El 8 de Marzo, yo paro

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Hace unos años, cuando alguien me preguntaba cuáles eran tres de mis escritores favoritos, tres pintores, tres fotógrafos. Dime tres altos cargos de empresas en las que hayas trabajado y a los que admires, tres científicos, tres deportistas, tres cocineros, tres periodistas, los primeros nombres que decía siempre eran hombres. ¿Por qué?

Lo primero, en aquel momento, fue pensar que esos tipos, que quizás sean los que más venden, los que más premios y reconocimiento han recibido, están ahí porque son los mejores. Esta asociación a lo Mr. Wonderful,  es una de las mayores trampas de la historia del consumo. Siempre hay alguien que decide, qué es lo bueno para ti y lo pone en una estantería, elige antes de que lo hagas tú. En un mundo que siempre ha estado dominado por hombres, y en los que las mujeres han tenido que despertarse a sí mismas, hacerse muchas preguntas y gritar para decir qué vida querían mientras ellos desarrollaban sus carreras profesionales, esa asociación del éxito a lo masculino es también una de las falacias que más ha condenado a las mujeres en el terreno profesional. Hombres y mujeres no venimos del mismo contexto histórico, no hemos tenido los mismos derechos, las mismas oportunidades, parece ridículo valorar la calidad, el éxito, solo mirando la línea de meta. Sigue leyendo

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Pequeña Miss Sunshine

Niñas Estocolmo

“No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca

no te salves”

Mario Benedetti

El abuelo entra contigo en el colo. Aquí, a los niños no los llevamos en brazos, aquí los cogemos en el colo o les damos un colo. Camina unos pasos y te baja al suelo. Tú aún eres muy cativa y los brazos del abuelo son largos, pero no lo suficiente como para no tener que descolgarse sobre su lado derecho para agarrarte de la mano. Sigue leyendo

Hacerse la rubia

Chimamanda Ngozi

“Enseñamos a los niños a tener miedo al miedo, a la debilidad y a la vulnerabilidad. Les enseñamos a ocultar quienes son realmente, porque tienen que ser, como se dice en Nigeria, hombres duros”-Chimamanda Ngozi Adiche.

Hace unos días, una mujer me contaba que le gusta que un tipo le abra la puerta. Se quedó un poco sorprendida cuando le pregunté por qué:

-Me gusta esa carrerita. Los dos pasos rápidos para ponerse delante de mí y dejarme pasar primero. ¿A ti, no?

-A mí no me molesta, pero no es algo que valore.

-Es un tema de educación.

-¿ Educación con las mujeres, los niños y los ancianos?

Nos reímos. No íbamos a ponernos de acuerdo, pero ese no es el motivo por el que dos entablan una conversación, así que seguimos. Hablábamos de la educación, de la igualdad. Le conté que en mi primer trabajo, un cliente llamó por teléfono enfadadísimo. Intenté calmarlo y pensar una solución rápida, pero no esperó. Páseme con su jefe. Le contesté que mi jefa estaba de baja maternal. Que me pase con su jefe hombre. Le dije que no tenía. ¡Cómo no va a tener usted un jefe hombre! Le mentí, claro. Siempre hay un hombre, y nos hemos acostumbrado tanto a que sea así, que todos damos por supuesto que no hay nada raro en ello. Sigue leyendo

Las sillas musicales

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Fotografía de Tony Luciani

“Entonces, aprendimos a enfadarnos tanto con ese juego de las sillas musicales que prometía falsas expectativas como con nosotros mismos, que deberíamos haber visto que todas las verbenas se acaban, que todos los juegos tienen un fin y también una finalidad”–Rayos, Miqui Otero

Pedro era arquitecto hace siete años. Lo dice así, en pasado. Igual que cuando uno dice cuando era joven, para referirse a eso a lo que ya no puedes volver. Cuando todo estalló, él y su pareja vendieron la casa en la que vivían y se trasladaron a un piso de dos habitaciones, lejos del centro, donde los niños duermen en literas y ellos han hecho del salón, habitación y despacho para que Pedro diseñe webs mientras se ocupa de la casa. Su mujer, que también ha tenido que cambiar de trabajo, duerme en casa dos noches entre semana para que los niños sigan yendo al mismo colegio bilingüe que el hijo de ese otro arquitecto que todavía lo es. Agradecen su suerte muchas veces, sin saber muy bien a quién dirigir las gracias. Sigue leyendo

