El amor es como un chicle.

Hamacas

Foto de Elliot Erwitt .

Hace tiempo que agradecéis ver el paisaje desde filas distintas. Mucho tiempo, desde que las hamacas tienen el mismo peso ocupadas que vacías.

Lo harás. Tarde o temprano cerrarás la puerta por fuera y no volverás a dudar, hasta el domingo por la tarde. Ese es el papel de  los domingos, llevarte una y otra vez al lugar en el que has sido feliz.

Lo supiste un día pasadas las doce, cuando al volver a casa después de un juevessocial cerraste la puerta por dentro y te negaste a abrir. Lo supiste cuando aquello no te pareció una humillación y otro día pasadas las doce, diste de nuevo dos vueltas al cerrojo sin pestañear.

Supiste que te irías el día que celebraste a escondidas vuestro primer mes sin hablaros viviendo bajo el mismo techo. Una fiesta con dos camas y el mejor repertorio de silencio rebotando en las paredes de lo que, solo a temporadas, es un hogar. Te has convencido de que ese silencio no es una forma de maltrato y lo has incorporado a tu vida como algo normal. Un juego habitual, que gana el más fuerte.

Lo supiste todos los días que pensaste que hacía años que no erais un par. Cada uno mirando a una primavera con la esquina algo más que rota, acumulando perdones y pecados. Miradas con recelo, confianza con otros que no sois vos. Almacenando ningún proyecto en común, apilando reproches. Dos delanteros en un equipo sin centro del campo.

Lo supiste el día que descubriste algo arrugado, echo un gurruño en tu mesilla de noche. No la reconociste, hace años que vives sin ella. La perdiste poco a poco, primero cuando te convenció de que no opinar de nada era lo más prudente, que sentados en una mesa debías guardar el silencio que entrenabais durante meses, porque eso era lo mejor que podías decir. Tu autoestima fue haciéndose un ovillo, un gurruño que ahora descubres en la mesita, y  tú la dejaste ir porque así, creíste, evitarías el conflicto.

Dejó de respetarte y tú solo supiste hacer lo mismo. Hasta el respeto a uno mismo tiene que entrenarse, no lo olvides.

Lo supiste el día que descubriste que jamás seríais una familia, que eso no era negociable porque quien tiene la verdad absoluta decide sin consultar.  Ya sabes cual es tu deber, así que no mereces más.

Cada vez que decides quedarte suenan a tu alrededor un: «aguanta un poco más, hazlo por ellos», « le quiero con toda mi alma». Alguien que te quiera bien, debería estar cerca para decirte que eso que te duele, lo que te humilla, no tiene nada que ver con el amor. El amor es otra cosa.

Deberían contarte que hay gente que quiere tan bien, que abraza cuando te despiertas, besa al llegar a casa, llama a media tarde para invitarte a un café. Gente que cree y tiene fe en el otro, que camina a tu lado y te agarra de la mano cuando te tiemblan las rodillas. Gente a la que si le diesen a elegir dos personas, te elegiría dos veces a ti.

Deberían contarte que algunos aún lloran en su aniversario de boda, hacen planes de fin de semana, les hace feliz hacer feliz. Gente que no tiene más allí que ahora para ser feliz, que te aplaude cuando te desnudas y que te ve perfecto vestido de nada.

Gente que sabe que cuando del amor ya solo es un chicle que sabe a recuerdo de fresa ácida, no sirve de nada envolverlo para después.

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5 comentarios en “El amor es como un chicle.

  1. Siempre lo sabes. Lo sabes cuando dices de tocar su mano por si vuelves a esos momentos de piel erizada por un simple roce. Lo sabes cuando te obligas a darle un beso cada vez que entras en casa. Lo sabes. Y duele cuando rompes el límite elástico de ese chicle.
    Lo sabes cuando te preguntas… qué hacemos aquí?, cuando deja de importarte qué tal fue su día, cuando hablas sin parar de cosas que pasan por ahí por no hablar de las cosas que no pasan aquí, cuando sacas el móvil y no es a él a quien escribes, ahí fluyes por la zona de fluencia.
    Y lo sabes cuando le dices cosas hirientes y oyes lo que hubieses jurado que nunca oirías de su boca. Y cuando te sientas sin tocarlo, y te acuestas sin rozarlo, y hablas sin oirlo y llegas al límite plástico.
    Y lo sigues sabiendo cuando no te atreves a salir de ahí, cuando tienes miedo a estar sola, cuando cierras los ojos y piensas que es normal, que así estamos todos pasado un tiempo.
    Y, finalmente, tienes que agradecer que él también lo supiera, y fuera todo lo valiente que no pudimos ser…
    ….Y los domingos ya no se van por los pliegues del sofá con una botella!

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  2. Qué bonito, que triste y que real. Esta claro que el amor, ,los sentimientos, hacen que el mundo gire.
    Gracias por compartir con nosotros historias llenas de realidad, sin edulcorantes, aditivos ni tampoco descafeinantes.
    La vida es así, y así merece ser contada, y si se hace con tanta pasión, mucho mejor.
    Gracias
    Un besiño

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