Formar parte de alguien

El principio de un mundo

 

Llegaron hace un par de semanas. Yo arrastraba las bolsas de la compra hasta el cuarto y la encontré sentada en el descansillo. Lo peor son las escaleras, me presenté. La puerta se había cerrado, con las llaves dentro, y esperaba al cerrajero. La invité a pasar y saqué dos cervezas de la nevera. Hablamos de los no muebles de nuestras casas, del colchón hinchable de los primeros días, de su primera vez en la ciudad y del calor que había llegado, un mes que ya nadie esperaba.

Soy de Barcelona, trabajo en el Raval. Él es de Sarria, pero trabaja en Lugo. Esto es solo un experimento, no sabemos cómo va a salir. Por ahora es un piso para los fines de semana, luego veremos. Lo dijo con timidez, como avergonzada de que la certeza no fuese suficiente para garantizar que todo funcione. Quise decirle un montón de cosas, se me acharolaron los ojos y nos salvó el ruido en la escalera.

En mi familia, la tendencia a la catástrofe está tan normalizada como la empanada gallega en comidas multitudinarias. Cuando alguien ve una luz al final del túnel, siempre hay quien aventura que sin duda es la luz de un tren que está a punto de arrollarnos. Siempre hay una guerra civil a la vuelta de la esquina, un crack económico. Siempre alguien dispuesto a recordar que el mundo comenzó con aquel diluvio y terminará entre llamas.

Yo les canturreo suavecito: “si se va a acabar el mundo que avisen un día antes, si va a ser de mañana o más bien por la tarde. Me gustaría comprarme algo más elegante…”. Para mi sorpresa, no les hace gracia.

Ellos se mantienen fieles a la catástrofe y, mientras la calle se llena de gente que se siente parte de un tipo cualquiera con el que comparte un par de colores dispuestos de este u otro modo, idioma o tradición, miro a mis vecinos asomarse al vértigo de poner en riesgo las certezas. Cuelgan del balcón un paño blanco de cocina, hacen de la vida cotidiana bandera.

Quizás hayan vivido en varias ciudades, habitado cinco o seis casas con sus libros, discos favoritos, las fotos del último verano y las cremas de más de cien mililitros. Son de esa raza para la que sentirse parte de alguien, es algo  íntimo que poco tiene que ver con la frecuencia. Un lugar donde un día uno enciende el fuego y otro lo mantiene vivo, y al revés. Calma y seguridad, confiar, compartir, un uno que empuja al otro. Mis vecinos caminan descalzos sin miedo a resfriarse. Se sienten a salvo a cientos de kilómetros de sus casas. Hacen fuego sobre el colchón hinchable de los primeros días y se asustan al descubrirse parte del otro. Saben que todas las casas no son hogar, y levantan fronteras entre el mundo y ellos. El otro cuerpo es la única patria que están dispuestos a defender, lo único por lo que se asoman al vértigo de poner en riesgo las certezas. La otra, tu país, no tiene nada de cierto, no existe. Nadie la ha podido tocar.

 

 

 

 

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