El amor valiente

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Los puentes de Madison

Hace unos meses en la final de la Copa del Mundo de triatlón, uno de los aspirantes al título colapsó a 300 metros de meta. Iba en primer lugar y tenía todas las papeletas para proclamarse campeón si pasaba no sé qué carambola por detrás, pero empezó a tambalearse. La piel de la cara nívea,  desorientado y agarrado a la valla con la mirada lejos. Fue su hermano quien lo hizo llegar a meta, donde lo empujó para que cruzase antes que él. Sigue leyendo

La libertad no se mide en metros de tela

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No te vas a creer lo que he soñado para terminar el año. Pues resulta que una cadena de televisión privada, no en Rusia, ni en Estados Unidos, ni en un país remoto del que no conoces su capital, aquí en España. Un canal daba bombo y platillo a la vestimenta de una presentadora en prime time. La cubría con una capa, y mientras millones de españoles esperaban, atendiendo a la expectación generada en los últimos meses en las redes, su compañero le quitaba la capa para dejar al descubierto la escasa tela y su maravilloso cuerpo cubierto de estrellas minúsculas y transparencias mientras daban la bienvenida no a 1967, ni siquiera a 1987, sino a 2017. Sigue leyendo

Pellizcos

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Es justo ahí, donde se necesita para que te apriete la garganta y notes el nudo. No pide permiso, pasa y ya. En la oficina, en el coche o en la cocina de tu casa.

Suele ser cosa de la voz cantada o no, de una imagen trágica o tierna. La vista y el oído son los sentidos con los que uno aprende a emocionarse, luego llega el resto para erizar la piel.

Así que una lo siente ahí cuando escucha a Nuria Espert recitar a Lorca en la entrega del Princesa de Asturias, cuando escucha a Darin hablar del amor.
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La niebla

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“Yo era primero y estaba equivocado, y lo prefiero a ser segundo y acertar.”  Iván Ferreiro.

Tuve un profesor en la autoescuela, que siempre decía que había tres fenómenos críticos para la conducción: la primera lluvia sobre el asfalto seco, el  momento en que empezaba a nevar y la niebla. Sobre todo la niebla, decía.

La niebla oculta el camino, también las curvas hasta que ya estás en ellas. La niebla baja cubre las copas de los árboles, para que tengas que adivinar la altura mirando solo el tronco; hace desaparecer edificios y puentes. La niebla que entra del mar, transforma las playas de ciudad en desiertos de arena urbanos. Diluye las verdaderas formas de las cosas, hace que tengas que intuir porque no puedes ver. Sigue leyendo

Abrazos

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Los largos, para despedirse. Los que te acarician la espalda después del llanto o te abrigan durante. Esos que te rodean el cuerpo con una mano, y ponen la otra sobre tu cabeza. Los apretaditos que no dejan hueco para esconder las ganas.

Están los abrazos de los que aún están y los de los que, aún estando, ya no están. Los de esos que han pasado a ser las amistades desaparecidas, que escribe Javier Marías, y que quizás el tiempo se encargue de poner en otro lugar.

Están los que das por última vez, aunque tú no lo sepas, y que ya no recuerdas porque uno no da valor a los brazos que aun tiene. La morriña viene después, cuando sólo puedes imaginarlos.  Sigue leyendo

Cumplir las normas

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Uno de los recuerdos que guardo intactos, es la muerte de mi abuelo. Murió diez días antes de que naciese mi hermano. Yo tenía siete años.

Recuerdo llegar a casa después después del entierro, es la única vez que he visto llorar a mi padre. Recuerdo las sillas dispuestas contra la pared, haciendo un círculo en el salón. Recuerdo ser una niña y no encender la tele, no porque alguien dijese que no podía hacerlo sino porque sentía que el silencio era demasiado serio como para romperlo. Recuerdo que esa tarde la abuela me explicó cómo se formaban las estrellas. En la cocina de su casa, mientras me hacía un bocadillo de Nocilla como si fuese un día de fiesta, me explicó lo importante que era para los barcos que el cielo no se apagase.  Me dijo que ahora el abuelo era una estrella, que había tenido que irse rápido para que un barco pudiese llegar a puerto, y que  si lo echaba de menos no tenía más que decírselo y las dos esperaríamos a que se hiciese de noche para ver la primera que iluminase el cielo. No me dijo que ella también sería un día estrella y que yo suspendería Astronomía en la facultad. Sigue leyendo