Otros veranos

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La piscina (1959, Jacques Deray)

Al principio no había agua salada. Había piedras mojadas en agua dulce y aquella especie de musgo que hacía resbalar las cangrejeras. Árboles enormes que daban sombra a mesas perennes, donde se servía la comida fría en recipientes de plástico reutilizable. Bebíamos de neveras portátiles, grandes y de color azul. Los mapas de carreteras se plegaban en la guantera de los SEAT y las cabinas de teléfonos informaban del tiempo y el tráfico.
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Lluvia en los zapatos

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Llueve y caminamos deprisa. Tú tiras de mi brazo, me llevas de aquí para allá mientras tratas de explicarme la diferencia entre dos dinosaurios con nombres que jamás seré capaz de repetir. Tenemos que esperar a que el semáforo se ponga en verde. ¿ De qué color está ahora el muñeco? Resoplas sin disimulo, levantas las cejas y señalas a un hombre con una gabardina por debajo de la rodilla y pantalones oscuros de traje,  que ha aprovechado el atasco formado por una furgoneta de reparto para moverse rápido y que la lluvia no le moje los pies. Pues él está cruzando, dices burlón. Él no tiene paraguas y nosotros sí. Saco del bolso un puñadito de caramelos blandos. Los dos sabemos que estoy comprándote pero aceptamos el trato sin remordimientos. Sigue leyendo

La luz distinta

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Tengo un amigo que siempre cuenta cómo supo que quería estar para siempre con su chica. Fue un domingo de febrero, llevaban meses quedando y en la tele ponían La caza del octubre rojo. Ella dijo: « me encantan las películas de submarinos». Dice que el clic sonó tan fuerte, que el vecino del quinto bajó a asegurarse de que todo estaba bien. Cinco años después, dejó a aquella chica.

En el cine o en la literatura, lo importante casi nunca es el final. Hay tramas que merece la pena vivir, leer, aunque uno ya sepa quién es el asesino o el muerto. De la vida todos conocemos el final, y eso es lo único que de verdad nos permite disfrutar del cuento. Sigue leyendo

Cortinas y estrofas

Olivia Bee

La fotografía es de Olivia Bee

CORTINAS

Hace unos días, mientras tendía la colada, una vecina colgaba unas cortinas. ” Perdona, ¿te puedo pedir un favor? Me voy a poner detrás, ¿me dices si me ves?” Se echó la cortina por delante y no hizo falta que le dijese nada, ella me veía perfectamente detrás de ese visillo como papel de fumar. “No hay posibilidad de intuirte”, le dije. Y nos echamos a reír. La cortina sigue ahí, tratando de tapar un cuerpo medio desnudo, una escena íntima o simplemente las rutinas, por muy simplonas o poco escabrosas que sean. Son suyas. Sigue leyendo

Pequeña Miss Sunshine

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“No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca

no te salves”

Mario Benedetti

El abuelo entra contigo en el colo. Aquí, a los niños no los llevamos en brazos, aquí los cogemos en el colo o les damos un colo. Camina unos pasos y te baja al suelo. Tú aún eres muy cativa y los brazos del abuelo son largos, pero no lo suficiente como para no tener que descolgarse sobre su lado derecho para agarrarte de la mano. Sigue leyendo

Escoge solo tres

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Me paso el día estableciendo prioridades. Listas de tareas que dejo para el día siguiente en la oficina, quedadas, visitas familiares, viajes. Luego se me van colando cosas que me desbaratan, folios y folios de empeño por poner orden entre lo que tengo y lo que quiero hacer. Sigue leyendo

Nos queda todo

Nos queda todo

Nos queda todo

Él la busca en la cama y le susurra: « Qué sorte tiven o atoparte, morena». A ella se le descuelga esa mirada tierna que últimamente le cubre los ojos, y lo besa en la boca despacio. No le dice, yo también. Quizás a ella se le hace más difícil recordar sin que le duela. Ha sufrido como solo sabe hacerlo ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser quien es. Sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo. Por su capacidad infinita para que lo que tiene que doler, la torture hasta el extremo. Sigue leyendo

Patios de luces

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Durante años, en septiembre, mi madre y yo viajábamos juntas a Madrid.  Nos quedábamos a dormir en casa de la tía Manuela, cerca de la calle Orense. El edificio es una mole gris y sobria de no más de seis alturas, que ocupa toda la manzana. Quizás no sea así, pero así es como lo recuerdo. Es uno de esos edificios antiguos destinados a las familias de militares, con un ascensor de puerta de rejas  y un portero gordecho y sonriente, que subía los tres escalones cargado con nuestras bolsas de viaje. Lo único que recuerdo con detalle de aquella casa, son los ruidos que llegaban del patio de manzana, mientras la tía preparaba la cena. Yo era una mincha,  y aquellos ruidos me maravillaban. Me acercaba a la ventana, retiraba la cortina y me inventaba la vida de aquella gente. Oía freírse el aceite y el ajo, veía los delantales moverse ágiles por las cocinas mientras centelleaban los televisores del salón. Sigue leyendo

El postureo de la fruta

las-motas-de-la-frutaPuerta con mi portal, hay uno de esos ultramarinos de aire vintage que hacen las delicias de los modernos de ciudad. Es una tienda preciosa, con estanterías al techo y baldas de madera sujetas con hierro forjado frente al mostrador principal. Al fondo dos mesas vetustas, recogen frutas y verduras fresquísimas en bonitas cestas de mimbre,  que los dueños descargan cuando nos encontramos antes de que salga el sol.

En el escaparate un bodegón de  manzanas del verde más verde, fresas de un brillante rojo en enero,  caquis del mejor naranja. Me paro frente a él un par de veces al día, con la misma sensación que cuando me presentan a esas personas rectas, sin vicios, o cuando conozco a alguien que siempre parece feliz. Dónde están las motas en la fruta, dónde van a parar las frutas magulladas al carse del árbol. Dónde está la tierra en las lechugas o los puerros. Por qué nos empeñamos en que todo parezca lo que no es. Sigue leyendo

Aunque a veces duela

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A veces me siento frente al ordenador sin saber bien qué es lo quiero decir.  Hoy tengo una idea de lo que quiero contarte, pero no tengo claro si lo que saldrá de aquí será eso exactamente.

Hace unos días, un amigo me envió por mail un vídeo que corre por las redes y que ha impulsado la Generación 2015. Es uno de esos que tocan la patata en estas fechas, pero que en enero, por suerte,  ya se nos habrá olvidado. No sé si podría vivir siempre subida al alambre, pensando en si esa es la última vez que veré a alguien o dónde estará ese cuerpo, o el mío, por estas fechas el año que viene. El vídeo, que seguro has visto, pregunta qué regalarías a esas personas que son tu red de seguridad, un par , quizá tres, y qué otra si supieses que estas son sus últimas navidades. Sigue leyendo