El 8 de Marzo, yo paro

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Hace unos años, cuando alguien me preguntaba cuáles eran tres de mis escritores favoritos, tres pintores, tres fotógrafos. Dime tres altos cargos de empresas en las que hayas trabajado y a los que admires, tres científicos, tres deportistas, tres cocineros, tres periodistas, los primeros nombres que decía siempre eran hombres. ¿Por qué?

Lo primero, en aquel momento, fue pensar que esos tipos, que quizás sean los que más venden, los que más premios y reconocimiento han recibido, están ahí porque son los mejores. Esta asociación a lo Mr. Wonderful,  es una de las mayores trampas de la historia del consumo. Siempre hay alguien que decide, qué es lo bueno para ti y lo pone en una estantería, elige antes de que lo hagas tú. En un mundo que siempre ha estado dominado por hombres, y en los que las mujeres han tenido que despertarse a sí mismas, hacerse muchas preguntas y gritar para decir qué vida querían mientras ellos desarrollaban sus carreras profesionales, esa asociación del éxito a lo masculino es también una de las falacias que más ha condenado a las mujeres en el terreno profesional. Hombres y mujeres no venimos del mismo contexto histórico, no hemos tenido los mismos derechos, las mismas oportunidades, parece ridículo valorar la calidad, el éxito, solo mirando la línea de meta.

Hay dos peligros al mirar alrededor y descubrir que quien dirige el mundo, quien ocupa los puestos directivos, son en su mayoría varones. El primero es no tener perspectiva de género, y ni siquiera preguntarte por qué. El otro peligro es darse cuenta de que son hombres y  creer que esa lista es pura meritocracia, asociando la calidad al género. Ellos están ahí, muchos son tipos brillantes, pero no todos están ahí solo por serlo, muchos han llegado por su condición de varones. Todos en nuestra vida laboral, hemos visto a varones mediocres ocupando puestos a los que una mujer tendrá mucho más difícil el acceso. Quizás el verdadero avance social, el que dará el impulso verdadero al cambio,  sea ese: ser iguales en la mediocridad.

Soy una de esas mujeres que no sabe, no puede delimitar con claridad, cuánto del género ha marcado su vida laboral. Nunca he sentido acoso laboral o sexual, en primera persona. Nunca me ha parecido que mis logros profesionales hayan estado condicionados por ser mujer. Nunca me ha parecido que eso que me pasaba era discriminación sexual. Nunca nadie me ha aconsejado que no me reduzca la jornada, porque aquí no está bien visto.  Nunca me he presentado embarazada a una entrevista de trabajo. Nunca se han atrevido a decirme que en mi situación, es fácil entender que tenemos que despedirte. Nunca ninguno de mis jefes me ha dicho que las políticas que incentivan el empleo de la mujer son innecesarias. Nunca me han cambiado de puesto por decidir cuidar a mis hijos. He tenido suerte. Por eso, hoy,  yo paro.

Paro por mi abuela, que no tuvo tanta suerte. Paro porque mi madre, aunque no le guste el término, me ha enseñado más de feminismo que nadie.  Paro por mi tía Conchi, que tenía un montón de sueños y que trabajó siempre en casa para que sus dos hijos varones fuesen nuevos hombres buenos. Por mi tía Tina, que me enseñó el precio de ser libre. Paro por Pepi, que es como de mi familia, que nunca dejó de escribirme cartas en mis años de facultad para recordarme lo privilegiada que era de poder aprender, de viajar,  y que fue la primera en enseñarme que una mujer no es ni soltera ni casada. Paro por todas las mujeres de la calle de la Estación, de mi pueblo, todas mujeres, todas pequeñas empresarias que hoy no podrán o no querrán parar. Paro por todas las que abrieron camino en esa calle, en la que crecí , y que hoy y siempre me han servido de ejemplo. Paro por todas las mujeres que sufren violencia, por todas las que miran atrás cuando caminan por la noche. Paro por todas las mujeres muertas, solo por ser mujeres. Paro porque hay un montón de mujeres brillantes a las que he tenido que descubrir porque no aparecen en los planes de estudios. Paro porque no sé si mi salario está ligado a mi sexo, porque el presidente de mi país cree que la transparencia tampoco es tan relevante. Paro por la mujer que limpiaba la oficina de mi primer trabajo, que se escapó de casa con sus tres hijos antes de que su marido pudiese matarla a golpes y que tenía que lidiar con la sibilina presencia cerca de su culo, de aquel tipo que tenía el poder en aquella oficina. Paro por las que no pueden parar, por las que no son libres. Paro porque con veintiún años, cuando dejé a aquel tío, me susurró que tuviese cuidado al entrar al portal. Paro por todos los nadie te va a querer como yo. Paro por todos los conmigo no te va a faltar de nada. Paro para que ojalá tus hijas no tengan que parar. Paro porque creo en la responsabilidad individual de las personas que en situaciones privilegiadas, deben gritar por el que no puede hacerlo. Paro porque puedo, porque siempre he tenido mucha suerte y porque creo que la libertad, la igualdad, no debería ser cuestión del azar.

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