Un domingo raro

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Escribo esto profundamente triste, saltándome una promesa que me hice: “No volveré a escribir sin antes metabolizar lo que siento”. Así que hoy me fallo a mí misma, otra vez para escribir de algo me duele. No siento rabia, solo pena.

Quizá estés en casa, con la radio y la tele encendidas, sin creerte que este país tenga algo que ver contigo. Quizá te sientas tan solo como me siento yo hoy. Me he despertado esta mañana temprano, nerviosa porque la radio anunciaba las primeras cargas policiales en Cataluña. He encendido la tele y me he echado a llorar. Un amigo me ha enviado un mensaje: “Pilar, hazte un favor y no pongas la tele”. Da un miedo bonito cuánto llega a conocerte alguna gente.

No sé bien qué significa sentirse gallega, tampoco española. Es muy probable que me sienta mucho más cerca de un asturiano, de un griego o de alguien de un pueblín perdido en la meseta. No entiendo qué hace que una persona saque una bandera al balcón, y lo entiendo menos si la bandera es española en estos días. Es como si tu marido dice que quiere irse de casa, y tú le enseñas la alianza. ¿Construye algo esto? ¿Aporta algo? Yo creo que no.

No entiendo que el lugar en el que naces, o al que has ido a vivir, sea un motivo para sentir orgullo. Así, como ente abstracto. El pasado no deja a nadie impoluto, tampoco el presente, y todos estamos hechos de pasado. Así que yo estoy hecha de mi abuelo José y mi abuelo Pepe, que se partían el lomo en el campo trabajando para el terrateniente de turno, en jornadas inmensas por dos duros. Aquellos tipos que explotaban a mis abuelos, también eran gallegos y españoles. Estoy hecha de mi abuela, que hacía quince kilómetros caminando por las vías del tren para que sus hijos pudiesen estudiar y tuviesen derecho a decidir, a elegir su vida, porque decidir es lo único que te mantiene libre. Los que le hacían más difícil el acceso a la educación a los hijos de un obrero, eran gallegos y españoles. Me gusta mi lengua, que es la de mis padres, mis abuelos,  y me molesta salir de aquí y que alguien me diga: ” no pareces gallega, no tienes acento”. Estoy hecha de mis tías, que tuvieron que emigrar a Francia para sacar a sus familias de la pobreza. Esos que impedían el desarrollo de esta comunidad, también eran gallegos y españoles. Así que el único orgullo que soy capaz de sentir, es hacia mi familia. Con todas sus luces y sus sombras.

No me siento nada, solo siento. Siento profundamente que no seamos capaces de respetarnos, que no seamos capaces de hablar, que las ideas y la tierra estén por encima de las personas. No entiendo a un tipo que se pone un uniforme para golpear a gente indiscriminadamente. No entiendo a los que gritan “a por ellos”. No entiendo nada, hoy.  No entiendo de patrias, ni de banderas, solo entiendo de personas.

En la calle hay un montón de emociones. Un montón de gente que no se siente como yo, que se siente orgullosa de un trozo de tierra que quizás ni siquiera ha escogido. Las calles llenas de emociones, los parlamentos vacíos de política. Todo en orden para el desorden. Aquí hemos llegado porque el gobierno ha decido no atender a aquello que le pedían. Creyó que no era importante porque no tenía nada que ver con sus ideas, y ya saben que lo bueno siempre es lo de uno. Miraron para otro lado, pensando que en política las cosas se solucionan de manera distinta que en la vida privada, y que eso de lo que no se habla, lo que no se resuelve y se calla, se disuelve. No saben que hay líneas, que igual que en las relaciones personales, una vez cruzadas hacen muy difícil volver a construir.

Así que, otro día el presidente de la Generalitat decidió saltarse las leyes porque aquella le parecía la única vía. Decidió que su libertad y la de una parte muy importante de la sociedad, estaba por encima de otra parte importante de la población. Se saltó aquello que para mí es una norma básica en la convivencia: la libertad de cada uno termina donde empieza la libertad del de enfrente. Y decidió llenar las instituciones de héroes insurrectos.

Así hemos llegado hasta aquí, con dos pirómanos manipulando las emociones de un montón de personas que creen en algo que a mí me cuesta entender, pero que parece muy importante para ellos y solo por eso merece todo mi respeto. Sin política, solo con emociones no se puede decidir. Con las emociones se elige, no se decide.

Yo no tengo hijos, pero hoy he pensado mucho en cómo les hubiese explicado esto. He visto a muchos críos con sus padres en la calle, viendo como la policía se llevaba las urnas a la fuerza. Esos niños ya son una nueva generación que crecerá recordando el día de hoy y es importante explicárselo, porque es importante que el odio, la rabia y el rencor no se haga hereditario. Así que si yo tuviese hijos, si mis hijos me hubiesen preguntado qué estaba pasando les diría que hay alguna gente que siente distinto, que es importante ponerse en la piel de las personas que no piensan como tú, eso es lo único importante, y luego les diría aquello que decía la abuela: decidir es lo único que te hace libre y feliz. Luego haríamos galletas y les pondría una peli para despistar, porque no sabría contestar más preguntas.

