Frida y yo

Verano 1993

Fotograma de Verano 1993

Hay un momento en el duelo de un adulto, en el que uno tiene que permitirse dejar de sufrir. Parece lógico tratar de desprenderse del dolor, sea el que sea,  pero no siempre la mente escoge ser práctica. En ese momento, dejar de sufrir es sinónimo de olvidar, permitir que se desdibujen los recuerdos y asumir la pérdida como definitiva. El dolor es lo único que parece recordar el amor que hubo, el que aún hay,  y desenredar ese nudo es hacer de la nueva vida casi una traición.

Pero Frida solo tiene siete años, y ya sabe que irreversible y definitivo son sinónimos de estar muerto pero que la traición pertenece al mundo de  los adultos. Los niños no se sienten culpables por ser felices.

Frida entiende que hay vidas que no vuelven, que uno no siempre está al lado de quien quiere, pero no sabe cómo pedir ayuda. Tiene el peliño rizo y una mirada llena de verdad. Escucha los susurros de los mayores, las ventanas que se cierran para atrapar las discusiones, los silencios que la adivinan detrás de una puerta.

Frida busca un hueco en su nueva casa. Tiene un papá y una mamá que antes han sido sus tíos, una hermana que hasta ayer era su prima. Tiene que poner nombres nuevos a las emociones, pelea desde el silencio mientras busca la seguridad del amor incondicional para estrenar la vida nueva.

Uno adivina a esa niña de ciudad adaptarse al campo mientras mira las moscas sobrevolar los restos de una mesa aún por recoger. Intuye la necesidad de encontrar su sitio en un ejército de muñecas que coloca con mimo, la confianza en las preguntas que ya buscan respuestas,  la vida que ya no está en los juegos de mamás.

Frida recoge sus cosas de madrugada para buscar un lugar donde la quieran. Se queda cuando adivina las manos que ya la sostienen, cuando el miedo al abandono se va.

Frida y yo tenemos el peliño rizo, y  las dos lloramos solo cuando nos sentimos a salvo o cuando no podemos evitarlo, que es casi lo mismo. Las dos, como todos, como tú, aplazamos las huidas para cuando esté menos oscuro.

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Un comentario en “Frida y yo

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