La felicidad de lo inútil

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Paterson, de Jim Jarmusch

Estamos en la playa. Llevo unos vaqueros viejos, una sudadera y varias camisetas de manga larga, una sobre otra. Negro, blanco, gris. El pelo recogido, es un decir, este pelo nunca está recogido, en un moño alto. No sé que año es, solo sé que es junio y la playa se llena de olor a leña y sardinas. Bebemos estrellas mientras se hacen las brasas. Alguien cuenta una anécdota del colegio, cuando empezamos a ser adolescentes pero aún no lo sabíamos. Porque la mayoría de las cosas que un día somos, las somos sin ser conscientes. De repente, alguien pregunta para qué sirve mi idioma. Para qué tanto empeño en que los niños aprendan gallego, si cruzada Piedrafita no sirve para nada. Sigue leyendo

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Momentos

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Todo llega cuando tiene que llegar.

Hace unas semanas, vaciando las últimas cajas de la mudanza, encontré entre las páginas de un libro, un billete de autobús con fecha tres de julio de dos mil nueve.

Sin que el trayecto ni el destino tuviesen nada de especial, recuerdo perfectamente ese viaje. Era un fin de semana más, iba a  casa de mis padres y viajaba sola. Recuerdo que la batería de mi teléfono iba a tope, me llamó una amiga y la batería se agotó mucho antes de llegar al destino. El billete ha aparecido entre las páginas de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, de Alice Munro. Recuerdo hasta el motivo por el que compré ese libro. Había visto todas las películas de Isabel Coixet (las películas de esta mujer, igual que los museos, no son para el verano) y me fascinaba Sarah Polley.  En 2007 se estrenó como directora, en Lejos de ella. Sabía que el guión estaba basado en un cuento de Alice Munro, pero en ninguna parte encontré cuál era. Un día, mucho tiempo después, descubrí un libro de Munro con una pegatina en la portada: Incluye la historia que Sarah Polley ha adaptado a la gran pantalla. Aquello debió ser 2009, y yo me subí a aquel autobús con la intención de comenzar a leerlo, pero no lo hice. No lo hice ese día, ni al día siguiente. No lo hice tampoco en 2010. No lo he hecho, hasta hace un par de semanas. Sigue leyendo

Lo que ha dejado enero

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Amy Adams y Tom Ford, en el rodaje de Nocturnal Animals.

No ha sido en enero, pero me puede el hecho de conservar el título de la ya sección intermitente. Realmente esta es una lista de lo que más me ha gustado en 2016. Parece que no tiene mucho sentido escribir una lista sobre lo que más me ha gustado de un año en marzo del año siguiente, pero a mí la vida no me llega para todo. No puedo salir de cañas, hacer deporte sin éxito, ir al cine o a un concierto, leer, escribir también sin éxito, dormir, trabajar y luego publicar una lista para dejar aquí lo mejor del año, puntualmente en enero. Tengo que elegir y me gusta mucho la cerveza. Sigue leyendo

Nos queda todo

Nos queda todo

Nos queda todo

Él la busca en la cama y le susurra: « Qué sorte tiven o atoparte, morena». A ella se le descuelga esa mirada tierna que últimamente le cubre los ojos, y lo besa en la boca despacio. No le dice, yo también. Quizás a ella se le hace más difícil recordar sin que le duela. Ha sufrido como solo sabe hacerlo ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser quien es. Sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo. Por su capacidad infinita para que lo que tiene que doler, la torture hasta el extremo. Sigue leyendo

Patios de luces

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Durante años, en septiembre, mi madre y yo viajábamos juntas a Madrid.  Nos quedábamos a dormir en casa de la tía Manuela, cerca de la calle Orense. El edificio es una mole gris y sobria de no más de seis alturas, que ocupa toda la manzana. Quizás no sea así, pero así es como lo recuerdo. Es uno de esos edificios antiguos destinados a las familias de militares, con un ascensor de puerta de rejas  y un portero gordecho y sonriente, que subía los tres escalones cargado con nuestras bolsas de viaje. Lo único que recuerdo con detalle de aquella casa, son los ruidos que llegaban del patio de manzana, mientras la tía preparaba la cena. Yo era una mincha,  y aquellos ruidos me maravillaban. Me acercaba a la ventana, retiraba la cortina y me inventaba la vida de aquella gente. Oía freírse el aceite y el ajo, veía los delantales moverse ágiles por las cocinas mientras centelleaban los televisores del salón. Sigue leyendo

