Lo que ves no existe

 

El mago escribe algo en un papel. Lo dobla en tres o cuatro partes, y se lo entrega. Dime el primer nombre que se te pase por la cabeza. Ella se queda callada unos segundos. Dice Bruna. Él ladea la cabeza. Dice que es un nombre poco común. Ella dice que sí,  que es poco común. Es uno de los primeros nombres que recuerda, el reflejo de un vínculo roto demasiado pronto. Él hace ese gesto que la autoriza a leer el papel. Ella obedece. Repite no me lo puedo creer y enseña la palabra Bruna escrita en tinta azul. El mago se lleva un dedo a la sien, mira a la cámara: «Recuerden: todo lo que han visto es producto de su imaginación».

Aún no habíamos sentido el vértigo del cambio de milenio, no nos habíamos enamorado. Todavía buscábamos futuros en los horóscopos y creíamos que la casualidad siempre tenía un porqué. Teníamos edad para tener los mismos amigos de siempre, ni uno más, cuando el mago, aquel tipo de  nombre extranjero pero de aquí, vestido con un impecable traje oscuro, nos coló el primer truco.

Todo fue cayendo muy lentamente; así es como desaparecen la mayor parte de las cosas. Como si en ese movimiento imperceptible se escondiese la capacidad para sobrevivir, la habilidad necesaria para adaptarse a algo que no sabes bien qué es. Algo difícil de detectar a la velocidad de la vida. Fijar la vista y no ser capaz de distinguir si hay truco o solo magia.

En el Cantón Grande de A Coruña, el edificio del Banco Pastor domina la avenida desde un discreto segundo plano. Fue inaugurado a principios del siglo pasado para albergar la sede del banco. Después de absorciones y fusiones, después de la crisis y la recuperación económica, el año pasado el banco dejó de tener entidad jurídica. El edificio sigue ahí con sus vistas a tierra y mar, con el mismo color negruzco de su fachada, pero ya no existe. Los pilotes de madera sobre los que se construyó hace un siglo, asentados en arena de playa, también están ahí. La ciudad ganó terreno al mar para crecer, se adoquinó la playa. Hoy ni la playa ni el edificio existen, pero todo sigue estando ahí. Como si alguien hubiese decidido dejar el cartel de ese banco que ya no es y encenderlo cada noche para recordarnos lo que un día fue pero ya no. Un cartel enorme de luz blanca que señala una ficción.

Viajamos, hicimos mudanzas y amigos nuevos. Creímos elegir un futuro, una vida. Nos enamoramos. Descubrimos que los electrodomésticos tienen ahora obsolescencia programada, pero son necesarios para vivir. Creímos merecer seguridad, estabilidad laboral, convenios, trabajo, techo, comida, vacaciones pagadas. Todo se movió a esa velocidad que hace tan difícil percibir los cambios. Los lazos irrompibles se convirtieron en decepciones que dejaron de doler. Nos enamoramos del amor y no hubo luces de neón.

Creímos que todo estaba ahí, que nada podía haber cambiado tanto. Estábamos seguros de que los vendedores de humo, los tipos que para vivir no de lo que hacen sino de lo que otros creen que hacen, no podían apellidarse González o llamarse José Luis. No vimos el truco porque todo era magia.

 

 

 

 

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