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Amor no romántico

« — Eres una ingenua- dijo Joe suavemente-. Con todo lo que sabes, y aún no sabes que se trata de una relación antagónica. No existe la amistad en el amor.

 — Rechazo esa definición-dije-. La rechazo de pleno. Si el amor es sólo un vínculo romántico, que le den.

 — Eres una cría- dijo Joe-. El amor no es más que eso. No hay vuelta de hoja.

— Pues pasaré sin él- dije-. Así no puedo vivir. »

 

      ‘Apegos feroces’, de Vivian Gornick.

 

Y la canción que suena en casa.

El pasado es como el polvo

« Hay pasado en todas partes. El pasado está posado sobre nosotros como el polvo sobre los muebles. Hay pasado en el presente y hay pasado en el futuro. Impregnado, agarrado, diluido, difuminado, mezclado, empastado, desenfocado. Hay pasado en el recuerdo, en el gesto, en los rasgos, en las frases por decir, en las soluciones. Hay pasado en la imaginación, que a veces es un proyector de experiencias vividas. Hay pasado en los pasos por dar, en la carrera por delante., en la mirada, en el cuento, en el invierno, en los sabores. Las canciones están hechas de pasado. No hay canciones futuristas, es un arte sin ciencia ficción. Hay pasado en las pasiones, en la desdicha, en los sueños. Hay pasado en el porvenir, en los planes de futuro y hasta en las hipotecas. Hay pasado en tus hijos, en tus nietos, en sus gestos, en sus nombres. Hay pasado en la calle de tu ciudad, en las afueras, hay pasado en cada persona, incluso en las que no han nacido aún.

Del pasado se huye, pero se regresa para buscar resguardo, en un movimiento contradictorio. El pasado es nuestro futuro.»

 

‘Tierra de campos’, de David Trueba.

Y la canción que suena en casa.

Lista de cosas fútiles

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ME GUSTA

Los trenes. Las playas desiertas. El calor en verano. Los vestidos que dejan la espalda al aire.  El frío del invierno. La lana. Caminar. Salir a correr en una ciudad que no es la mía. La insurrección ciudadana. Los cojines. Las casas de techos altos. Los colchones a no más de cuarenta centímetros del suelo. Los balcones de madera. Las terrazas con toldo. Los pueblos pequeños. Las plantas de interior. Las flores frescas. Cocinar. El chocolate blanco. Las tormentas. Los vestidos negros. Los abrazos por la espalda. Los besos en la nuca. Las camas deshechas. Las siestas después de desayunar. Los hombres con barba en coches sucios y destartalados. Doña Emilia Pardo Bazán y su santísimo par de cojones. Natalia Ginzburg. Delphine de Vigan. Raymond Carver. Los periodistas: Juan Tallón, Manuel Jabois, Rafa Cabeleira y Manuel de Lorenzo. Enric González. Las columnas de Leila Guerriero y las de Milena Busquets. Enamorarme solo de hombres a los que me gusta escuchar. Las sábanas blancas. Mi padre cuando descuelga el teléfono y me dice: «¡Ay! Hoooola amoooor!». La casa de mi abuela.  Mi madre diciendo: «Es muy friki». Los Fernández. Las sobremesas. La cerveza muy fría en cristal. Los mejillones al vapor. El laurel. El olor a berenjenas y pimientos asados con un chorrito de aceite y sal.  El monte en otoño. Los ataques de risa con mis amigas. La verdad de quien me quiere. Mi ahijado Mario, que adora las historias de Roma y Egipto. Mi ahijada Carme, que todavía está en edad de buscar qué le gusta y después odiarlo, como lo estamos todos. La palabra “fútil”. Los chicos de Huntza. Los domingos en mi casa mientras suena Carrusel Deportivo y fuera se hace de noche. Mirarme  las uñas recién pintadas. La ropa interior negra. Edimburgo. Roma. Vejer de la Frontera. Viajar a sitios en los que ya he estado.  El himno del Inter de Milán y agitar servilletas subidos a las sillas. La identidad. Las persianas. La gente que mira a los ojos y dice: «te doy mi palabra». Las personas fuertes que saben cuando tienen que serlo y cuando no.

