Lo que ves no existe

 

El mago escribe algo en un papel. Lo dobla en tres o cuatro partes, y se lo entrega. Dime el primer nombre que se te pase por la cabeza. Ella se queda callada unos segundos. Dice Bruna. Él ladea la cabeza. Dice que es un nombre poco común. Ella dice que sí,  que es poco común. Es uno de los primeros nombres que recuerda, el reflejo de un vínculo roto demasiado pronto. Él hace ese gesto que la autoriza a leer el papel. Ella obedece. Repite no me lo puedo creer y enseña la palabra Bruna escrita en tinta azul. El mago se lleva un dedo a la sien, mira a la cámara: «Recuerden: todo lo que han visto es producto de su imaginación».

Aún no habíamos sentido el vértigo del cambio de milenio, no nos habíamos enamorado. Todavía buscábamos futuros en los horóscopos y creíamos que la casualidad siempre tenía un porqué. Teníamos edad para tener los mismos amigos de siempre, ni uno más, cuando el mago, aquel tipo de  nombre extranjero pero de aquí, vestido con un impecable traje oscuro, nos coló el primer truco. Sigue leyendo

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Techos de cristal

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Una enfermedad periodontal, es una infección causada por bacterias que afectan tanto a las estructuras que rodean, protegen y sujetan al diente en la boca, como a las encías y tejidos. Es una enfermedad progresiva que se inicia como una inflamación del borde de la encía, y que puede avanzar hasta llegar a producir la pérdida del ligamento y del hueso que rodea al diente. Si no es tratada a tiempo, los dientes se van soltando progresivamente hasta perderse, aún cuando se vean aparentemente sanos.

A Julia le faltan dos dientes. No dos cualquiera, dos fáciles de identificar: un colmillo y el primer premolar superior izquierdo. Un hueco junto al otro, deja a simple vista dos dientes invisibles. Jamás los nombra. Nunca hace referencia a ellos. No están. Punto.

En un acto casi revolucionario se pinta la boca de un rojo muy vivo, como si estuviese comprometida con que todo el mundo notase la ausencia. Julia trabaja por horas en mi edificio. Plancha, prepara la comida y quita el polvo a los muebles de maderas nobles; caros como sus dos dientes. Sigue leyendo

Ropa tendida

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Hay una cuerda. En la cuerda ropa ordenada. Primero la ropa menuda: tres parejas de calcetines, braga, braga, braga, trapo de cocina, calzoncillo, calzoncillo, toalla de lavabo. Una toalla pequeña de un blanco que ya es perla, separa la piezas de otras más grandes: pantalón de pijama, camiseta Bacardi, sábana bajera, funda de almohada y nórdico. Un mosaico de blancos que lo fueron. Sigue leyendo

La abuela y Hemingway

Hemingway

En 1961, después de salir de aquel psiquiátrico, Hemingway hizo las maletas y se retiró a su casa de Ketchum, en Idaho. Leí a  Vila-Matas decir, que aquella era una casa para matarse. Inmediatamente la googleé con cuidado, temiendo las consecuencias que podía provocarme mirar aquel edificio. Hemingway se levantó un domingo, demasiado temprano para no ir a alguna parte, se puso la túnica del emperador, cogió una de las escopetas que guardaba bajo llave, la posó sobre la frente y se pegó un tiro. En Google también apareció su casa en Key West, Florida. No hay color. Hay lugares a los que uno vuelve para morir, y si no se muere se mata. Sigue leyendo

Lo que queda

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Ilustración de Paula Bonet

 

 

Mi tío camina con piernas ágiles y gesto serio. Erguido, con ese porte de Don Quijote que conserva, igual de frágil que ahora pero con más pudor. Corta maleza y hace montoncitos y nosotros los aplastamos saltando con fuerza. No se escuchan lobos, tampoco corzos, pero todos sabemos que están ahí. Igual que los miedos. Sigue leyendo

Hacerse la rubia

Chimamanda Ngozi

“Enseñamos a los niños a tener miedo al miedo, a la debilidad y a la vulnerabilidad. Les enseñamos a ocultar quienes son realmente, porque tienen que ser, como se dice en Nigeria, hombres duros”-Chimamanda Ngozi Adiche.

Hace unos días, una mujer me contaba que le gusta que un tipo le abra la puerta. Se quedó un poco sorprendida cuando le pregunté por qué:

-Me gusta esa carrerita. Los dos pasos rápidos para ponerse delante de mí y dejarme pasar primero. ¿A ti, no?

-A mí no me molesta, pero no es algo que valore.

-Es un tema de educación.

-¿ Educación con las mujeres, los niños y los ancianos?

