Hombres disidentes

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La sala es pequeña, así que he llegado pronto. Me he sentado en la quinta fila. Es un antigua costumbre de los años de facultad: ni demasiado cerca para sentirme observada, ni demasiado lejos para arriesgarme a que la miopía me impida perder detalle. Pasar desapercibida, algo que llevo toda la vida haciendo y aún no tengo claro, si hago porque soy así o porque así es como me han enseñado a ser.

Él llega por el único pasillo que tiene la sala, en el lateral derecho. Llevo más de media hora sentada, mirando hacia la puerta, nerviosa. Quiero verlo entrar, saber si arrastra los pies al caminar, si lleva bufanda, si tiene las manos grandes y si de cerca conserva esa mirada opaca, inexpresiva, como de par de botones. Pero una vez más, llego tarde a todo creyéndome puntual. Me pierdo en el teléfono y cuando alcanzo a verlo, él ya asoma la cabeza tras la última columna que lo separa de la tarima. Sonríe a las primeras filas y mira al público que lo espera, con la mitad del cuerpo escondido tras la madera. Hola, qué tal, y la sala contesta sincronizada, tímida ante ese tipo al que creemos conocer pero con el que jamás hemos hablando.

Sube al escenario sin dejar de mirar a la sala repleta de gente, sonriendo como si se hubiese acordado de un chiste privado. Se sienta y dice que le gustan las charlas así, poco formales. Saca la primera carcajada al personal con una anécdota, la primera de muchas. David Trueba es un tipo delicado, ocurrente, simpático, que transmite esa sensación de los locales de madera calentitos y de luz tenue, cuando fuera arrecia el viento, la lluvia y el frío.

Una vez más, alguien le pregunta por su aparición como personaje en el libro de Javier Cercas, quizá esperando que esta vez sacuda el despecho, se indigne, saque eso que se espera de él por ser hombre. Se ríe, libre. Habla de cosas serias con una ironía lúcida, sin dejar de hacerse preguntas, siempre preocupado por entender. Es un tipo sensato, capaz de poner peros a la corriente antitaurina y que el público lo escuche atento sin un murmullo, sin un amago de abucheo. En este tiempo donde lo primero es el insulto y elegir bando bueno, él es un tipo con una opinión sólida que no ataca, con un respeto manifiesto por el otro que desbarata a todo el que no sea ya, un caso perdido. En el auditorio mudo, algunas cabezas señalan el desacuerdo desconcertadas por su empeño en sumar, en dialogar. Dice que a veces se siente un poco huérfano, un poco incomprendido, y me acuerdo de ese video de Jorge Drexler en el que cuatro amigos bailan una coreografía donde cada uno tiene su propio ritmo. ¿Quién preocupado por entender, no se siente un poco solo?

La charla termina rapidísimo en más de hora y media. La mujer que está sentada a mi lado me mira mientras se pone el abrigo: ” Qué maravilla de hombre, qué sensibilidad, qué gran conversador”. Pienso en mis tías, que nunca han visto en mis tíos nada más que un marido. En mi madre, que llora cuando hablamos de la única certeza que he tenido y le cuento que podíamos desnudarnos durante horas sin quitarnos una pizca de ropa. En mis abuelos, mi padre o mis tíos,  educados en un rol que jamás han puesto en duda, porque jamás creyeron que podían ser algo distinto a lo que eran.

Legiones de hombres que han educado a sus hijas para aquello que jamás aceptaron de sus parejas. Padres que dejaron de hablar con sus hijos cuando las cosas que les ocurrían cruzaban al terreno emocional, que un día dejaron de decirles que les querían, porque ya eran hombres, que dejaron de abrazarlos porque ya no hacía falta. Mujeres que pertenecen a una generación en la que los roles estaban tan marcados, que encontrar un hombre con el que hablar, un tipo que fuese su compañero y con el que quisiesen acostarse, era una suerte de lotería que no se veían capaces de acertar.

Los recuerdo echándose a la espalda ese rol viejuno del cabeza de familia, la responsabilidad de la economía familiar, aunque ellas también trabajasen. Jamás creyeron que podían aprender nada de ellas. Jamás vieron en ellas amigas, compañeras. Hombres incapaces de expresar una emoción sin que estuviese ligada al miedo o al cabreo. Como si hubiesen aprendido a ser hombres gracias a John Wayne y a ser padres estrictos, rectos y poco empáticos, como el Sr. Banks del principio de Mary Poppins. Pienso en lo solos que han debido de sentirse, en lo solos que quizás aún se sientan ahora.

Escucho a Trueba hablar de su padre, de su educación, del arraigo y los valores, y le escucho decir una y otra vez: pero yo no soy mi padre. No me quedé a que me firmase el libro, me fui. No me atreví a ponerme frente a él y decirle:  los tipos como tú, siempre dispuestos a equivocarse con sus propios errores, me ayudan a seguir creyendo. Me gustan los tipos como tú, poco preocupados de ser eso que se espera de vosotros por ser hombres: infalibles, fuertes, sin miedo, incansables, duros, insensibles. Me gustan los tipos como tú, los hombres disidentes de un rol caduco, los nuevos hombres buenos. Más justos y más libres.

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