NO ME GUSTA

Los aviones. Los calcetines. La insurrección desde las instituciones. El chándal. Las banderas de España en la ropa o en cualquier accesorio. El Pérez Reverte que se enseña en las redes. Los dioses. Los tibios. Las lánguidas. Las frases motivacionales.  Empezar a comer cuando todavía no ha llegado todo el mundo. Lavar lechuga. Imagine, de John Lennon. Conducir sin música. Follar en silencio. Depilarme las cejas. Cuando alguien dice: “No me interesa la política”. Las palabras “delicioso” y “estúpido”. La falta de compromiso. Las princesas, por muy intrépidas que sean. Los príncipes, por muy modernos que parezcan. Cortázar. Los hombres que tienen coches caros. El ruido de los platos al caerse unos contra otros en el fregadero. Los textos que no están perfectamente alineados y justificados. Poner el despertador en fin de semana o vacaciones. Las puertas entreabiertas. Las mujeres que atacan a otras mujeres solo por su sexo. Las mujeres que lo defienden todo de otras mujeres solo por su sexo. Los hombres que no son feministas. Las mujeres que no son feministas. El color marrón. Pablo Alborán. La gente que se declara sin vicios. Xabi Alonso. Amelie. Tocar el piano. Planchar. Los tangas. Hablar de algo importante de pie.

 

Monstruo bicéfalo

« Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo de seo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea»

 

‘La uruguaya’, de Pedro Mairal

 

Y la canción que suena en casa.

Echar agua al champú

Carver y Tess

Tess Gallagher y Raymond Carver

Llega apurado. Sé que es él porque ella ha agitado el brazo, y camina hacia su mesa. La besa y se queja del tráfico. El camarero trae una cerveza. Él le cuenta algo de una reunión que ha tenido hoy, ella no aparta la mirada del teléfono. Teclea mientras él le pregunta si ha ido a recoger algo que no consigo escuchar. Ella contesta no, me he olvidado. Él se queja y le recuerda que lo necesita, así que si se va a olvidar también mañana que lo avise e irá él.  Entonces ella deja el teléfono en la mesa y le cuenta que una amiga se muda a otra ciudad. Hablan de la vida de otros. No se oyen truenos. Sigue leyendo

Hombres termostato

 

« No quiero ser como los cerdos de la aldea, que ni se inmutan cuando le hacen algo al de al lado. No quiero ser como los pollos de la aldea, que huelen a sangre y picotean al débil. No quiero ser como yo. Estoy cansado de mí. No quiero ser Hombre Mediocre. Quiero ser Hombre Termostato. No pasa nada, hasta que pasa algo. Y entonces pasa todo. Y entonces hay que reaccionar. Para que todo pase.»

 ‘Rayos’, de Miqui Otero

 
Y la canción que suena en casa

Cuantitativos

 

« Pero creo que me querías, ni mucho, ni poco, me querías y punto. Siempre he pensado que los que dicen te quiero mucho, en realidad te quieren poco, o tal vez añaden el mucho, que en este caso significa poco por timidez o por miedo a la contundencia de te quiero, que es la única manera verdadera de decir te quiero. El mucho hace que el te quiero se convierta en algo apto para todos los públicos, cuando, en realidad, casi nunca lo es. Te quiero, las palabras mágicas que te pueden convertir en un perro, en un dios, en un chiflado, en una sombra.»

‘También esto pasará’, de Milena Busquets 


Y la canción que suena en casa

 

Fisonomías de un malnacido

 

« Quiero decir que mi apariencia era más la de los malnacidos que si han de darte por culo pagan a otro para que se ocupe, y menos la de los malnacidos que te dan por culo porque les han pagado para ocuparse (los bien nacidos no tienen apariencia definida; se les conoce al cabo de un buen rato de no darte por culo). Es posible que también, y me avergüenza admitirlo, me echara un poco más de Paco Rabanne o Armani, que es lo que usan los capullos como yo a partir de los treinta años para disimular el olor a podrido»

 

                                                                            ‘La flaqueza del bolchevique’, de Lorenzo Silva

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Y la canción que  suena en casa

 

 

 

 

Lo importante

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Foto de Ian Harper

 

Un joven marroquí cree que tiene que disculparse, repite una y otra vez que no todos son iguales. Dos obreros árabes, siempre sonrientes mirando tu piel blanca, hoy agachan la cabeza con los ojos inundados de pena y los labios apretados. Una mujer con velo llora desconsolada.

En los kioskos, las fotos de cuatro hombres con cara de niño. Diecisiete, veintidós. No puedo dejar de pensar qué es lo que han vivido, en tan poco tiempo, para hacer tanto daño. Quién les ha enseñado que quien pasea las plazas es el enemigo.

Uno aprende tarde que es más feliz, cuando menos sabe que lo es, cuánto menos se lo pregunta. Siempre espera que pase esto y lo otro, y a veces, la mayoría de las veces, la felicidad es que no pase nada. Pero eso, uno lo aprende siempre tarde.

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