Nos reímos. No íbamos a ponernos de acuerdo, pero ese no es el motivo por el que dos entablan una conversación, así que seguimos. Hablábamos de la educación, de la igualdad. Le conté que en mi primer trabajo, un cliente llamó por teléfono enfadadísimo. Intenté calmarlo y pensar una solución rápida, pero no esperó. Páseme con su jefe. Le contesté que mi jefa estaba de baja maternal. Que me pase con su jefe hombre. Le dije que no tenía. ¡Cómo no va a tener usted un jefe hombre! Le mentí, claro. Siempre hay un hombre, y nos hemos acostumbrado tanto a que sea así, que todos damos por supuesto que no hay nada raro en ello. Sigue leyendo

Las sillas musicales

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Fotografía de Tony Luciani

“Entonces, aprendimos a enfadarnos tanto con ese juego de las sillas musicales que prometía falsas expectativas como con nosotros mismos, que deberíamos haber visto que todas las verbenas se acaban, que todos los juegos tienen un fin y también una finalidad”–Rayos, Miqui Otero

Pedro era arquitecto hace siete años. Lo dice así, en pasado. Igual que cuando uno dice cuando era joven, para referirse a eso a lo que ya no puedes volver. Cuando todo estalló, él y su pareja vendieron la casa en la que vivían y se trasladaron a un piso de dos habitaciones, lejos del centro, donde los niños duermen en literas y ellos han hecho del salón, habitación y despacho para que Pedro diseñe webs mientras se ocupa de la casa. Su mujer, que también ha tenido que cambiar de trabajo, duerme en casa dos noches entre semana para que los niños sigan yendo al mismo colegio bilingüe que el hijo de ese otro arquitecto que todavía lo es. Agradecen su suerte muchas veces, sin saber muy bien a quién dirigir las gracias. Sigue leyendo

Las manos de mi padre

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Es un día de invierno y voy agarrada de la mano de mi padre. Llueve y lleva unos botines de color marrón con cordones. Tiene los pies enormes y es altísimo porque tengo que levantar la mirada y echar hacia atrás la cabeza un montón para poder verle la cara, mientras me explica algo que no recuerdo. Mi padre mide 1’68. Yo tengo seis años.

No recuerdo adónde vamos. Es de noche pero no demasiado, así que quizás vayamos a recoger a mi madre a la tienda para luego subir la calle los tres juntos. Algo que mi padre y yo, luego también mi hermano, haremos en invierno un montón de veces hasta que mi madre se jubile. A mi padre, las vacaciones siempre se las ha dado el clima así que en invierno las jornadas laborales eran más cortas y hacíamos familia, que dice él. Creo que por eso siempre le ha gustado tanto el invierno. Las vacaciones que él no se permitía, se las traía diciembre. Lo más lejos que viajó mi padre antes de casarse fue a doscientos kilómetros de casa, el año que hizo la mili en A Coruña. Nunca fuimos de vacaciones juntos, hasta que yo empecé a trabajar. Siempre he creído que ese fue el momento en el que él comenzó a respirar más tranquilo. Ya había estudiado a un hijo, ya podía disfrutar un poco. Sigue leyendo

Abrazos

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Los largos, para despedirse. Los que te acarician la espalda después del llanto o te abrigan durante. Esos que te rodean el cuerpo con una mano, y ponen la otra sobre tu cabeza. Los apretaditos que no dejan hueco para esconder las ganas.

Están los abrazos de los que aún están y los de los que, aún estando, ya no están. Los de esos que han pasado a ser las amistades desaparecidas, que escribe Javier Marías, y que quizás el tiempo se encargue de poner en otro lugar.

Están los que das por última vez, aunque tú no lo sepas, y que ya no recuerdas porque uno no da valor a los brazos que aun tiene. La morriña viene después, cuando sólo puedes imaginarlos.  Sigue leyendo

Cumplir las normas

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Uno de los recuerdos que guardo intactos, es la muerte de mi abuelo. Murió diez días antes de que naciese mi hermano. Yo tenía siete años.

Recuerdo llegar a casa después después del entierro, es la única vez que he visto llorar a mi padre. Recuerdo las sillas dispuestas contra la pared, haciendo un círculo en el salón. Recuerdo ser una niña y no encender la tele, no porque alguien dijese que no podía hacerlo sino porque sentía que el silencio era demasiado serio como para romperlo. Recuerdo que esa tarde la abuela me explicó cómo se formaban las estrellas. En la cocina de su casa, mientras me hacía un bocadillo de Nocilla como si fuese un día de fiesta, me explicó lo importante que era para los barcos que el cielo no se apagase.  Me dijo que ahora el abuelo era una estrella, que había tenido que irse rápido para que un barco pudiese llegar a puerto, y que  si lo echaba de menos no tenía más que decírselo y las dos esperaríamos a que se hiciese de noche para ver la primera que iluminase el cielo. No me dijo que ella también sería un día estrella y que yo suspendería Astronomía en la facultad. Sigue leyendo