Otros veranos

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La piscina (1959, Jacques Deray)

Al principio no había agua salada. Había piedras mojadas en agua dulce y aquella especie de musgo que hacía resbalar las cangrejeras. Árboles enormes que daban sombra a mesas perennes, donde se servía la comida fría en recipientes de plástico reutilizable. Bebíamos de neveras portátiles, grandes y de color azul. Los mapas de carreteras se plegaban en la guantera de los SEAT y las cabinas de teléfonos informaban del tiempo y el tráfico.

No sabíamos qué era la prisa; no vivíamos queriendo llegar a otro lado, ser otra cosa. Éramos como aquellos arqueros japoneses aprendiendo a disparar con los ojos vendados; sin importarnos demasiado el objetivo, porque el tiempo era infinito. Porque no nos asustaba el tiempo.

Los veranos nos permitían estar; estar en verano. Había mañanas eternas en pantalones cortos sobre sofás de escay, con vasos de Nocilla llenos de Cola Cao y aquel frío de primera hora que no descubriríamos hasta muchos años después. Radiocasetes de dos pletinas y radiofórmula local. Enormes globos con chicles de fresa. Noches callejeando con las luces de las bicis apagadas. Veranos en los que bastaba gritar para que alguien viniese a salvarte. Aquel lugar donde nació ese miedo a no hacer pie.

El tiempo, los callejones, las pasarelas sobre el río, los muros que nos ayudábamos a saltar; todo era más alto y más grande. Todo brillaba más.

No recuerdo cuándo llegamos al mar. Algunas cosas se incorporan así a tu vida, como si siempre hubiesen tenido que estar ahí o como si en realidad, su llegada no fuese tan importante.  Así también llegaron otros veranos, no tuvimos otra opción. Mil horas de autobús a Cádiz, con los pies tan hinchados que nos costaba andar; el año que vimos arder el cielo sobre el Partenón; aquel que aprendimos qué era Ferragosto paseando por Roma. Nos despertaron las linternas de  la policía en un hostal en Lisboa; creímos que las cosas cambiarían si nos íbamos un verano a Escocia y descubrimos que todo lo pendiente se va, pero también vuelve contigo.

No recuerdo cuándo fue la primera vez. Todavía no habíamos ido a Nueva York; aún no lo hemos hecho. Ya éramos mayores para apedrear palomas en la Quinta o robar helados en la tienda del barrio. Nunca paseamos por Central Park ni vimos el World Trade Center. No nos hizo falta; lloramos como lo hicieron los neoyorquinos, con la misma desolación y el mismo asombro que describe Scott Fitzgerald, el día que inauguraron el Empire State. Miles de personas se subieron a los más alto del aquel mundo y descubrieron que Nueva York tenía límites. Que todo aquel amasijo de asfalto y luces de neón que creían un universo, solo era una ciudad.

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