Las sillas musicales

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Fotografía de Tony Luciani

“Entonces, aprendimos a enfadarnos tanto con ese juego de las sillas musicales que prometía falsas expectativas como con nosotros mismos, que deberíamos haber visto que todas las verbenas se acaban, que todos los juegos tienen un fin y también una finalidad”–Rayos, Miqui Otero

Pedro era arquitecto hace siete años. Lo dice así, en pasado. Igual que cuando uno dice cuando era joven, para referirse a eso a lo que ya no puedes volver. Cuando todo estalló, él y su pareja vendieron la casa en la que vivían y se trasladaron a un piso de dos habitaciones, lejos del centro, donde los niños duermen en literas y ellos han hecho del salón, habitación y despacho para que Pedro diseñe webs mientras se ocupa de la casa. Su mujer, que también ha tenido que cambiar de trabajo, duerme en casa dos noches entre semana para que los niños sigan yendo al mismo colegio bilingüe que el hijo de ese otro arquitecto que todavía lo es. Agradecen su suerte muchas veces, sin saber muy bien a quién dirigir las gracias. Sigue leyendo

La vida sensible

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Algunas de las personas a las que más respeto, no puedo tocarlas. A otras, ni siquiera las conozco. No puedo hacerles preguntas, ni mirarlas a los ojos.

En estos días de titulares, gente reunida vendiendo humo, en los días del desgobierno yo reivindico el valor de lo sensible. El valor de gente que sin vicepresidencias, sin cargos imputados en sus listas, sin miradas al tiro de cámara, hace del cambio social una realidad más que latente. Valientes que miran a los lados para decidir en función de lo que creen les reportará más bienestar emocional, y será testamento vital para la siguiente generación. Sigue leyendo

Los alfileres de la felicidad

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«¿Así? Qué te parece. Te quito este trozo y te dejo tres centímetros de bajo por si las moscas». Pone un alfiler aquí, otro allí y me gira para que me mire en un espejo grande. El taller está en el salón de su casa y desde la cocina llega el olor a aceite friendo ajo. Quizás esté friendo conejo para luego guisarlo con patatas, zanahoria y champiñones. Todo así muy menudito para que la zanahoria casi no se aprecie. Casiodio la zanahoria. Sigue leyendo

Lo que ha dejado mayo

Foto de Michael Rougier

Foto de Michael Rougier

¡Aquí está de nuevo la sección intermitente!

Tengo que hacer algo con esta sección. Lo sé. Debería marcarme un día al mes y publicar esas cosas que veo o leo y que quiero obligaros a que veáis, ¡YA! Porque si no las veis quizás os pase algo malo, os sintáis seres incompletos y tremendamente infelices o no podáis respirar. Este blog está hecho también eso, para dar la tabarra sobre las cosas que veo y me apasionan. Sigue leyendo

Hombres que abrazan por la espalda

Algunas de las escenas que más me gustan del cine son solo imágenes acompañadas de música, sin una sola palabra. Como el final de Cinema ParadisoIo sono l’amore donde Emma, en su frenética carrera por salir de esa casa y huir de una vida que no es la suya, se detiene ante su hija hasta que ella mueve suavemente la cabeza dando su aprobación.

Una de mis favoritas, es esa escena de Drive en la que Ryan Gosling hace ese gesto con el brazo, y pone su cuerpo delante del de Carey Mulligan, cuando ve el peligro en ese ascensor. Solo es un gesto sí, pero poco más con menos. Como esos abrazos por la espalda, sin que el peligro sea ni siquiera imaginable.

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