nosotros los aplastamos saltando con fuerza. No se escuchan lobos, tampoco corzos, pero todos sabemos que están ahí. Igual que los miedos.

Cierro los ojos. Veo a mi primo con aquel corte de pelo que llevaba a finales de los ochenta. Lo visto con los pantalones marrones y la camisa blanca de esa foto en la que yo estoy disfrazada de hada madrina, con los ojos pintados de un azul indescriptible. Él se ha puesto esa ropa vieja, con la que hoy lo visto, y mi madre le ha pintado una barba rarísima. Ya escucho los cencerros moverse rápido, cada vez más fuerte. Salto sobre las baldosas de la cocina porque la abuela no termina de hacer la merienda. Venga abuela, rápido que se va. Llevo un chándal fucsia que es lo más, y el pelo rizo peinado en una coleta lateral. Agarro el bocadillo con fuerza y salgo corriendo mientras grito a mi primo que espere, que voy con él. Él me mira con la misma desgana que al pequeño rebaño.

Llegamos a un arroyo rodeado de prados de hierba fresca. Cruzamos a las ovejas con el ruido de la vara sobre las piedras. Ellas pastan y nosotros merendamos despacio. Se oye el ruido del agua caer en la fuente que improvisa la pared arcillosa de atrás.  Mi primo tiene quince años, yo diez.

Aún no sé que treinta años después no distinguiré cuánto recuerdo y cuánto creo recordar, que a la fuente improvisada cada vez le costará más llenar una botella, que la abuela repetirá una y otra vez cómo le gustaría morir y, como si desearlo con fuerza fuese suficiente, se cumplirá. El tío seguirá siendo el mismo caballero espigado que adora el monte y al que los ojos se le acharolarán mucho más que entonces. Mi primo se mudará primero a una ciudad y luego a otra. Después lo haré yo, mis amigos, mi hermano y los suyos. Todos cumpliremos más años en otro sitio que aquí, donde la hierba sigue húmeda.

Todavía no sé que un día, otros que también son nosotros se llevarán los bosques, rebaños, casas que no están vacías y otros abuelos que jamás pidieron morir así. Se llevarán los caminos que alguien recorrió con su familia, árboles en los que grabó aquello que diez años después esperaba encontrar. Oleremos el humo muchos días después de que se haya ido, cuando solo quede el negro cubriéndolo todo otra vez, una vez más. Aún no sé que aquellos días ya habrán pasado y que estos también pasarán. Nos quedará todo lo demás. Lo que un día fuimos y ya no somos. Todo lo que seguimos siendo.

 

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Un comentario en “Lo que queda

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