Techos de cristal

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Una enfermedad periodontal, es una infección causada por bacterias que afectan tanto a las estructuras que rodean, protegen y sujetan al diente en la boca, como a las encías y tejidos. Es una enfermedad progresiva que se inicia como una inflamación del borde de la encía, y que puede avanzar hasta llegar a producir la pérdida del ligamento y del hueso que rodea al diente. Si no es tratada a tiempo, los dientes se van soltando progresivamente hasta perderse, aún cuando se vean aparentemente sanos.

A Julia le faltan dos dientes. No dos cualquiera, dos fáciles de identificar: un colmillo y el primer premolar superior izquierdo. Un hueco junto al otro, deja a simple vista dos dientes invisibles. Jamás los nombra. Nunca hace referencia a ellos. No están. Punto.

En un acto casi revolucionario se pinta la boca de un rojo muy vivo, como si estuviese comprometida con que todo el mundo notase la ausencia. Julia trabaja por horas en mi edificio. Plancha, prepara la comida y quita el polvo a los muebles de maderas nobles; caros como sus dos dientes.

-Juli, me gusta que me llamen Juli.

Viste faldas cortas, zapatillas de deporte, nunca lleva medias. Aún conserva mechones de pelo negro azabache. Julia, Juli, acaba de dar otra vuelta al sol y ya van setenta y ocho.

– Yo un día lo tuve así, como tú. A veces aún me lo tiño si quiero darle un toque.

Rizo. Que un día tuvo el pelo rizo, pero que con la edad y las canas fue perdiendo fuerza y ahora lo tiene así. Y se toca el pelo corto, con ondas divertidas.  Nos encontramos en el portal y comparamos nuestros labiales a la luz. Acerca el índice a mi boca, sin tocarla.

– Hazte así, a ver.

Y se pasa el dedo índice por los labios y me enseña la yema coloreada. La obedezco.  Ella coge mi mano y la acerca a la luz. Asiente con firmeza varias veces, seria.

– Eso te tiene que aguantar muchísimo, a mí este no me dura nada. Como cualquier cosa y se me va. Cuando Paco vivía no me pintaba casi nunca, solo en ocasiones especiales. A Paco le gustaba verme los labios pintados, al principio me daba reparo porque para los besos y eso…(Se ríe) Pero a Paco le daba igual mancharse la boca, hubiese gente o no. Eso me encantaba.

Julia y Paco se casaron muy jóvenes. Ella tenía diecinueve, él veintiuno. No me dejaban casarme con él. Mi padre no lo podía ver porque Paco era de izquierdas. A mí eso me daba igual, no me importaba la política. Es más, me gustaba escucharlo hablar. ¡Tenía una cabeza! Era muy inteligente, Paco. El caso es que un día lo hablamos y lo hicimos. Me quedé embarazada. No les quedó más remedio que tragar.  Y aprieta los dientes con fuerza. Todos, también los invisibles.

Siempre le había gustado coser, pero alguien tenía que cuidar la casa y a los niños. Antes no era como ahora. Sus hijos crecieron y ella fue haciéndose pequeña, pero dice que no se dio cuenta hasta muchos años después. El día del funeral de Paco, sacó del armario un pantalón divino de una lana negra que se había comprado en unos telares que había en Los Castros, y se hizo una pieza de esas que te quedan para siempre. Cuando quiso ponérselo, el pantalón le quedaba enorme; grande, largo. No valía ni para arreglar, una pena.

Estuvieron casados veinticinco años, hasta que Paco murió. Se quedó viuda a los cuarenta y cuatro, con cinco hijos. Los mayores ya trabajaban y con los otros hice lo que pude. Empezó a trabajar en algunas casas del barrio, cosía para algunas vecinas y así fue tirando. Siempre con la ayuda de mis hijos. Pero ellos también tienen bastante con lo suyo.

La pérdida de un solo diente puede tirar por los suelos la autoestima de cualquier persona. Puede que dejes de sonreír o de reír con naturalidad. Incluso puede que intentes esconder tus dientes al hablar, por vergüenza.  Julia vive, sonríe y se pinta la boca como si tuviese la dentadura perfecta. Los dientes son nuestro órgano más duro, incorruptible; son capaces de decir quienes somos aún cuando todo lo demás ha desaparecido. Lo dicen todo de nosotros, de Julia. También hablan los dientes que no están.

Julia me agarra de la mano y se acerca mucho a mí para que apruebe un nuevo rojo que le han regalado. Sonríe con los labios bien estirados. Puedo ver sus dos dientes invisibles. Mira, ¿ ves? ¿Te gusta? Y por un momento no sé de qué me habla.  Me lo regaló mi nuera. Es como el tuyo, aguanta un montón. A veces, creo que no se atreve a decirme: Míralos bien, Pilar. No están.  ¿Te dan miedo? Son el techo de cristal de una mujer gallega, obrera, de casi ochenta años.  Pilar, para que no te olvides, me pinto los labios del mismo rojo que tú.

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