Otros veranos

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La piscina (1959, Jacques Deray)

Al principio no había agua salada. Había piedras mojadas en agua dulce y aquella especie de musgo que hacía resbalar las cangrejeras. Árboles enormes que daban sombra a mesas perennes, donde se servía la comida fría en recipientes de plástico reutilizable. Bebíamos de neveras portátiles, grandes y de color azul. Los mapas de carreteras se plegaban en la guantera de los SEAT y las cabinas de teléfonos informaban del tiempo y el tráfico.
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Ropa tendida

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Hay una cuerda. En la cuerda ropa ordenada. Primero la ropa menuda: tres parejas de calcetines, braga, braga, braga, trapo de cocina, calzoncillo, calzoncillo, toalla de lavabo. Una toalla pequeña de un blanco que ya es perla, separa la piezas de otras más grandes: pantalón de pijama, camiseta Bacardi, sábana bajera, funda de almohada y nórdico. Un mosaico de blancos que lo fueron. Sigue leyendo

La abuela y Hemingway

Hemingway

En 1961, después de salir de aquel psiquiátrico, Hemingway hizo las maletas y se retiró a su casa de Ketchum, en Idaho. Leí a  Vila-Matas decir, que aquella era una casa para matarse. Inmediatamente la googleé con cuidado, temiendo las consecuencias que podía provocarme mirar aquel edificio. Hemingway se levantó un domingo, demasiado temprano para no ir a alguna parte, se puso la túnica del emperador, cogió una de las escopetas que guardaba bajo llave, la posó sobre la frente y se pegó un tiro. En Google también apareció su casa en Key West, Florida. No hay color. Hay lugares a los que uno vuelve para morir, y si no se muere se mata. Sigue leyendo

Lluvia en los zapatos

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Llueve y caminamos deprisa. Tú tiras de mi brazo, me llevas de aquí para allá mientras tratas de explicarme la diferencia entre dos dinosaurios con nombres que jamás seré capaz de repetir. Tenemos que esperar a que el semáforo se ponga en verde. ¿ De qué color está ahora el muñeco? Resoplas sin disimulo, levantas las cejas y señalas a un hombre con una gabardina por debajo de la rodilla y pantalones oscuros de traje,  que ha aprovechado el atasco formado por una furgoneta de reparto para moverse rápido y que la lluvia no le moje los pies. Pues él está cruzando, dices burlón. Él no tiene paraguas y nosotros sí. Saco del bolso un puñadito de caramelos blandos. Los dos sabemos que estoy comprándote pero aceptamos el trato sin remordimientos. Sigue leyendo

Hombres disidentes

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La sala es pequeña, así que he llegado pronto. Me he sentado en la quinta fila. Es un antigua costumbre de los años de facultad: ni demasiado cerca para sentirme observada, ni demasiado lejos para arriesgarme a que la miopía me impida perder detalle. Pasar desapercibida, algo que llevo toda la vida haciendo y aún no tengo claro, si hago porque soy así o porque así es como me han enseñado a ser. Sigue leyendo

Frida y yo

Verano 1993

Fotograma de Verano 1993

Hay un momento en el duelo de un adulto, en el que uno tiene que permitirse dejar de sufrir. Parece lógico tratar de desprenderse del dolor, sea el que sea,  pero no siempre la mente escoge ser práctica. En ese momento, dejar de sufrir es sinónimo de olvidar, permitir que se desdibujen los recuerdos y asumir la pérdida como definitiva. El dolor es lo único que parece recordar el amor que hubo, el que aún hay,  y desenredar ese nudo es hacer de la nueva vida casi una traición. Sigue leyendo

Lo que queda

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Ilustración de Paula Bonet

 

 

Mi tío camina con piernas ágiles y gesto serio. Erguido, con ese porte de Don Quijote que conserva, igual de frágil que ahora pero con más pudor. Corta maleza y hace montoncitos y nosotros los aplastamos saltando con fuerza. No se escuchan lobos, tampoco corzos, pero todos sabemos que están ahí. Igual que los miedos. Sigue leyendo

El postureo de la fruta

las-motas-de-la-frutaPuerta con mi portal, hay uno de esos ultramarinos de aire vintage que hacen las delicias de los modernos de ciudad. Es una tienda preciosa, con estanterías al techo y baldas de madera sujetas con hierro forjado frente al mostrador principal. Al fondo dos mesas vetustas, recogen frutas y verduras fresquísimas en bonitas cestas de mimbre,  que los dueños descargan cuando nos encontramos antes de que salga el sol.

En el escaparate un bodegón de  manzanas del verde más verde, fresas de un brillante rojo en enero,  caquis del mejor naranja. Me paro frente a él un par de veces al día, con la misma sensación que cuando me presentan a esas personas rectas, sin vicios, o cuando conozco a alguien que siempre parece feliz. Dónde están las motas en la fruta, dónde van a parar las frutas magulladas al carse del árbol. Dónde está la tierra en las lechugas o los puerros. Por qué nos empeñamos en que todo parezca lo que no es. Sigue leyendo

Las manos de mi padre

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Es un día de invierno y voy agarrada de la mano de mi padre. Llueve y lleva unos botines de color marrón con cordones. Tiene los pies enormes y es altísimo porque tengo que levantar la mirada y echar hacia atrás la cabeza un montón para poder verle la cara, mientras me explica algo que no recuerdo. Mi padre mide 1’68. Yo tengo seis años.

No recuerdo adónde vamos. Es de noche pero no demasiado, así que quizás vayamos a recoger a mi madre a la tienda para luego subir la calle los tres juntos. Algo que mi padre y yo, luego también mi hermano, haremos en invierno un montón de veces hasta que mi madre se jubile. A mi padre, las vacaciones siempre se las ha dado el clima así que en invierno las jornadas laborales eran más cortas y hacíamos familia, que dice él. Creo que por eso siempre le ha gustado tanto el invierno. Las vacaciones que él no se permitía, se las traía diciembre. Lo más lejos que viajó mi padre antes de casarse fue a doscientos kilómetros de casa, el año que hizo la mili en A Coruña. Nunca fuimos de vacaciones juntos, hasta que yo empecé a trabajar. Siempre he creído que ese fue el momento en el que él comenzó a respirar más tranquilo. Ya había estudiado a un hijo, ya podía disfrutar un poco. Sigue leyendo

Lobos y mujeres de lobo

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A Pepe su novia le ha dejado. No significa nada, antes él dejó a otras que fueron sus novias y tampoco significó nada. Pepe tiene cuarenta y uno. Juana, su ya ex, tiene casicuarenta. Un día se levantó y le dijo que se había acabado. Habían follado la noche anterior y a la hora del desayuno, Juana le dijo que ya no podían seguir así. Se acabó. Pepe se lo cuenta a  Paco y compañía. Qué puta loca. O sea, que follasteis la noche anterior y se levanta y te deja.  No cabrona, no perraca. No, no. Loca, dramática, histérica o exagerada. Depende del jardín y del barro. Sigue leyendo