La abuela y Hemingway

Hemingway

En 1961, después de salir de aquel psiquiátrico, Hemingway hizo las maletas y se retiró a su casa de Ketchum, en Idaho. Leí a  Vila-Matas decir, que aquella era una casa para matarse. Inmediatamente la googleé con cuidado, temiendo las consecuencias que podía provocarme mirar aquel edificio. Hemingway se levantó un domingo, demasiado temprano para no ir a alguna parte, se puso la túnica del emperador, cogió una de las escopetas que guardaba bajo llave, la posó sobre la frente y se pegó un tiro. En Google también apareció su casa en Key West, Florida. No hay color. Hay lugares a los que uno vuelve para morir, y si no se muere se mata.

La casa de mi abuela siempre olerá a leña y caldo gallego, pero aún hoy, sabe a calamares en su tinta. Hace años, desde el patio trasero, el  cacareo de las gallinas invadía todos los rincones. Se  pavoneaban mientras levantaban el vuelo corto. Libres, pero no demasiado. A través de las contras de madera se colaba todo el azul de mayo;  desde las habitaciones, se escuchaba rápida bajar, el agua en la caldera. La casa era como el corazón de la abuela, siempre estaba abierto. Aunque aquella mosquitera despistase a los que solo pasaban a pie de puerta.

Casi puedo escucharla: «Eu quero morrer na miña casa, sin dolor».  Si cierro los ojos puedo encontrarla en cualquier rincón. Sentada en la cocina, con el rosario entre las manos pasando cuentas, anunciando misterios y padrenuestros. Hasta entonces nunca se había atrevido a pedir nada para ella, así que alguien debió creer que ya era hora de que aquella mujer que siempre había vivido para los demás, muriese solo para ella. En el año 2001, la abuela vivía en casa de mi tía Tina, a escasos doscientos metros de su propia casa. El 31 de diciembre, a las seis de la tarde, le dijo: «Antes de cenar, voulle cerrar ás pitas». La encontramos acurrucada, al lado del hueco por el que no ya se veía dormir a las gallinas. O nadie la avisó o no le permitieron negociar la fecha. No era propio de una mujer tan discreta morirse el día de fin de año.  Habían dejado de gustarle las uvas, también las pasas. Odiaba dejar la calceta a medias.

Cuando volvía del colegio y no la encontraba, lloraba y la llamaba gritando con una angustia ingobernable. Ella, que no solía andar muy lejos, respondía también a gritos con aquella voz aguda que me calmaba, rápida. Aquel fin de año no grité, no hablé, no dije nada. Ella ya no estaba allí, ya era otra.

A la abuela le encantaba leer el Hola. Se sentaba en una silla con sus gafas de cerca, agarraba la revista con las dos manos y  la levantaba a la altura de los ojos mientras calibraba la distancia moviendo la revista o la cabeza. Primero leía titulares, luego paseaba por los pies de foto y echaba un vistazo detallado a cada imagen. Antes de pasar a la entrevista, acercaba la silla a la mesa y apoyaba el brazo derecho, lo doblaba hacia el pecho con la palma sobre la revista. Con el codo izquierdo sobre la mesa, se sujetaba la cabeza en la otra mano. Podía tirarse horas en aquella posición. A veces arqueaba mucho las cejas. Nunca supo quien era Hemingway.

La abuela era una corchea. Gris oscuro. Destilaba soledad, miedo y tristeza. En los ojos llevaba una cortina de agua que no vi caer jamás. Hablaba poco y abrazaba muy fuerte. La abuela era tan dura como frágil, un poni bravo. Decía: « ¿Tú dónde lo sientes? ¿Aquí o aquí? En el estómago todos deberíamos sentir fame ou vergonza. El amor se siente aquí y eiquí. » Y  se señalaba primero la sien derecha y luego un lugar del pecho, cerca del corazón. La abuela hablaba en gallego, pero a mí siempre me hablaba en castellano.  Tenía que pensarlo, así que a veces se le olvidaba.

El sueño de la abuela siempre fue que sus nietos fixesen carreira. El aparador del salón, todavía muestra intacto su orgullo de orlas perfectamente alineadas. «Tesme que traer a foto cando acabe». Todos cumplían el encargo y ella compraba el marco, preferiblemente plata. Pertenecía a esa generación para la que el conocimiento era algo que admirar. La universidad era algo sagrado que nos haría parte de aquella clase social a la que ella nunca soñó pertenecer: los que habían tenido acceso a aprender. Aquella otra vida.

Estos días veo en las noticias a una señora, con el estómago tan vacío de hambre como de vergüenza, y pienso mucho en la abuela y en ese verso de Hemingway: «Trata de estar vivo, porque ya estarás muerto demasiado tiempo». La imagino repitiéndolo antes de salir a la calle cada mañana, antes de leer la prensa, antes de mirar a la cara a los que la rodean. Cada día es uno menos, políticamente muerta.

Quizá un día se despierte demasiado temprano, se ponga la bata de seda que más le gusta y se mire al espejo. Quizá note algo, una sensación nueva en la boca del estómago, confunda el hambre con la vergüenza y se vaya.

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3 comentarios en “La abuela y Hemingway

    • Muchísimas gracias, de verdad. Gracias por leer. Si lees desde el móvil, si abres el post desde internet( no desde la aplicación de wordpress) abajo de todo en la página, puedes meter tu mail y así te llegarán los avisos al correo. Un besiño grande.

      Le gusta a 1 persona

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