La importancia de los espejos rotos

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En Cabo Polonio, en la costa uruguaya, hay un faro que ayuda a los caminantes a orientarse cuando se hace de noche. Cada doce segundos, la luz te permite intuir el camino y avanzar no más de diez o quince metros. Luego el faro deja de alumbrar y  tienes que elegir avanzar a tientas o quedarte quieto esperando.

La ausencia de luz hace que sea fácil perderse, pero lo mejor de tener que escucharlo todo, es que siempre puedes escuchar el sonido del mar. Aún perdido puedes dejarte guiar por su ruido y llegar a la playa en una de esas noches de mar de ardora. Las noctilucas llenan el agua salada de luz cuando llega la noche, y convierten las playas comunes en lugares distintos.

Todo esto lo sé porque me lo han contado o lo he leído, no he estado nunca en Uruguay. Tengo una guía de viaje que compré hace años y que releo de vez en cuando. Me compro guías de lugares a los que me gustaría ir. A algunos he ido, a otros aún no. También tengo dos ediciones preciosas de Charlie y la fábrica de Chocolate, de Roald Dahl.  No creo que a los niños uno deba decirles qué leer o qué ver, qué es lo bueno, pero sí poner a su alcance eso que para ti ha sido importante y que ellos juzguen si lo es o no para ellos. Educarlos libres, que sepan crearse un criterio propio y sean críticos con lo establecido. También guardo en casa varias copias de El Apartamento.

A Billy Wilder, el guión se le ocurrió viendo Breve encuentro ( David Lean, 1945). Así fue como comenzó a dibujar el personaje de Baxter, ese tipo solo en New York que alquila su apartamento a sus jefes para sus escarceos, mientras hace méritos para el ansiado ascenso. Incapaz de tomar decisiones o afrontar situaciones comprometidas, trabaja en una de esas colmenas de oficinas en la que uno no es nadie, porque uno nunca lo es por lo que hace, ni por lo que tiene. Pero Baxter aún no sabe que lo único que brilla es lo que uno es. El resto, solo es ruido.

El guión es redondo, los actores están increíbles. Es imposible que Baxter, desesperado por ser feliz, no despierte ternura. Imposible no sentirse cerca de la señorita Kubelik, esa mujer enamorada del tipo equivocado que no deja de hacerse putadas a sí misma, tan acostumbrada a que no la quieran que es incapaz de irse. Siempre sonrío con ella en esa fiesta de fin de año, cuando el tipo le descubre que Baxter se ha negado a darle las llaves de su apartamento y se ha despedido. Esa escena preciosa entre villancicos en la que las dos sabemos que ha llegado el final, porque por fin sabe que ella es mucho mejor que cualquier despacho con vistas.

Dos personajes quietos asomándose al abismo, sintiéndose cada vez más solos sin ser capaces de jugar a su favor. Dos personajes rotos, como ese espejo que no les deja olvidar cómo se sienten. Dos que se han quedado quietos esperando a que terminen esos doce segundos de oscuridad.

Guardo varias copias en casa para cuando mis ahijados sean mayores, por si la vida se me cruza. Todo junto a la guía de Uruguay. Me gustaría que nos tirásemos a los pies de las alfombras y decirles que se fijen bien, que aunque parezca que a Baxter lo salva la señorita Kubelik no es del todo cierto. Tampoco a ella la salva él. Cada uno toma las riendas de su vida, lo hace solo, se salva solo, pero lo hace porque ambos saben que juntos son mejores. Así, tirados en la alfombra, hablaremos de la cantidad de cosas horribles que nos hacemos por no sentirnos solos, de los abismos a los que nos asomamos, de las camas en las que abrazamos las cucharas para ver si alguna encaja. Tirados en la alfombra con patatas fritas y las aceitunas que Mario odia, les diré que miren a Baxter y a la señorita Kubelik, cada uno cegado por el brillo de las luces de colores, el confeti, el papel satinado, los renos y los señores de rojo que jamás se deslizarán por el hueco de la chimenea. Les hablaré de la importancia de reconocerse en la imagen que devuelven los espejos, sobre todo los rotos.

Les contaré que en el Cabo Polonio hay un faro que cada doce segundos da luz, que yo he estado allí. Que cada uno tiene que salvarse solo y que a veces, solo a veces, uno encuentra a alguien que le hace ser mejor. Alguien que viene a hacer de una playa común, un lugar distinto repleto de noctilucas. Alguien también roto, al que empujar y que te empuja. Todo lo demás, es solo cine.

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